Situado en las tierras australes chilenas, allá donde la Patagonia y la Tierra del Fuego se dan la mano, el Parque Nacional de las Torres del Paine es un santuario para los escaladores y uno de los lugares más fascinantes y bellos de la cordillera andina.
Con el invierno pisándonos los talones y empujados por los vientos australes de la Patagonia, conducimos a buena velocidad por la pista de ripio que une Puerto Natales con las Torres del Paine. Hace ya rato que el sol se ha ocultado por detrás de la línea del horizonte, así que entramos en el parque bien entrada la noche. Decidimos levantar el campamento junto al lago Pehoé y, ansiosos de que amaneciera pronto para descubrir el espectacular paisaje que tendría que haber delante de nuestras narices, caímos rendidos en los sacos de dormir.
Habíamos pasado buena parte del día rodando en la cueva del Mylodonte, uno de los lugares más atractivos para la cryptozoología, la ciencia que estudia los animales ocultos como el Yeti o el Mokélé-mbémbé, y donde se cree que vivió el Mylodón, una especie de oso gigante y peludo pero con el rostro similar a una persona.
A la mañana siguiente, antes del amanecer, abandonamos las tiendas de campaña y, saboreando una taza de té bien caliente, nos sentamos en la hierba esperando a que las primeras luces del alba nos descubrieran aquella soñada imagen de las torres que tantas veces habíamos visto en fotos y documentales.
Así lo describió en su diario de viaje mi querido compañero de aventuras Fernando González: «Los primeros rayos de sol nos despertaron para hacernos vivir despiertos la prolongación del mejor sueño. Ni en nuestras previsiones más optimistas podíamos haber imaginado un lugar tan bonito. Frente a nosotros, un lago de aguas azules se abría hasta los recortados perfiles del Macizo Paine, un bloque rocoso de afiladas cumbres que formaban la más hermosa escultura natural imaginable. A los lados los bosques de ñires alternaban con estepas de doradas hierbas que ondeaban como las olas de un mar seco mecidas por el viento austral... Era un paisaje indescriptible, un Parque Nacional que merecía serlo aunque solo fuera por su extraordinaria belleza».
Después de tan apasionante amanecer nos pusimos en marcha con nuestras filmaciones. Mientras el equipo de naturaleza capitaneado por Fernando rodaría guanacos, ñandúes y el gran cóndor, las tres especies más representativas del parque, nosotros nos adentraríamos en el glaciar Grey con nuestros equipos de escalada para filmar una travesía por los hielos del glaciar. Pero lo que nunca pude imaginar es que aquel paisaje idílico pronto se convertiría en una autentica pesadilla, los días más horribles que pueda recordar.
El frente de la lengua del glaciar está separado en dos por una isla del tamaño de un campo de futbol. Era el lugar perfecto para atracar con nuestra embarcación neumática zodiac y acceder al interior del glaciar. El viento rugía con fuerza y estábamos empapados, así que decidimos parar a descansar en una orilla del lago Grey bien protegida del viento, hacer fuego y secarnos antes de alcanzar la isla.
El viento amainó y, mientras esperábamos a que se secara nuestro equipo, decidí adelantarme con la zodiac para buscar un buen lugar donde acceder al glaciar. Al llegar a la isla amarré la embarcación a una piedra y caminé hacia el interior. De pronto oí un gran estruendo, un gran bloque de hielo se desprendió del frente del glaciar a escasos metros de la isla, levantando una ola en el lago que arrancó la zodiac de cuajo. Y allí me quedé yo, aislado, sin comida ni prácticamente ropa de frío. Suerte que llevaba un mechero con el que pude hacer fuego y que me salvó la vida. Dos días más tarde guardas del parque ayudados por mi equipo me pudieron sacar de allí. ¡Mil gracias compañeros!
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