A pocos kilómetros de Madrid se hallan varias localizaciones de gran belleza y valor histórico que pasan desapercibidas por su cercanía a la capital de la región. Este recorrido desentraña los secretos de pueblos como Campo Real, Pozuelo del Rey o Valdilecha, lugares capaces de trasladar al visitante a otra época gracias a la excelente comida y el buen vino.
Hay lugares que se infravaloran por estar excesivamente cerca. Desde el centro de Madrid se llega a Campo Real en poquísimo tiempo. La densa tela de araña de autopistas circulares y radiales que envuelve la capital, hace que este pueblo de la Alcarria madrileña quede a corta distancia de cualquier parte. Desde Arganda, en apenas unos minutos, la comarcal M-209 nos deja en el centro de un pueblo, que parece a mucha distancia del Gran Madrid. Las urbanizaciones que hoy abundan en la zona no han borrado ese cierto aire de poblachones manchegos.
Campo Real es famoso por sus aceitunas, un producto con Denominación de Calidad, que se cultiva desde siempre en el sureste de Madrid y sobre todo en torno a este pueblo. Su tono verdoso al principio de temporada y su brillante color pardo al pasar algunas semanas la convierten en un producto único. Aquí han logrado una calidad especial, aderezadas con plantas aromáticas. Mucho pequeño productor todavía las siguen recolectando a mano en octubre y se depositan en grandes depósitos donde se curan al estilo Campo Real: con tomillo, hinojo, orégano y ajos que le dan su sabor exclusivo.
Este pueblo huele y sabe desde hace ya muchos años a aceitunas, a aceite y buen queso. Por sus calles, las tiendas y almacenes venden los productos de la zona a los turistas que aparecen por azar o por voluntad propia. A pesar de haber quedado en medio de las grandes autopistas, sigue siendo un lugar muy tranquilo que mantiene el aire rural. Para disfutarlo, es obligado entrar por la calle Vilches, la principal, jalonada de casas pequeñas y encaladas. Son casas de pueblo, de adobe, reja y ladrillo, calientes en invierno y frescas en verano. El aroma de las aceitunas llena el ambiente, animando a probarlas y a comprarlas.
En el lugar también nos encontramos otros buenos ejemplos de arquitectura rural. Viviendas de las de antes, en cuyo interior se venden los productos típicos de la zona. Una vez sentados en la plaza, entendemos la majestuosidad de las formas de esa iglesia que hemos visto tantas veces al aterrizar en avión llegando a Barajas. Lo primero que nos llama la atención de esta iglesia es su original construcción que en sus primeros días realizó funciones de fortaleza-castillo bajo la Orden de los Templarios. Hoy es Monumento Histórico-artístico Provincial. Básicamente, predominan los elementos del gótico tardío que la vio nacer, pero también hay otras huellas renacentistas.
Destaca el profundo sabor madrileño que desprenden los pueblos de la zona
La siguiente parada obligatoria que debemos realizar en Campo Real es la visita a la Ermita del Santo Cristo de la Peña, del siglo XVIII y muy cercana a la Plaza Mayor. Recorriendo la plaza nos damos cuenta de que es una plaza con claro sabor madrileño, empedrada y donde se siente el vivir cotidiano del pueblo. Las calles guardan mucho de ese ambiente de pueblo. Los olivos centenarios nos llevan por estas carreteras perfumando el ambiente con sus plantas aromáticas que se aprecian sobre todo si conducimos por las carreteras más rurales, como las que nos llevan, a Valdilecha, a Pozuelo del Rey o al sorprendente conjunto de Nuevo Baztán.
Pozuelo del Rey vive también de los nuevos vecinos y de la producción de vinos. Aquí hay una serie de bodegas ecológicas que logran vinos bastante buenos por procedimientos naturales. Valdilecha es otro de esos pueblos del sureste que conserva un extraño sabor rural entre tanta urbanización, con una bonita iglesia parroquial, del siglo XIII y uno de los pocos ejemplos de estilo gótico-mudéjar que quedan en la región. Al salir de Valdilecha y llegar a Nuevo Baztán, el destino nos sorprende. Este conjunto urbano fue la obra de un economista, industrial y escritor Juan de Goyeneche (1656-1753), quién decidió diseñar un nuevo pueblo. Con un urbanismo en cuadrícula, fue un proyecto realmente innovador y casi revolucionario para la época.
A pocos kilómetros hay otro pueblo que merece una visita: Olmeda de las Fuentes. Desde hace años es refugio de artistas, y así lo anuncia cada uno de ellos en la puerta de sus casas con una placa que indica quien vive o vivió en ella, y una imagen de alguna de sus obras. No hay tiendas, no hay bares, las calles serpentean cuesta arriba acoplándose a estos terrenos atormentados de cortados calizos. Y en la puerta de su iglesia, una placa recuerda que allí nacio en el siglo XVII el jesuita Pedro Paéz, el primer europeo que llegó a las Fuentes del Nilo Azul, en Etiopía. Por eso, este pueblo que se llamaba Olmeda de la Cebolla ahora se apellida de las Fuentes.
Los campos de cereal que rodean las carreteras forman un gran ajedrez de tonalidades
Pasando por urbanizaciones como Monte Acebedo, o tomando pequeñas carreteras cercanas, llegamos hasta Valverde de Alcalá y Torres de la Alameda, situadas entre campos de cereal que forman un ajedrez de tonalidades. En Torres, su iglesia plateresca de la Asunción (siglo XVI) merece una parada, antes de dejarnos caer por Valverde. En definitiva, muchas cosas que ver poco valoradas por tenerlas muy cerca.
En Alcalá de Henares, acaba nuestra ruta. Declarada Patrimonio de la Humanidad en 1998, Alcalá bien merece una parada sin prisas para conocerla. Aquí nació Miguel de Cervantes y, por eso, la ciudad le rinde homenaje en cada rincón de la ciudad, destacando la plaza a la que da nombre y su Casa Natal, en la Calle Mayor. Al final de esta calle, la catedral del siglo XVI se corona como la construcción religiosa más importante de una ciudad con muchas iglesias y conventos. Pero si algo no hay que dejar de ver es su Universidad: mandada edificar por el cardenal Cisneros, su fachada es una de las cumbres del arte renacentista en España. Un verdadero lujo para la vista.
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