Situado al norte de Kenia, este mar interior de insuperable belleza es uno de los lugares más dramáticos del planeta. Un destino ideal para intrépidos viajeros que buscan tribus primitivas y naturaleza salvaje. Y que sienten que están en otro mundo alejados de cualquier vestigio de civilización.
El viejo militar observaba con curiosidad nuestro maltrecho camión en el control policial de Marsabit, la última población antes de la solitaria y peligrosa ruta que conduce a Moyale, la frontera con Etiopía. -Viajan hacia Etiopía, ¿no es cierto?, me pregunta mientras busca los sellos de entrada al país en cada uno de nuestros pasaportes. -No, vamos hacia el lago Turkana, le respondo. Después de revisar concienzudamente todos nuestros documentos me los entrega con una expresión en su rostro un tanto extraña. -¿Hay algún problema?, le pregunto. -Yo que vosotros no iría en esa dirección, me responde. Y acercándose a la ventanilla me susurra: -No encontraréis a nadie en el camino, ni la más mínima sombra donde cobijaros. Sólo encontraréis bandidos somalíes... Tendréis que cruzar el desierto de Chalbi y el valle de Suguta, un infierno hasta en los meses menos cálidos. -Si el fotógrafo Victor Englebert lo atravesó ayudado de unos cuantos burros, y el explorador austriaco Samuel Teleki lo hizo con doscientos porteadores swahili, nosotros con nuestro camión todo terreno cargado de gasoil, agua y comida, lo podremos intentar...
De pronto, al coronar un cordón de dunas, se abrió ante nosotros un gran mar de bellas y centelleantes aguas cristalinas
El militar me miró perplejo como diciendo «estos mizungus están todos locos» mientras subía la barrera que nos permitía continuar. Aquella primera noche, en pleno corazón del desierto de Chalbi, no pegué ojo imaginando hordas de bandidos persiguiéndonos con grandes machetes y kalashnikov. Ni siquiera me atreví a encender un cigarrillo por miedo a que fuéramos descubiertos. Aún la recuerdo como una de las peores noches que he pasado en África.
Con las primeras luces de la mañana continuamos nuestro camino hacia el oeste. De cuando en cuando nos cruzábamos con nómadas Gabbra, Rendille y Turkana que nos miraban como quien ve aterrizar un ovni. Estábamos atravesando uno de los lugares más inhóspitos, salvajes y remotos de cuantos existen en la Tierra. A media tarde, y con 45ºC en la cabina del camión, se produjo el milagro. De pronto, al coronar un cordón de dunas, se abrió ante nosotros un gran mar de centelleantes aguas cristalinas de color jade. Era la visión perfecta, aquella que todos los que se atreven a cruzar un peligroso y abrasador desierto se quieren encontrar.
El escritor y viajero Javier Reverte describió su llegada al lago Turkana así: «No he visto nada semejante a esa superficie lacustre. Sin duda se trata de una extravagancia de la Naturaleza».
Con 230 kilómetros de largo, el Turkana está considerado el mayor lago de la Tierra situado dentro de un desierto. En torno a sus orillas conviven numerosas tribus nómadas junto a la mayor concentración que existe de cocodrilos del Nilo: aquí se encuentran los ejemplares más grandes del mundo.
En torno a sus orillas conviven numerosas tribus nómadas junto a la mayor concentración de cocodrilos del Nilo
El lago sólo recibe agua de tres ríos, siendo su principal tributario el Omo, y sólo pierde agua por evaporación. Fue descubierto al mundo en 1888 por el conde Samuel Teleki, quien lo bautizó como lago Rodolfo en honor al Archiduque de Habsburgo. El lago también es conocido por los descubrimientos del paleontólogo Richard Leakey, herramientas y huesos humanos de hace 2.5 millones de años.
Justo antes de la caída del sol alcanzamos Loyangalani completamente cubiertos de polvo y empapados de sudor. Sentados en la terraza del Turkana Oasis Lodge contemplábamos el sol ocultándose detrás de las colinas violáceas que rodean el lago, mientras disfrutábamos de una merecida y fría cerveza Tusker. Una vez más me vinieron a la memoria las palabras de Karen Blixen: «En África Dios y el Diablo son la misma persona.»
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