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Zamora en algo más de una hora

En esta ciudad se puede palpar la evolución de la Historia y el Arte, pisando la misma tierra que vio pasar a romanos, visigodos o musulmanes. Arrasada y reconstruida en varias ocasiones, su veintena de templos románicos han sido testigos de guerras, pugnas nobiliarias y tradiciones que permanecen vivas en el quehacer diario de sus habitantes.

Almudena Ávalos | Fotos: Sara Janini

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Actualizado lunes 26/10/2009 10:41 horas

En esta ciudad es importante estar con los ojos bien abiertos para rellenar el capítulo de Historia y Arte olvidado desde el colegio. Aparte de la veintena de templos románicos cuenta con importantes vestigios de otras épocas, pues Zamora fue habitada por los vacceos, los romanos, visigodos, fue amurallada bajo las órdenes de Alfonso I, arrasada por los musulmanes, fortificada de nuevo con Alfonso el Magno, tomada por Almanzor y repoblada por Fernando I.

Pero si hay una figura clave en Zamora esa es Viriato. Este guerrero lusitano plantó cara a los romanos y dio la bandera a la ciudad, representada en ocho tiras rojas y un fajín verde, cada tira por cada una de las legiones romanas a las que vencía y a las que arrancaba un trozo de tela; y el fajín, regalo del rey Fernando el Católico.

Por eso, en la estatua y plaza de Viriato, es un buen lugar de punto de encuentro para tener de referencia a la hora de conocer la urbe. Aquí se encuentra el Hospital de la Encarnación del siglo XVI, ahora sede de la Diputación y galería de exposiciones temporales. En la otra punta de la plaza se alza el renacentista Palacio de los condes de Alba de Aliste convertido en Parador Nacional de Turismo de mismo nombre. Su fachada es gótica y dentro guarda unas escaleras dignas de visitar, de subir y bajar cual vedette, pues aunque no se esté hospedado en el Parador la cafetería es de entrada libre, como soñar. Fuera, la sombra que proporcionan los plataneros de la plaza forma el emplazamiento ideal para llevar a cabo las diferentes ferias a lo largo del año.

Compras típicas en la 'Fiesta del Ajo'

El 29 de junio, día de San Pedro, se celebra la más famosa de ellas, la Fiesta del Ajo, donde vecinos de los pueblos cercanos siguen acudiendo por tradición a comprar los ajos para todo el año. Tradiciones de campo y estómago. De la plaza nace una calle estrecha y muy transitada, la Rúa de los Francos, llamada así por ser el lugar por donde entraron los franceses para tomar la catedral. Alberga el Archivo Histórico Provincial, El Rincón de Antonio, restaurante con estrella Michelín y la pastelería Dulces la Rúa donde se pueden comprar pastas típicas zamoranas como los rebojos de imprescindible acompañamiento con líquido, pues son sabrosas pero dejan el vaso de leche vacío o la garganta seca.

Siguiendo la misma dirección, nos encontramos con la parroquia de San Pedro y San Ildefonso en la que están representados casi todos los movimientos artísticos creados hasta principios del siglo XIII.

Descansar con un buen libro

Detrás de esta iglesia se ubica la Plaza de Fray Diego de Deza y bajo el otoño que proporcionan sus tilos se encuentran unos bancos perfectos para quien encuentre placer en descansar con un buen libro. Aunque si lo que se busca son lugares para distraerse con el mundo a pocos metros se eleva el mirador del Troncoso, privilegiado lugar para observar el Duero a su paso por la capital zamorana, el Puente de Hierro del diecinueve, el Puente de Piedra y los restos del puente románico construido encima de otro romano. También se vislumbran las Aceñas, restauradas el año pasado y en cuya visita uno comprende el funcionamiento de estos peculiares molinos harineros.

No hay que abandonar Zamora sin haberle dedicado un tiempo a conocer su Catedral

Regresando por la calle del Troncoso se llega a la Plaza de la Catedral, donde se puede ver una nueva perspectiva de la ciudad en lo alto del Castillo Centro de Arte. Inaugurado este verano y restaurado con gran acierto por el estudio de arquitectura de Francisco Somoza además alberga una exposición permanente del escultor zamorano Baltasar Lobo. Desde su torre se recupera una vista aérea de la catedral abrazada por el parque de Mola y uno sueña durante un instante ser la máxima autoridad de la fortificación en el tiempo de su mayor apogeo.

No hay que abandonar Zamora sin haberle dedicado un tiempo a conocer su Catedral. Comenzó su construcción en 1151 y la fama posterior la acapararía su querido cimborrio, de clara influencia árabe y bizantina. La espectacular sillería del coro con la propia picaresca del tallador hará las delicias de quien no encuentre entretenimiento alguno en visitar la catedral, aunque también puede entrar, por tres euros, en el Museo Catedralicio y refrescar la historia de Troya contada en tapices flamencos del sigl XV y expuestos con no demasiada delicadeza.

De la traición a la lealtad

Subiendo por la calle del Postigo uno se topa con la Iglesia de San Isidoro, prototipo del románico de la provincia. Al fondo de ésta se halla una insólita puerta de piedra, que envuelta por una generosa vegetación desprende el encanto mágico de las leyendas. Pertenece al primer cerco amurallado y hasta junio de este año tenía por nombre el Portillo de la Traición. La historia cuenta que en época en la que reinaba en Zamora doña Urraca, su hermano Sancho II de Castilla tenía rodeada la ciudad con sus hombres para invadirla.

El noble leonés Vellido Dolfos salió para reunirse con Sancho diciéndole que estaba de su lado y así tener la oportunidad de matarle. Una vez cometido el acto, fue considerado un traidor y la puerta por la que entró en la ciudad para huir de la persecución del Cid fue conocida como de la Traición. Este año, tras continuas revisiones de la historia, se replanteó el acto de Vellido Dolfos como una muestra de heroicidad y lealtad para con la ciudad y decidieron cambiar el nombre por Portillo de la Lealtad. Y es que la historia se escribe a diario.

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