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La fascinación y el mito de una ciudad

Durante muchos siglos la ciudad africana de Tombuctú fue un enigma para el hombre blanco; un lugar muy lejano, inaccesible, misterioso y mágico donde se escondía un mundo fascinante de sabiduría y espiritualidad.

Texto|Fotos: Gerardo Olivares

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Actualizado martes 28/07/2009 18:18 horas

Sí Samarcanda representa ese lugar mítico, evocador y cargado de leyendas para el continente asiático, Tombuctú lo es para el continente negro. Estas dos ciudades con nombres tan sugerentes y que siempre despertaron la fascinación de occidente, tienen mucho en común aunque se encuentren separadas por miles de kilómetros de distancia. Si durante siglos Samarcanda fue un eje crucial en la ruta de las caravanas entre Oriente y Occidente, Tombuctú lo fue en la ruta transahariana que unía de norte a sur el Mediterráneo con el África negra.

Las dos ciudades se convirtieron en importantes centros intelectuales y espirituales del islam (Tombuctú tuvo una de las primeras universidades en el mundo), y siempre han estado rodeadas de ese halo de misterio y exotismo. A pesar de esa tradición de lugar aislado, perdido y de difícil acceso que aun arrastra, a Tombuctú se puede llegar por tierra, agua y aire. No existen muchas poblaciones en el interior del Sahara que puedan presumir de esto. Pero sin duda alguna que hay que hacerlo navegando en un fascinante viaje siguiendo el curso del Níger, el río culpable de muchos de los mitos y leyendas que se escucharon en Europa de esta ciudad.

El misterioso río Níger

Durante el siglo XIX y XX el río Níger se convirtió en una especie de obsesión para los afanes colonialistas de Occidente en el norte de África. Su nacimiento, curso y desembocadura era un misterio que había que descubrir para la exploración y conquista de ese espacio en blanco que aparecía en los mapas de África con el sugerente nombre de Terra Incógnita. Apoyados por sus gobiernos a través de las sociedades geográficas, muchos exploradores y aventureros como Giovanni Belzoni, Hugh Clapperton o Mungo Park lo intentaron, pero por diferentes motivos ninguno lo consiguió.

Cristóbal Benítez ha pasado a la historia por ser el primer español que visitó Tombuctú en 1880, aunque siglos antes lo había hecho Yuder Pachá.

No fue hasta 1826 cuando el escocés Alexander Gordon Laing logró alcanzar la ciudad disfrazado de musulmán, aunque luego fue asesinado en su regreso por el desierto. Así que el primer europeo en ir y volver con vida de Tombuctú fue dos años más tarde el francés René Caillé. En 1880 Cristóbal Benítez se convirtió en el primer español en visitarla aunque varios siglos antes -XVI- el granadino Yuder Pachá había estado en Tombuctú, pero como era musulmán pues como que no cuenta mucho para los anales de la historia. Los descubrimientos parecen que solo son validos cuando los hace un blanco y cristiano.

Con este pasado de exploraciones, muertes y desventuras no es de extrañar los mitos y leyendas que siempre la han rodeado. Hoy por hoy la realidad es bien distinta y ese esplendoroso pasado apenas ha dejado huella en la ciudad, sepultada por las arenas del Sahara y por las extremas condiciones climáticas. Aunque solo basta con pasear por sus tres grandes mezquitas; Djingarayber, Sankoré y Sidi Yahya, y visitar alguna de las bibliotecas donde descansan los libros y manuscritos de los siglos XIV, XV y XVI, para hacerse una idea de lo que llegó a ser Tombuctú, una de las ciudades más prosperas y cultas del continente africano. Como dice un viejo proverbio de Malí El oro viene del sur, la sal del norte y el dinero del país del hombre blanco; pero los cuentos maravillosos y la palabra de Dios solo se encuentran en Tombuctú.

 
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