Tierra de poderosas gargantas que moldean el paisaje, de pintorescos poblados a los pies de la sierra, de campos de tabaco, nogales y alcornoques, de gentes sencillas y hospitalarias. La estampa más bella y auténtica del mundo rural extremeño.
La naturaleza, que a veces tiene esos misterios, vertebró de gargantas esta comarca de la esquina noroccidental de Cáceres, allá donde la sierra de Gredos de descuelga hasta llegar al río Tiétar. Después nacieron los pueblos, con su hermoso tipismo arquitectónico, y las gentes, volcadas en el amor a su tierra. Incluso la Historia, con cierto emperador en horas bajas, dejó el eco de su presencia en este rincón extremeño.

La Cascada del Diablo.
Porque el agua es la esencia de la Vera: un río, 47 gargantas, 1.423 arroyos. El agua que baja con fuerza de las montañas y que, en su erosión arrolladora, ha terminado por labrar incontables pozas cristalinas. Como la de la garganta de Alardos (Madrigal de la Vera), con ese estrechamiento rocoso apto para el mejor baño. O las que deja a su paso la garganta de Cuartos (cerca de Robledillo), con aguas frescas y concurridas en verano. O la piscina natural que conforma la garganta de Gualtaminos (Villanueva), con la espectacular Cascada del Diablo -un salto de más de 60 metros con vistas de vértigo al Valle del Tiétar-. O la de la Garganta de Jaranda (Jarandilla). O la de los Guachos y San Gregorio (Aldeanueva). Al fondo, imponentes, estarán siempre las cumbres de Gredos, presididas por el Pico Almanzor. Y entre una y otra, escoltando los manantiales y los ríos saltarines, una ladera bendecida por la bonanza climática y con un paisaje denso, verdísimo y tan exótico que alberga tanto robledales y helechos, como olivos, chumberas y pitas. Y tabaco, por supuesto, amontonado en los secaderos al sol. Así es la fisionomía de la Vera.

El puente de Alardos.
Romanos o medievales, los puentes salpican el paisaje de esta comarca, con toda su carga de cruce de caminos, de huella de civilizaciones, de romanticismo de piedra. Los puentes de la Vera, hermosamente integrados en el paisaje, son otro rasgo de su personalidad. Sólo hay que fijarse en la pintoresca escena que conforma el de Cuartos, de cantería y con sus dos arcos levantados en el siglo XV. También el de Jaranda, que es un vestigio de esa invasión romana que dio al traste con los restos celtíberos. Romano también es -o era- el bello puente de Alardos, ese monumento que se alza 16 metros sobre el lecho del río y que fue levantado en el siglo XVIII para sustituir a aquel otro de la Antigüedad por el que discurría, aferrada a la pendiente, la calzada que ascendía al Puerto del Pico.

Arquitectura verata en Valverde.
Se esconden en el valle, agazapados entre la vegetación, o se agarran a la cresta de las lomas para gozar de la mejor panorámica. Son los pueblos serranos de la Vera, joyas de un tipismo auténtico por el que no pasan los estragos del tiempo. Juntos conforman una magnífica muestra de esa arquitectura tradicional verata que decora sus cascos históricos con hermosos entramados de madera y pintorescos soportales con robustas columnas de piedra. Muchos comparten el apellido de la Vera para mostrar su conexión sanguínea: Madrigal, Villanueva, Losar, Valverde, Robledillo, Jarandilla, Aldeanueva, Jaraíz, Pasarón... Otros tienen nombres diversos: Cuacos de Yuste, Guijo de Santa Bárbara, Garganta la Olla... En lo que todos coinciden es en la belleza de sus caseríos, el silencio de sus calles estrechas, el rumor del agua corriendo por las regueras, el refrescante sabor de un vino de pitarra en cualquiera de sus plazas... En definitiva, en la magia intacta de lo popular.

Carlos I de España y V de Alemania.
¿Pudo haber elegido un rincón más hermoso? Talvez sí, talvez no. Lo cierto es que, de todo su vasto imperio, Carlos I de España y V de Alemania puso sus ojos en la Vera para saborear su retiro. Fue a mediados del siglo XVI. El emperador, vencido por los años, había cedido ya sus poderes y aplacado sus ambiciones. Sólo quedaba, pues, esperar la llamada de la muerte en el escenario elegido: un aislado monasterio de jerónimos, oculto en los pliegues del norte extremeño. Un cenobio pobre y modesto que, tras un largo periodo de reformas, se convertiría en el Monasterio de Yuste donde -efectivamente- asistio el emperador al fin anunciado de sus días. Claro que, hasta concluir tamaña obra, hubo de buscarse otra residencia: el impactante castillo de los Condes de Oropesa, que es hoy el Parador Nacional de Jarandilla de la Vera. Precisamente este último viaje de Carlos V, el de Jarandilla a Yuste, conforma la ruta del emperador, uno de los cientos de recorridos turísticos de esta comarca impregnada de Historia.

