En Noruega la belleza no se mide por kilómetros. Todo el paisaje está envuelto por una frondosidad y una luz que traspasa las emociones. Son tierras de vikingos, llenas de leyendas sobre seres mitológicos que habitan en los perfiles de sus costas. Este es un recorrido por la Autopista del Ártico, la que conduce a la Europa más desconocida.
Noruega es mucho más larga de lo que uno imagina. Como una columna vertebral, se encamina desde latitudes bastante templadas, casi en Dinamarca, hasta el Ártico dibujando una costa recortada a base de fiordos y siempre espectacular. La belleza aquí no se mide por kilómetros. El paisaje es una colección de amarillos, rojos, ocres y verdes que nos enseña otra forma de ver el otoño. La carretera que nos lleva hasta el Cabo Norte desde el Círculo Polar Ártico es un recorrido por la Europa más desconocida.
Afortunadamente, sólo hay que seguir una buena carretera. El nombre fue una creación inglesa, que resulta extraña para muchos noruegos. Para ellos es la carretera de la costa. Un camino panorámico que no deja ni por un instante de ofrecer paisajes increíbles. Es casi un viaje iniciático a la belleza del Norte por una senda asfaltada que es también un mito.
Nuestro coche comienza en Mo i Rana, justo al sur del Círculo Polar y llega hasta Kirkenes, en la frontera entre Noruega y Rusia. La autopista es relativamente moderna, fruto del esfuerzo del país para contar con una vía de comunicación ininterrumpida hasta las tierras más remotas del ártico. Y la cosa no es fácil porque el relieve y las recortadas formas de la costa, junto con unas condiciones climáticas adversas se interpuso siempre en su construcción. Sólo hace treinta y cinco años que se completó por completo, después de luchar contra las montañas, los fiordos y las tundras desoladas. Hoy es practicable casi todo el año, con cualquier tipo de vehículo. El resultado de semejante esfuerzo es una de las carreteras más bellas del planeta que no deja de adaptarse a los cambios.
Hay que estar atentos para darse cuenta de que se cruza el mítico paralelo del Círculo Polar
Parece obligado bajar hasta Mo i Rana para comprar algunos víveres y afinar los últimos detalles sobre el mapa. Esta localidad de exótico nombre, junto a las montañas Saltjelley y el glaciar Svartisen, segundo más grande de Noruega, sabe usar su ubicación como reclamo turístico. Hay que estar atentos para darse cuenta de que se cruza el mítico paralelo del Círculo Polar porque nada nos hace intuir esta línea imaginaria que significa el inicio del territorio de la aventura polar. Estamos en tierras de vikingos, un pueblo que llenó de leyendas y seres mitológicos las recortadas costas noruegas. Aquí, más que en el sur se comprenden las historias de dragones, elfos y trolls, viviendo entre los sinuosos perfiles de las costas y perfectos para animar las historias que se cuentan desde hace siglos en las largas y frías noches de invierno.
Desde Mo i Rana se pasa por Rossvoll antes de cruzar el círculo polar. El clima es más suave de lo que uno se imagina dada la latitud pero es que afortunadamente la corriente cálida que bordea las costas noruegas ha permitido la ocupación humana hasta mucho más allá de estas latitudes que en el otro lado del Atlántico son regiones prácticamente desiertas. Las ciudades que vamos encontrando guardan esa delicada emoción de un provincianismo orgulloso. Puntos imprescindibles del camino son Bodo y Narvik.
La primera es el centro administrativo de Nordland y la segunda ciudad más grande de Noruega, una ciudad moderna rodeada por las montañas de Borvasstindene al sur y las islas Lofoten al Norte. Es uno de los centros del turismo que viene en otoño e invierno a contemplar las auroras boreales y en junio y julio a disfrutar del sol de medianoche. Otro de sus atractivos es la contemplación de las águilas marinas, que aquí forman la mayor colonia del mundo.
Narvik está ligada a la extracción del hierro de la cercana Kiruna (en la Laponia Sueca). Era necesario contar con un puerto libre de hielos para exportar el mineral y así se construyó una línea férrea hasta el mar, y un puerto, el de Narvik. En torno a este ferrocarril hay incluso un museo y hoy se puede viajar en el tren, convertido en atracción turística, hasta la frontera sueca, a unos 40 kilómetros.
La luz traspasa las emociones y la fuerza de la naturaleza llega hasta la misma cuneta
Ya casi en el norte, nos desviaremos por un momento para ver Tronso, la gran capital del ártico. Es una ciudad bastante espectacular, cuyo centro es el mayor construido en madera al norte de Trondheim. El casco histórico se combina con una rica arquitectura neoclásica y algunos originales edificios, como la catedral ártica, construida en 1965. Para hacer un alto en el camino, nada como subir a su Teleférico de Fjellheisen que lleva hasta la montaña de Storsteinen: las vistas panorámicas son espectaculares.
Sobre el mapa, nos queda ya poco camino para llegar al final pero eso sólo es una ilusión. La costa obliga a un trazado sinuoso que nos llevará todavía por lugares como Alta, Skaiki, Olderfjord, Lakselv, Larasjok, Bru, Varangebotn o Brannsletta, antes de llegar a Kirkenes, el final de la autopista ártica. Los nombres se convierten casi en simple referente. Siempre la misma referencia... Cabaña, bosque y una luz que traspasa las emociones. La fuerza de una naturaleza que llega hasta la misma cuneta.
Tomando un café y uno de sus famosos hot-dog de gasolinera, algunos se quejan de cómo han cambiando los tiempos. Ahora los coches se pueden contabilizar por decenas a la hora y eso es mucho. «Incluso hay autobuses» comentan cuando ven pasar a los turistas que se encaminan hacia el mítico Cabo Norte. Hasta los comentarios tienen un toque naif... Aquí la belleza esta cargada de sencillez.
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