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Paseo por el vertiginoso Tokio

Uno de los pensamientos más inmediatos que se tiene recorriendo las calles de Tokio es el de caos: caos por el gentío, por los sonidos, por las luces fluorescentes... Y es que la capital nipona es un 'totum revolutum' repleto de contrastes.

Lucía Martín

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Actualizado lunes 06/07/2009 17:19 horas

Casi todos los periodistas y escritores que cuentan su viaje a Japón empiezan citando la magnífica película de Sofía Coppola, Lost in Translation. Cierto que la cinta refleja fielmente la sensación que invade al viajero que llega por primera vez (o segunda, tercera...) a estas islas, incluso, se queda corta, pero más allá de la incapacidad por comunicarse a la que Coppola se refiere en su obra, uno de los pensamientos más inmediatos que se tiene recorriendo las calles de Tokio es el de caos: caos por el gentío, por los sonidos, por las luces fluorescentes...

Los cruces de Shinjuku, barrio inundado de neones y con pasos de cebra rectos y diagonales, se superponen, casi, los unos a los otros. En una ocasión a un señor se le cayeron las monedas en uno de dichos cruces justo cuando el semáforo se ponía verde para los peatones. El lúcido nipón tuvo la inteligencia de no moverse y, simplemente, de reclinarse sobre sí mismo para recoger la calderilla mientras decenas de personas desfilaban a su lado, rodeándole a paso rápido.

Y qué decir de la contaminación acústica que producen los videojuegos y las máquinas del juego nacional, el célebre pachinko: es común que los vendedores arenguen a los transeúntes, animándoles a entrar con megáfonos desde las puertas de las tiendas, como si realmente sus mensajes pudieran entenderse por encima de todo el ruido que inunda la ciudad. Como si realmente la urbe necesitase de más ruido.

Tokio es un totum revolutum, es fácil marearse simplemente caminando por sus calles y al mismo tiempo se pueden hallar remansos de paz en sus numerosos parques, como el hermoso Ueno, o en sus templos budistas y sintoístas, éstos últimos fácilmente reconocibles por las puertas que señalan su entrada, las torii.

El civismo nipón.

De Japón llaman la atención miles de cosas, entre ellas, su civismo: sorprende ver a los niños de corta edad acudiendo solos al colegio, con sus sombreros y unos maletines que podrían ser objeto de coleccionismo, demostrando así que esta megalópolis de más de 12 millones de habitantes es una de las más seguras del mundo.

El oriundo es tan cívico que antes de que lleguen los vagones del metro se coloca ordenadamente en fila aunque eso sí, en el momento de apertura de puertas impera el tonto el último. Todo es de una exquisitez tal que incluso los aseos del bar más cutre que uno pueda imaginarse están impolutos. ¡Y qué decir de aquellos a quienes les gusta beber hasta perder el sentido! Es corriente toparse con numerosas intervenciones de los servicios de urgencia atendiendo intoxicaciones etílicas las noches de los fines de semana pero lo sorprendente es que, incluso hasta en estas situaciones, el nipón es educado: ¡el borracho de estas latitudes es respetuoso, nada que ver con el latino, impertinente y vociferante a partes iguales!

Curiosidades aparte, Japón enamora. El oeste de la ciudad, con Shibuya y Shinjuku, es una algarabía: bares, restaurantes, tiendas, cines… Shinjuku es uno de los lugares donde los jóvenes y no tan jóvenes se entretienen. Pasear sus calles pone a prueba los sentidos del viandante, sobre todo los oídos y la vista: no hay metro cuadrado sin neón ni local sin música estridente. En los múltiples pachinkos no es necesario el hilo musical porque el ruido de las interminables hileras de máquinas es más que suficiente para quedarse sordo: el pachinko es la forma de ocio más popular de Japón, incluso existen edificios enteros dedicados a este entretenimiento. Se trata de unas máquinas en las que un único jugador introduce bolas de acero para ir ganando más bolas que se cambian al final por un premio.

Los japoneses pasan horas y horas absortos con este juego. Otra de sus diversiones, sobre todo entre determinados jóvenes, es la de vestirse de forma estrafalaria: los amantes de colocarse encima prendas de todos los colores inimaginables suelen reunirse en el distrito de Harajuku. Para disfrutar de las más variopintas vestimentas nada mejor que recorrer el callejón de Takeshita-dori (dori significa puerta, que es lo que da precisamente entrada a esta calle).

El contraste

El contraste con esta calle lo encontrará en el parque Ueno: salpicado de museos y templos, esta extensa zona verde cuenta con un estanque (que en realidad son tres) y alberga el mejor zoológico de la ciudad. No muy lejos está el mercado de Ameyoko, un lugar donde se puede encontrar casi de todo. Contemplar sus aseados puestos y las diferentes materias primas para cocinar es un placer. En el mismo mercado hay restaurantes por doquier: aunque pueda pensarse a simple vista que la higiene no es su fuerte, no lo dude y coma en ellos. Podrá disfrutar de un rico arroz y un fresquísimo pescado crudo por menos de tres euros.

Otras opciones a no perder de vista son el templo Senso-ji, conocido como Asakusa Kannon, el más espectacular de la ciudad; Ginza, que en el pasado fue un pantanal y actualmente acoge las marcas más lujosas y Akihabara. Conocido como el barrio de la electrónica, en este multicolor laberinto de calles podrá encontrar todo tipo de productos electrónicos. Y a precios imbatibles.

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