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Quebec, cuatro siglos de encanto

En el imaginario colectivo de la mayoría, Canadá está a asociado a las imágenes de sus preciosos parques naturales, con sus bucólicos paisajes de lagos y montañas. Sin embargo, la ciudad de Quebec merece hacerse un hueco en nuestra memoria, y estar incluida en el itinerario de todo viaje a este inmenso país.

Texto | Fotos: Ricard González

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Actualizado miércoles 23/09/2009 19:40 horas

Por su historia y personalidad, Quebec es una ciudad única en Norte América. Fundada en 1608 por el navegante y explorador francés Samuel Champlain, es la ciudad más antigua al norte del Río Grande, y su casco antiguo conserva intacto el encanto de una ciudad europea de la Edad Moderna. Quebec exuda historia por todos sus poros, y ostenta multitud de récords en el subcontinente, testigos de su añeja vitalidad económica, social y cultural.

Por ejemplo, además de poseer el primer museo, el primer hospital, y la primera iglesia de América del Norte, fue en un edificio adjunto al convento de las hermanas ursulinas donde se inauguró la primera escuela para niñas del Nuevo Mundo. Si bien aún hay docenas de monjas que habitan el complejo, es posible visitar su bonita capilla y su museo, que narra la historia de la primera orden de monjas en poner sus pies en el norte del continente.

El casco antiguo, declarado por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad, está dividido en dos partes, la ciudad baja, y la ciudad alta, unidas por un funicular, y centenares de escalones. Por cuestiones estratégicas, Champlain fundó la ciudad debajo de un promontorio, sobre el que pronto se expandiría una ciudad enmurallada de empinadas calles angostas y empedradas.

A sus pies, se extiende un barrio construido alrededor del viejo puerto. Aquí se encuentra, la Plaza de Armas, que durante siglos fue el corazón del comercial de la ciudad. En sus inmediaciones, vivía la burgesía de Quebec. Actualmente, es posible visitar algunas de sus lujosas mansiones, con sus famosas bodegas construidas con una bóveda, como la de la Casa Museo Chevalier.

Bastión Frontenac

En la cima del promontorio, dominando la ciudad y con unas excelentes vistas sobre el caudaloso río San Lorenzo, se encuentra el majestuoso castillo Frontenac. Construido a finales del siglo XIX como un hotel de lujo, el edificio ha continuado ejerciendo esta función. Entre otras cosas, el castillo es conocido por haber sido el lugar donde Winston Chuchill y Franflin D. Roosevelt planearon en unas servilletas el Desembarco de Normandía.

En la parte alta de la ciudad, junto al acantilado, se encuentra también la ciudadela, un enorme fuerte que cubre dos kilómetros cuadrados, y cuya construcción iniciaron los franceses en 1750, y completaron los ingleses un siglo después. Además de visitar la construcción, es interesante asistir al cambio de guardia, que tiene lugar cada mañana a las 10.

Además de perderse por las callejuelas del casco antiguo, los amantes de la historia disfrutarán paseando por las Planas de Abraham. Convertido hoy en uno de los parques de la ciudad, y habitado los fines de semana de verano por jóvenes que prcctican yoga o footing, aquí tuvo lugar la sangrienta batalla en la que Francia perdió Quebec a manos de los británicos. El parque incluye diversas atracciones, como el Canada Odissey, un museo dedicado a la batalla, y el Museo de Bellas Artes de Quebec.

Una urbe vitalista

La vitalidad que permitió a esta ciudad prosperar siglos atrás no se ha extinguido, y es sin duda una de las capitales culturales de Canadá. Aquí se fundó el célebre Cirque du Soleil, que gracias a un acuerdo con el ayuntamiento, celebrará durante los próximos cuatro veranos un espectáculo los viernes y sábados al anochecer.

Sin duda, este es uno de los eventos que uno no puede perderse en Quebec. Al caer la noche, varias carrozas parten de diversos puntos de la ciudad modernan, y convergen, junto a los centenares de personas que les siguen, debajo del nudo que forman varias de las autopistas de entrada a la ciudad, donde se inicia un espectáculo de luces y fantasía. Todo un ejemplo de cómo transformar, gracias a la imaginación, un espacio urbano desolado en un escenario lleno de magia.

No obstante, el dinamismo cultural de la ciudad va más allá del Cirque du Soleil. En sus calles se dan cita decenas de artistas callejeros, y este verano el ayuntamiento convirtió el puerto en el cine al aire libre más grande del mundo. Nada menos que 600 metros de largo mide una pantalla formada por la tela que cubren los enormes silos que se alinean en el puerto. Gracias más de cuarenta de proyectores, las imagenes viajan por la pantalla en una especie de teatro de sombras del siglo XXI.

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