Tonga, allí donde sale el sol

Durante casi tres siglos, los españoles alcanzaron los rincones más insospechados del planeta. Como la remotísima Tonga, unas islas al este de Australia que un día fueron, al menos teóricamente, parte del Imperio. Y fue un coruñés. Antonio Mourelle de la Rúa, quien las descubrió.

Texto y fotos: Pedro Madera

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Actualizado lunes 10/08/2009 19:14 horas

En los libros de Historia lo decían muy claro... «En el Imperio Español no se ponía el sol...». Fueron casi tres siglos en los que los españoles alcanzaron los rincones más insospechados del planeta, gracias a los cuales los viajeros nos encontramos con insospechados nombres hispanos en lugares tan remotos como la Polinesia, Hawaii, Alaska, el sudeste asiático o la remotísima Tonga, unas islas casi en nuestras antípodas que en un momento fueron, al menos teóricamente, parte del Imperio Español.

Tonga es un archipiélago curioso, que presume del raro privilegio de ser el lugar del mundo donde oficialmente sale el sol. Por aquí pasa la Línea Internacional del Tiempo y mientras que es domingo en Tonga, en la cercana isla de Samoa es sábado. Suena raro, pero en algún sitio tiene que empezar teóricamente el día y los convencionalismos internacionales han querido que sea así...

Formalismos aparte, es un país independiente formado por 170 islas, la mayoría deshabitadas y unas 45 pobladas por poco más de cien mil habitantes y agrupadas en cuatro grandes archipiélagos: las remotas Niuas, que mezclan sus formas volcánicas con sus aguas coralinas, Ha'apai con ese mosaico de islas de nombre imposible de recordar, Vava'u con sus decenas de bahías y pequeñas playas y Tongatapu, que tiene el honor de ser la parte más grande y contar con la capital.

En nombre del Rey de España

Mi primera mañana en Vava'u fue una sorpresa. No eran ni las ocho de la mañana y las calles estaban totalmente vacías. Sólo un cerdo y un par de perros se disputaban la calle principal. Todo está cerrado, como si su población hubiese abandonado repentinamente la ciudad. Pero es que era domingo, el particular sabbath, y aquí ¡son sagrados! No se puede ni conducir ni pescar. No hay nada que hacer, y no hay que hacer nada. Un libro de historia de los Mares del Sur que me había comprado en el aeropuerto de Los Ángeles estaba cargado de sorpresas. Allí me encontré con un personaje sorprendente: el coruñés que descubrió Tonga, Antonio Mourelle de la Rúa.

Los domingos son sagrados, hasta el punto de que no se puede ni conducir ni pescar ni casi nada de nada.

Hasta hace poco, justo antes de la llegada de los turistas y de Internet, Tonga continuaba siendo un lugar muy parecido al que encontró este coruñés en sus viajes por los Mares del Sur. Los primeros en avistar las islas habían sido los holandeses, seguidos por los ingleses, pero fueron los españoles quienes tomaron posesión de las islas en nombre del Rey de España. Francisco Mourelle de la Rua fue uno de los representantes del marino–científico ilustrado español, al servicio de un imperio ya en declive.

Desde joven, sintió la llamada del mar, pero su escaso patrimonio (era hijo de pescadores) no le permitió ingresar en la Real Compañía de Guardiamarinas y tuvo que conformarse con la Academia de Pilotos del Ferrol. En 1775 partió hacia Trinidad y sólo tres años más tarde fue nombrado primer piloto del puerto de San Blas, en México, del que partían las expediciones hidrográficas españolas para la Alta California. Allí fue donde conoció a otro marino, Juan Francisco Bodega y Cuadra. Junto a él exploró la costa de California con la misión de llegar a la máxima altura posible de las costas de Alaska.

A los Mares del Sur

Su intención era llegar a Siberia, pero las tempestades les obligaron a regresar. Y aquí cambió de escenario. Fue destinado a Filipinas y en uno de los viajes de regreso a México, empezó a descubrir nuevas islas. Primero fueron algunas de las Salomón. Después el grupo de las Vava'u, en Tonga. Debió de ser un impacto extraordinario encontrar a aquellos isleños que veían por primera vez al hombre blanco. En la primera isla no encontró refugio y la llamó Amargura. Sin embargo, descubrió un magnífico puerto en Vauva’u al que llamó Puerto del Refugio, como todavía se le conoce.

Tubou, el monarca de las islas, entabló una gran amistad con Mourelle e incluso le ofreció a su propia hija.

Llamó al archipiélago Islas de Mayorga, en honor del virrey de Nueva España, Martín de Mayorga, y al grupo de las Ha'apai las llamó Islas Gálvez en honor del entonces ministro de las indias, José de Gálvez. Así se siguen llamando hoy: el grupo Mayorga y el grupo Gálvez. Tubou, el monarca de las islas, entabló una gran amistad con Mourelle e incluso le ofreció a su propia hija, aunque nuestro marino la rechazó cortésmente y pidió provisiones de agua y fruta. Al menos, así quedaron en las crónicas...

Sólo un mes permanecieron Mourelle y sus hombres en este lugar paradisíaco sin ningún incidente con los indígenas. Las descripciones sobre su estancia nos hacen recordar tantas películas sobre los Mares del Sur. Mourelle es poco conocido, pero sus expediciones y sus mapas le sitúan a la altura de otros navegantes tan célebres como Cook, Bouganville o Malaspina. Los informes de Mourelle fueron la causa de que la expedición científica de Malaspina se detuvieran en estas islas.

Las Islas de la Amistad

A la larga, la posesión española se quedó sobre el papel y Tonga siguió teniendo sus propios reyes. Para los europeos siempre fueron las Islas de la Amistad y hoy, dos siglos después, este pequeño país al noreste de Nueva Zelanda, sigue sufriendo lo que se llama el síndrome del paraíso: la vida se vive tranquilamente, sin estrés ni violencia, y hasta han podido escapar de la moda light que uniformiza al resto de las civilizaciones. Muchos de sus habitantes están inmensamente gordos y no son infelices sino todo lo contrario. La elección de Miss Vava'u refleja como los michelines polinesios, el aceite de coco y las danzas insinuantes tienen aquí otros parámetros.

De Mourelle todavía guarda algún recuerdo en Tonga: una placa en el centro de Nieafu, capital de las Vauvau, que recuerda el descubrimiento de Mourelle a bordo de su fragata Princesa. De aquel reino de España de cuyo imperio formaron parte algún día, no tienen ni noticias. Ni falta que les hace. ¿Y qué fue de aquel ilustre marino? Pues continuó viajando, visitó China y terminó combatiendo en las guerras napoleónicas, protagonizando varios hechos navales heroicos. Dos décadas más tarde, pasó a tierras americanas a sofocar la rebelión de las posesiones coloniales. Murió en 1820 y hoy sus restos reposan en el Panteón de Marinos Ilustres de San Fernando (Cádiz).

 
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