Claustro del Monasterio de Yuste.
También el arte, mayoritariamente de signo religioso, fue soltando pinceladas a lo largo y ancho de la Vera. Cinco Conjuntos Histórico-Artísticos, siete Iglesias declaradas Bien de Interés Cultural y el ya mencionado Monasterio de Yuste lo atestiguan con creces. El arte está presente en el Palacio de los Condes de Osorio (Pasarón de la Vera), del siglo XVI, con su fachada de influencia renacentista y su profusa decoración interior. También en el castillo de los Condes de Oropesa (Jarandilla), con su magnífico patio de armas de estilo plateresco, y en los restos de lo que fue otro castillo, el de Valverde, que forma conjunto con la parroquia de Nuestra Señora de Fuentes Claras. Pero sobre todo el arte dejó su huella en las numerosas iglesias que salpican el camino, cuya lista sería inabarcable: Santa María (Jaraíz), San Pedro (Aldeanueva), De la Concepción (Villanueva), De Santiago Apóstol (Jarandilla), De la Asunción (Cuacos de Yuste)... Y para arte, el de los setos y arbustos de Losar que, con sus figuras fantásticas, emulan las mañas jardineras de Eduardo Manostijeras.

Pimentón de la Vera, el 'oro rojo'.
Indisociable a la vida y la imagen de esta tierra es el Pimentón de la Vera, con su propia Denominación de Origen. Un oro rojo que se obtiene tras ser molido y después de dejarse secar al sol en ventanas y balconadas. Producto representativo por excelencia y aderezo de decenas de recetas (migas y caldereta verata, entre otros muchos) el pimentón no es, sin embargo, el único ingrediente exquisito en los pucheros de la Vera. En la gastronomía de esta zona destacan las carnes (de corderos, cabritos, cochinillos, perdices, faisanes, conejos...), los excelentes quesos de cabra y oveja, y las sublimes mermeladas 100% de frutas naturales. Afamados son también sus licores artesanales y, por supuesto -como mandan los cánones extremeños-, los productos obtenidos de la matanza del cerdo (chorizo, salchichón, morcillas mamonas y de calabaza, jamones, lomos, picadillos...). Rin-ran, entomatá, cuchifrito y tasajos cuentan entre sus platos típicos. Y de postre, por ejemplo, perrunillas... para endulzarse la vida.

La fiesta del Pero-Palo, en Villanueva.
Llega el momento de la diversión y hay para dar y tomar: nada menos que tres fiestas declaradas de Interés Turístico. Comencemos por el Pero-Palo, esos carnavales de Villanueva de la Vera empapados de ceremonia. El Pero-Palo es un cuerpo de trapo y paja, vestido con el traje típico de la zona y unido a una cabeza de madera (la turra) que se conserva todos los años. Un muñeco a quien se pasea por las calles para acabar quemado en la plaza (sin cabeza, claro) en el ritual de la judiá. También los Escobazos (en Jarandilla), en la que los vecinos, la víspera de la Inmaculada, acompañan a la figura de la Virgen con escobones de ramaje encendidos. Y los Empalaos de Valverde, en Semana Santa, cuyas imágenes escalofriantes -esos penitentes envueltos en soga de esparto y con corona de espinas- se han convertido en un emblema. Otras son también: La Quemada de Judas (Garganta La Olla y Torremenga), las Fiestas del Tabaco y el Pimentón (Jaraíz de La Vera), las Italianas (Garganta La Olla), Fiesta del Jubileo (Collado de La Vera)...

La alegría , uno de sus rasgos.
Suena a tópico, pero es real. El carácter de los moradores de la Vera es cercano y hospitalario. Basta con mostrar cierto interés para que alguien abra su casa y hable de su vida en el pueblo, de sus labores, de sus tradiciones arraigadas que conservan con orgullo, respeto y dignidad. Porque la Vera, que sigue siendo una tierra eminentemente agrícola y ganadera, también lleva el arte en las manos, como prueba la artesanía que le caracteriza: la cestería de castaño, los bordados, las flautas y tamboriles de olivo, las vasijas de barro, la reprodución en miniatura de las casas populares veratas... Porque esta comarca nació de la naturaleza y a ella se debe.
© 2010 Unidad Editorial Internet, S.L. | Aviso legal | Política de privacidad