Durante los San Fermines, la capital navarra es un mundo en el que todo tiene cabida: mil olores, mil nacionalidades, mil sabores, mil lenguas... Cuando estos acaban, siempre nos quedarán las excursiones por los cuatro puntos cardinales.
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En realidad, son sólo 25 kilómetros pero parece que el valle de la Ultzama se encuentra a varios días de camino de la capital navarra. No porque la carretera de acceso sea infernal, que no lo es, sino porque cuesta imaginar que, a tan sólo unos minutos de este lugar tan bucólico e incorrupto, nos topemos con el cinturón industrial de Pamplona.
La Ultzama es una como avanzadilla de esa Navarra que encontraremos en los Pirineos; una alfombra color esmeralda que ha sido cuidadosamente instalada en un paraje de suaves colinas. Sobre ésta, se levantan pequeños pueblos sin estridencias estéticas: aquí las casas son de piedra noble, a veces vestidas de blanco, con grandes balconadas de madera, puertas de medio punto y tejado a dos aguas. Lo comprobarán quienes se acerquen a Larraintzar, la cabeza más visible del valle; aquellos que escruten los blasones de las casas de Zenotz; visiten el idílico conjunto de Auza –vertebrado en torno al arroyo- o peregrinen a Guelbenzu en pos de las mejores vistas del valle.
El bosque de Orgi, principalmente habitado por robles, es el mayor tesoro natural del valle, amén del paraje por el que pasearon Sean Connery y Audrey Hepburn durante el rodaje del filme Robin y Marian, en 1976. Los senderistas, los ciclistas y jugadores de golf (en el Club de Golf de la Ultzama en Eltso-Gerendiain) también son bienvenidos.
| Información: www.ultzama.es.
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Nunca, desde el siglo XVII, la brujería había tenido tantos seguidores. Ello –o algo muy parecido- se piensa cuando se arriba al pueblo de Zugarramurdi, asomado a la frontera francesa, encamina sus pasos hacia las famosas cuevas y descubre el éxito de público que siguen teniendo éstas. Una vez allí no es difícil imaginar los akelarres y supuestas ceremonias en honor al diablo que tuvieron lugar y que dieron pie al famoso auto de fe de Logroño de 1610, por el cual la Inquisición mandó a la hoguera a seis personas. Las Cuevas de Zugarramurdi son un conjunto de grutas y barrancos de innegable encanto mágico.
La mayor covacha es un gran túnel natural de tipo cárstico atravesado por un riachuelo –la regata del Infierno lo llaman- en la que se hallaron restos de actividad neolítica. Para hacer frente a la demanda de información -brujeril-, el que fuera antiguo hospital acoge un completo museo que evoca la sociedad navarra del siglo XVII y las relaciones de ésta con la brujería.
| Información: www.zugarramurdi.es.
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Que el Camino de Santiago pasa por Pamplona lo sabe –o lo debería saber- todo el mundo. Aquel que no esté al día, lo averiguará si se aposta en la calle Mercaderes o en la plaza del Ayuntamiento y es capaz de distinguir a los peregrinos abriéndose paso entre la masa rojiblanca y sanferminera. Así, no hay mejor modo de purgar pecados y excesos festivos que, por ejemplo, encarar, a pie, la etapa que parte desde Pamplona y llega hasta Puente la Reina. Son unos 25 kilómetros de recorrido perfectamente señalizados, siete horas de paseo para pensar, para olvidar, gozar, sufrir, recapacitar o probar si esto del Camino es tan bueno como dicen. No es un tramo exigente, salvo por un detalle que despunta en la mitad del recorrido: el puerto del Perdón.
Hasta él, todo es una (suave) subida, severa en algunos tramos muy concretos. A partir de él, llega la (suave) bajada. Si se opta por la bici, lo ideal es pasar Puente la Reina, sufrir en la ascensión a Mañeru, evitar los rompepiernas de Cirauqui en las horas de sol severo y disfrutar de los caminos de tierra que desembocan en Estella Ambas localidades, Puente la Reina y Estella, están bien comunicadas con Pamplona en autobús. Para la vuelta, decimos, aunque si alguien quiere hacerla andando...
| Información: www.turismo.navarra.es.
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Están lo de Pamplona, claro, pero también los de Lesaka, por ejemplo. Situada en la frontera con Gipuzkoa y sutilmente alejada del serpenteante curso del río Bidasoa, la localidad navarra también vive a principios de julio, algunas de las jornadas festivas más importantes del año. Más allá de su belleza natural –se trata de un pueblito de cara blanca, cercado por montañas y gobernado por la torre de la iglesia de San Martín de Tours-, Lesaka presume de una fiesta sanferminera más sanota y comedida. La más colorista de sus manifestaciones es el Zubigainekoa, un baile que se lleva a cabo sobre los pretiles del modesto y coqueto río Onín. Quien no la presencia, siempre podrá derretirse con la tortilla de patatas que sirven en el Restaurante Casino (Tfno: 948 637 152). Reserva obligatoria... sí, para comer la tortilla, sí.
| Información: www.lesaka.net.
