Los cien amantes de Tamaki

Auckland, en el extremo opuesto del planeta, entusiasma al lejano viajero por sus paisajes surrealistas, por su modernidad verde y por sus deportes de aventura, en el campo o en la ciudad. Además, una encuesta reciente la sitúa en el quinto lugar entre las 55 ciudades del mundo con mejor calidad de vida.

Texto | Fotos: Jorge Barreno

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Actualizado jueves 01/04/2010 15:17 horas

Cuenta una leyenda maorí que Tamaki Makau Rau, una bella joven de pelo negro, piel canela y ojos rasgados, vivía contenta entre las aguas cálidas de los volcanes y los entresijos boscosos del sur de Oceanía. Tenía cien amantes de cien tribus diferentes. Era tal su belleza que los guerreros se la disputaban. Estos fieros luchadores habían desembarcado en Tamaki Makau Rau a mediados del siglo XIV. Siete legendarias waka (canoas) con siete legendarios reyes.

Los nuevos pobladores y sus familias colonizaron las 48 colinas volcánicas circundantes, donde construyeron imponentes pueblos fortificados llamados pa. Gracias a los abundantes recursos unos 20.000 polinesios se establecieron en este paraíso. Entonces llegaron los primeros europeos. Amasacraron a la población autóctona, aunque esta vez fue indirectamente. No dudaron en vender sus armas a los lugareños, quienes comenzaron a matarse con sus nuevos juguetitos tecno-revolucionarios. Por culpa de las batallas tribales la bella doncella perdió a casi todos sus amantes. Casi sola, logró sobrevivir y formó una nueva familia.

La ciudad de la velas

Auckland aúna hoy a una nutrida mezcla de europeos, de maoríes, de polinesios (la mayor población del mundo) y de asiáticos. La vida en la ciudad más cosmopolita de Nueva Zelanda es relajada. Una encuesta reciente la pone en el quinto lugar entre las 55 ciudades del mundo con mejor calidad de vida. Conocida con el sobrenombre de City of Sails (Ciudad de las Velas), se sitúa a la cabeza entre las urbes con más embarcaciones per cápita del planeta, con alrededor de 135.000 naves.

Los neozelandeses, también llamados 'kiwis', aman los deportes de aventura y la naturaleza

Los kiwis (con ese afrutado nombre se conoce a los neozelandeses) aman los deportes de aventura y la naturaleza, y les gusta imprimir su gusto vegetal a las ciudades en las que viven. El Auckland Domain, desde el que se tiene una magnífica vista del Golfo de Hauraki, es el más grande de todos los parques a pesar de hallarse en mitad del distrito financiero. Pero hay más zonas verdes: el Albert Park, el Myers Park, el Western Park y el Victoria Park.

Rodeando al millón trescientos mil aucklandenses, unos cuantos conos volcánicos aún vírgenes dan un aspecto exótico al perímetro urbanizado. Son el Monte Edén, North Head y Maungakiekie. Algunos cuentan además con ruinas de los siete legendarios reyes que llegaron a Tamaki Makau Rau en sus siete legendarias waka.

Al que no le gusten mucho las flores de colores ni el misticismo puede tirarse de cabeza desde una plataforma instalada en la Sky Tower, a casi 200 metros de altura (atado de una cuerda). Adrenalina pura y dura sin salir de la gran ciudad. Otra opción interesante, algo más tranquilita, es visitar el Museo de Auckland, donde se exhibe la mayor colección de artefactos polinesios del mundo, además de una gran muestra de tesoros maoríes.

Gastronomía de colores

No hay que marcharse de Nueva Zelanda sin probar su magnífica comida, mezcla de cocina europea, asiática y polinesia. De nuevo las flores, los olores y los sabores se entrefunden en ricos platos elaborados con carne de venado, de cerdo, cordero, salmón, langosta, mejillones, vieiras, tutua (un tipo de almeja), kiwis o tamarillos.

El postre nacional de Nueva Zelanda se llama pavlova, un ligero pastel de merengue recubierto de frutas

El postre nacional de Nueva Zelanda, cuyos habitantes se disputan con sus vecinos australianos, se llama pavlova, un ligero pastel de merengue recubierto de frutas. Para regar estas delicatessen nada mejor que un caldo de la región. Davenport, un pintoresco pueblo de pescadores en la costa septentrional, muy cerca de Auckland, es el lugar ideal para darse un buen atracón.

Continuando con la descarga de adrenalina y de paso, para perder alguna caloría, conviene tomar la carretera 1 en dirección hacia el norte. A unos 20 minutos en vehículo motorizado del Harbour Bridge, en el puro centro, nos topamos con el emocionante Auckland Luge, una especie de karting con el suelo de goma, y con el complejo deportivo Snowplanet, la única y por lo tanto, la más grande, estación de esquí en pista cubierta de Australasia.

Sublimidad al natural

La ciudad más poblada del sur de Oceanía, con un tercio de la población total de Nueva Zelanda, se recoge al abrigo de tres puertos naturales. El entorno es sublime, se mire el punto cardinal que se mire. Al oeste, selvas tropicales y playas de arena negra. Por el norte, la espectacular costa de Matakana. Por el este, el golfo de Hauraki y sus múltiples islas para todos los gustos. Y al sur, las inconfundibles playas de guijarros de Kajaua. Sin embargo, menos de 50 kilómetros separan el centro de la urbe de estos parajes de ensueño.

En Great Barrier, otro ejemplo insular, los bosques autóctonos se cuelgan de los escarpados barrancos

El lugar preferido para pasar el día de los aucklantes es el Golfo de Hauraki, una gran bahía salpicada de más de 40 islas. Lo sorprendente es que, tan juntitas, y cada una se comporta como un organismo individual, con personalidad propia. Waiheke, por ejemplo, es famosa por sus viñedos, por sus olivares, por sus playas doradas y por su arte refinado. Algo más de media hora de ferry separa el centro de Auckland de este paraíso mediterráneo. En Great Barrier, otro ejemplo insular, los bosques autóctonos se cuelgan de los escarpados barrancos. Entre los huecos marino-boscosos los caminos serpenteantes hacen las delicias de los senderistas. Las olas de agua cristalina rompen contra la blanca arena impoluta trasladando al bañista o dominguero al más puro mundo paralelo.

Los gustosos de los pájaros deberán ir a Tiritiri, donde hay una reserva ornitológica donde podrán observar especies raras de aves. Desde la cima de Rangitoto, uno de los paisajes naturales más cercanos y emblemáticos de Auckland, conformado por un volcán joven dormido, las panorámicas quitan el hipo.

Difícil concentrar en unas pocas líneas la belleza aucklántida. Sus leyendas, sus deportes de aventura, sus paisajes, sus gentes, sus islas, sus ruinas, su fertilidad, sus buenos alimentos. La ciudad más grande de Nueva Zelanda se navega desde la adrenalina.

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