Nuestro lector se adentra en esta ocasión en la ciudad de los canales para descubrirnos la vertiente más atractiva de Venecia. Ésta comienza cuando salimos de las guías turísticas para sumergirnos en su día a día, sin importar perdernos por sus calles.
Un amigo me comentó que los buenos viajes a las ciudades son los impares: la primera vez te entusiasman, la segunda te impresionan menos, pero la tercera vuelves a descubrirlas. Decidí contradecir su teoría, volviendo una segunda vez a Venecia. Y comprobé que la emoción, al contrario de lo que cabía esperar, aumentaba. Venecia puede descubrirse muchas veces.
Llegamos a su aeropuerto, y una marquesina nos conduce desde Alitalia hasta Alilaguna, el vaporetto que nos acercará a la ciudad. Porque a Venecia hay que llegar por el agua, para ir mimetizándose con su esencia. De camino ya conoceremos los taxis acuáticos, los postes de señalización, las máquinas dragando los canales... pero esto es sólo el principio. Sin ser conscientes de ello, estaremos unos días sin ver más coches, sin oír su ruido ni sufrir su contaminación, sin esperar en un semáforo...
La primera visita a Venecia probablemente nos llevará por exigencia del guión a los lugares más turísticos: entre máscaras del Dr. Peste, haremos el circuito que pasa por la basílica de San Marcos, la subida para disfrutar de las vistas desde el Campanile, los recorridos secretos del Palacio Ducal - centro político de la Serenísima - un café en Florian rememorando a Balzac, seguiremos hasta el puente de Rialto, la Accademia, o ese paseo en vaporetto recorriendo el Gran Canal, acompañado de una explicación de todos sus palacios, Barbaro, Darío, Loredan, Balbi, Foscari, o Iglesias como San Simeone, Santa María della Salute, (donde se podía leer el cartel de 'Cuidado, caen ángeles' durante la restauración del edificio y sus esculturas), etc.
Aunque hay quien recomienda llevar una brújula a mano para no desorientarse, la Venecia más atractiva comienza cuando salimos de las guías turísticas para sumergirnos en la ciudad del día a día, sin importar perdernos por sus calles. Descubriremos lo que Ian Mcwan llamaba «el placer del viajero», lejos del turismo obligado. Conoceremos la actividad cotidiana curiosamente adaptada a las peculiaridades de sus canales: el barco-policía, el barco-ambulancia, o el que recoge la basura, la barcaza-constructora con su grúa y sus carretillas a cuestas, taxis cruzándose con góndolas o barquitas de la empresa de electricidad, la góndola-fúnebre en un último recorrido, mercados flotantes de fruta...
Venecia no sólo es una ciudad de canales, sino también de puentes y fondamenta rodeándolos que condicionan su vida
Y no hay que olvidar que Venecia no sólo es una ciudad de canales, sino también de puentes y fondamenta rodeándolos que condicionan su vida... personas con ingeniosos carros de la compra subiendo y bajando los escalones sobre el agua, minusválidos desafiando los estrechos pasos y gentes agachándose al pasar con sus motoras (los veleros no tienen cabida en el interior al tropezar sus mástiles con los puentes), ropas tendidas entre los edificios, tabernas con olor a Spritz, Campari y Aperol.
Hay que perderse por el caos de sus calles que se van estrechando hasta tener que ceder el paso, para adivinar que también existen otros palacios, en cada pasaje, cada sotoportego, cada campo, con sus ventanales góticos y renacentistas, las típicas chimeneas, sus entramados de madera desafiando la gravedad. Y hace falta poco para acabar imaginando lo que fue la ciudad en la Edad Media, prodigio de ingeniería, potencia económica erigida sobre pilotes de madera y piedra de Istria, la capital del mundo... Pero lo más apreciable es su intemporalidad.
Si no fuese por la luces podríamos creer que aún seguimos en el período de decadencia del XVIII, como si el tiempo no hubiera pasado. Porque Venecia, al contrario de otras ciudades permanece igual desde hace siglos, sin grandes especulaciones u operaciones urbanísticas que alteren su fisonomía.
Un ejemplo: El recorrido desde el embarcadero Giardini, callejeando -en Venecia la línea recta no existe- hasta el Arsenale (el importante astillero donde trabajaban 16.000 obreros que llegaron a construir un barco de guerra al día). A esta zona de casas humildes casi no llega el turismo. Al día siguiente necesitarás insistir en la experiencia: olvídate de cualquier indicación y piérdete por el sestier de Cannaregio...
Además de apreciar los rincones de sus 'sestieri' (barrios), la ciudad se refleja continuamente en las aguas de sus canales
Por si fuera poco, Venecia está repetida: además de apreciar los rincones de sus sestieri (barrios), todos diferentes, la ciudad se refleja continuamente en las aguas de sus canales y la Laguna, cambiando según la luz del día. Un paraíso para el fotógrafo. Un deleite para el visitante que duda siempre entre la imagen real o su espejo hasta pensar que el síndrome de Sthendal no tuvo lugar en Florencia sino aquí.
Cuando creas que lo has visto todo, aprovecha una nueva visita -par o impar- para adentrarte en las islas. Acude a Burano y alégrate el día con sus casitas de pescadores, cada una de un color alejándote de la torre de su iglesia que saluda ríendose de la inclinación de la de Pisa. Hay quien comenta que lo importante de cualquier viaje es el regreso para recapacitar y deleitarte con los buenos recuerdos. No es el caso de esta ciudad. De Venecia no querrás volver.
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