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Cuenta la leyenda mariana y piadosa que, siglos atrás, una paloma invitó a un pastor a entrar en el interior de una cueva excavada en lo alto de un otero. En su interior, el zagal halló una talla de la Virgen, motivo suficiente para que, sobre esos mismos terrenos, naciera un santuario y, alrededor de éste, un pueblo. La villa se llamó Ujué y ahí sigue: aupada sobre una mesetilla y con impresionantes vistas sobre la ribera navarra, a unos pocos kilómetros al Este de Tafalla.
Sus señas de identidad son fáciles de desglosar: aspecto inexpugnable, callejuelas estrechísimas, traza urbana puramente medieval, casi laberíntica y una iglesia –la de Santa María- que nada entre el románico y el gótico, y que alguien disfrazó de fortaleza, con torre almenada inclusive. Tanto muro, tanta piedra y medida defensiva se explica por la talla románica de la Virgen que se guarda en el interior del templo, una de las más veneradas de la comunidad autónoma y valiosísima pieza cubierta de plata y escudos esmaltados. Es difícil, tal vez imposible, abandonar el pueblo sin probar sus famosas migas de pastor.
| Información: www.turismo.navarra.es.
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A principios de los años noventa, la autovía de Leitzaran entra Pamplona y Andoain (Gipuzkoa) se convirtió en una realidad, uniendo en apenas una hora de coche la capital navarra con el mar Cantábrico. La nueva infraestructura condenó a la vieja carretera, la N-240, y a las hermanas que también conducían a San Sebastián al limbo de los caminos huérfanos de conductores, donde todavía siguen. Recorrer estas viejas vías supone conectar inmediatamente con los viajes del anteayer, pausados, curvilíneos, marcados por el voluptuoso paisaje y las historias de quienes los recorrieron, amén de contar con una densidad de tráfico muy por debajo de la media. Por aquí iba y venía Hemingway cuando se retiraba a Lekunberri en pos del descanso y la paz que era incapaz de encontrar en la Pamplona de las tentaciones. Pasaba por Berriozar, dejaba atrás Gulina –donde hoy se ubica un Centro de Estudios y Meditación Budista, merece la pena acercarse a esta curiosidad espiritual-, llegaba a ese cruce de caminos que es Irurtzun y enfilaba por la carretera vieja, hoy desierta y ensombrecida por la citada autovía hasta Lekunberri.
| Información: www.lekunberri.net.
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Más que una escapada, podrían ser unas vacaciones en sí mismas. El Este de Navarra está marcado por una amplia mancha de agua que algunos llaman el mar del Pirineo. Se trata del embalse de Yesa, al que se asoma con gracia, desde un balcón de la sierra de Leyre, el monasterio de San Salvador. Hito de la Ruta Jacoboea que baja desde Somport, el conjunto monumental hunde sus cimientos en tiempos prerrománicos –de los que poco quedan tras las incursiones sarracenas- y está compuesto por un equilibrado conjunto de edificios de distintas épocas. Acaso la cripta del siglo XI o la famosa Porta Speciosa –espectacular Biblia en piedra de moda románica en la que, por supuesto, no faltan escenas apocalípticas- sean sus principales atractivos, seguidos de cerca por la capilla de las santas Nunilo y Alodia, vírgenes a las que martirizaron los musulmanes, tal y como recuerda el detallado retablo del siglo XVII.
| Información: www.monasteriodeleyre.com.
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No tiene pérdida: partiendo de Pamplona, se toma la N-121, atraviesa el túnel del Belate –que equivale a viajar por un túnel del tiempo- y se llega a Oronoz. Desde allí, la N-121A nos conducirá hasta el corazón del Baztan, valle de primitiva hermosura entregado en cuerpo y alma a la ganadería en la que también funcionan todos y cada uno de los tópicos asociados al Pirineo navarro: bosques de hayas y robles, pueblos inalterados por el paso del tiempo, bosques románticos… Quien gusta de ajetreos acude a Elizondo en pos de un chuletón, unas alubias, camina arriba y abajo por la calle Mayor o desemboca en el museo etnográfico del Baztán. Quien quiera huir del mundanal ruido, puede solicitar en la Oficina de Turismo (Plaza de los Fueros de Elizondo. Tfno: 948 580 006) el mapa de senderos balizados de la región en el que, además, se desglosan algunos de los principales monumentos megalíticos (dólmenes, menhires y cromlechs) que salpican con fruición este rincón navarro.
| Información: www.baztan.es.
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