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Lalibela y sus once joyas de piedra

Situada en las tierras altas de Etiopía, la placentera población de Lalibela guarda en su interior una de las grandes maravillas hechas por el hombre: once iglesias monolíticas talladas en la roca a golpe de martillo y cincel.

Gerardo Olivares

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Actualizado jueves 02/07/2009 19:24 horas

La pista que une las ciudades de Gondar y Lalibela está cortada al tráfico por los desprendimientos que han provocado las últimas lluvias, toda una bendición para estas tierras secas y sedientas durante muchos meses al año. Regresamos con nuestro camión a Gondar, desde donde intentaremos llegar a Lalibela vía aérea.

Tres días más tarde sobrevolamos las espectaculares montañas Simiens a bordo de un pequeño avión de hélices de Ethiopían Airlines, una de las mejores líneas aéreas de África. Somos los únicos viajeros, así que el piloto antes de aterrizar nos regala un par de pasadas a vuelo rasante por encima de las iglesias. Cada uno de nosotros pegamos la frente al cristal de la ventanilla intentando no perder detalle de la maravilla que estamos contemplando a vista de pájaro. Somos unos privilegiados.

Lo que hace de este paraje un lugar mágico e insólito es la manera en que las iglesias fueron creadas.

Desde el aire se observan claramente dos grupos de iglesias separadas por un riachuelo que recibe el nombre de Jordán. En un grupo están las iglesias de San Salvador (que con 33 metros de largo, 23 de ancho y 11 de alto es la más grande de todas), Santa María, San Miguel, Santa Cruz, Santas Vírgenes y Golgota. El otro grupo lo forman las iglesias de San Manuel, San Mercurio, Líbano y San Gabriel. La undécima iglesia, la más espectacular de todas y que recibe el nombre de San Jorge, está separada del resto.

Todas, excepto ésta última, están conectadas entre sí por pasadizos subterráneos y angostos pasillos de piedra. Pero lo que realmente hace de este paraje un lugar único e insólito es la manera en que han sido creadas, siendo cada una de ellas única en su tamaño, forma y ejecución. No son edificios construidos con piedras, ni con madera, ni con otros materiales. Son de piedra, pero de una sola piedra; un gran monolito de roca volcánica roja bajo la superficie de la tierra, de 10-12 metros de altura, que fue aislado del resto de la montaña y luego horadado y tallado hasta convertirlo en una construcción de una sola pieza con sus ventanas, puertas, columnas, capiteles y arcadas.

De ángeles y hombres

El resultado final es tan soberbio que durante siglos se pensó que habían sido los ángeles y no el hombre los verdaderos artífices de tan grandiosa obra. Cuando Francisco Alvares, capellán de una embajada portuguesa que viajó por Etiopía entre 1520 y 1526, descubrió Lalibela, hizo una detallada descripción de cada iglesia y terminó afirmando: «No quiero escribir más acerca de estas obras, porque temo que si escribo más, nadie me va a creer... Pero juro delante de Dios, en cuyas manos estoy, que todo lo que escribí es verdad y que la verdad es mucho más de lo que he escrito».

Las iglesias fueron mandadas construir por el monarca de Lalibela, quien reinó entre los siglos XII y XIII.

Pero ¿quién fue el artífice de esta maravilla de la humanidad? Como explica Juan González Núñez en su interesante libro Etiopía, hombres, lugares y mitos, las iglesias fueron mandadas construir por el monarca de Lalibela, quien reinó entre los siglos XII y XIII. Así lo atestiguan las Actas de Lalibela, obra publicada en el siglo XV y que cuenta como el santo rey fue arrebatado al cielo, donde pudo contemplar construcciones maravillosas, y que Dios le ordenó hacer algo parecido en el lugar que él le indicaría una vez vuelto a la tierra.

Las mismas Actas afirman que, en los años que duró la construcción, los ángeles se unían a los trabajadores durante el día, mientras por la noche, cuando los hombres dormían, ellos solos hacían el doble de trabajo de una jornada. Fuera así o no, lo cierto es que Lalibela representa para Etiopía lo que las pirámides a Egipto, o el Taj Majal a la India.

 
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