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Costa licia, el Mediterráneo
pintado de turquesa

Navegar en una goleta de dos mástiles surcando las aguas de un azul turquesa casi irreal, en paralelo a abruptos y vertiginosos acantilados donde hay esculpidos templos jónicos, es un viaje fabuloso que le llevará a descubrir uno de los lugares más salvajes y cargados de historia de nuestro mar Mediterráneo.

Texto | Fotos: Gerardo Olivares

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Actualizado lunes 24/08/2009 10:59 horas

Mi historia de amor con la costa licia nació por casualidad en una fría y lluviosa noche de invierno de 1993 mientras paseaba por la madrileña Gran Vía. En una de las salas de cine había un cartel anunciando el estreno de Mediterráneo, dirigida por el italiano Gabriele Salvatores y que había ganado el Oscar a la mejor película extranjera un año antes. Entré dudando sin saber muy bien qué iba a ver. Noventa minutos más tarde salí del cine entusiasmado y completamente obsesionado con descubrir aquella diminuta isla griega donde se había rodado el film.

Seis años después, viajando con nuestro camión por la costa sur de Turquía, un cartel en la carretera indicaba un desvío hacia Kaleücagiz, una pequeña población situada junto al mar. Estaba oscureciendo y me pareció que podría ser un buen lugar para acampar. Durante varios kilómetros circulamos por una estrecha carretera entre muros de piedra, olivos, campos de trigo y árboles frutales.

El lugar era idílico, un rincón de Turquía que parecía estar alejado de los circuitos turísticos. Llegamos a Kaleücagiz ya entrada la noche y, sin más, nos subimos al techo del camión para dormir; todavía no éramos conscientes del maravilloso lugar en el que nos encontrábamos.

El lugar más idílico del mundo

A la mañana siguiente, nada más despuntar el sol, asomé mi cabeza por la apertura de la Maggiolina. Lo que descubrí delante de mis narices era algo grandioso, uno de los lugares más fabulosos que existe en el Mediterráneo. Al pueblecito no le faltaba detalle y estaba situado en una bahía estrecha y alargada que la protegía del mar abierto. Sus aguas eran de un color turquesa que parecía cristal. Las casas eran de piedra y en sus fachadas, las buganvillas trepaban por los porches de madera dando sombra a las mujeres que tejían alfombras y kilims. Mientras, en el pequeño puerto, los pescadores preparaban sus redes para otra jornada de pesca; en ese instante me parecía el lugar más idílico del mundo.

Mientras daba cuenta de un gran cuenco de yogurt con higos, comenzamos a hablar de la película 'Mediterráneo'

Bajé del camión para desayunar en un pequeño restaurante junto al mar. Kalüg, su propietario, se sentó conmigo. Mientras daba buena cuenta de un gran cuenco de yogurt con higos y un zumo de naranja, comenzamos a hablar de la película Mediterráneo. Me contó que estuvieron a punto de rodarla allí pero que no había suficientes camas de hotel y que por eso se marcharon a la isla griega de Castelorizo.

Me indicó con el dedo que estaba a unos veinte kilómetros hacia el oeste y que el viaje en barco merecía mucho la pena. Teníamos una embarcación neumática en el camión con un motor de 25 caballos, suficiente para ir y volver de Castelorizo, pensé. Una hora más tarde giré la proa hacia la puesta de sol y comencé mi emocionante viaje hacia ese lugar con el que tantas veces había soñado.

Viaje azul en goleta

La costa licia tiene una extensión de 380 kilómetros y la mejor forma de explorarla es alquilando una goleta en alguno de los puertos más importantes de la zona como son Bodrum y Antalya. A este viaje, que no le defraudará en absoluto, se le conoce como mavi yolculuk o viaje azul. Entre sus enormes acantilados se esconden poblaciones muy pintorescas como Kas, Kalkán y Simena, que bien merecen una visita.

Durante la navegación descubrirá tumbas licias sumergidas en el agua o talladas en la piedra. Son templos jónicos cincelados 350 años antes de Cristo y en su interior se guardan los restos de los últimos liceos que lucharon contra las fuerzas del imperio romano.

Treinta minutos después de abandonar Kaleücagiz, el viento roló del sur y el mar comenzó a picarse más de la cuenta. Decidí dar media vuelta y regresar a puerto. A la mañana siguiente el mar estaba aún más bravo así que nunca pude visitar Castelorizo. Pero ahí sigue, esperando la llegada de un cordobés grandullón que un buen día se enamoró de este lugar en una fría y lluviosa noche de invierno. Gracias Gabriele por haberme descubierto este hermoso rinconcito del Mediterráneo.

 
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