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Operación Galápagos

Cuando se cumplen 200 años del nacimiento del biólogo Darwin, las 'Islas Encantadas', uno de los lugares más insólitos del planeta, ofrecen su cara más activa. Buceo entre lobos marinos, avistamiento de delfines, visitas a las reservas de tortugas gigantes...

Hace 200 años que Charles Robert Darwin vio la luz en un pueblo de las Midlands inglesas entre un padre médico, una madre medio artista y un abuelo que, ya a finales del XVIII, esbozó lo que su nieto desarrollaría 50 años después: la teoría de la selección natural. Lo hizo gracias a su viaje por medio mundo a bordo del famoso Beagle, en el que resultó básica la escala en las Islas Galápagos, a 1.000 kilómetros de las costas ecuatorianas. Hoy, el archipiélago sigue siendo un museo natural insólito en el planeta, cuya visita en el Año Darwin y en el 50 aniversario de su declaración como Parque Nacional merece la pena más que nunca. Para quien desee hacerla, aquí van ocho paradas por su historia y su paisajes.

1. Los primeros tiempos

Las islas forman parte de Ecuador desde 1832, tres años antes de que Darwin pusiera un pie en ellas. Pero el que primero las atisbó fue fray Tomás de Berlanga, que buscando Perú se topó con ellas. Eso sí, entre tinieblas, ya que la espesa bruma hacía que ahora se vieran, ahora no... De ahí lo de Islas Encantadas. Aun así, a los primeros conquistadores no les pareció el paraíso natural que hoy es, sino un territorio salvaje sin apenas agua y repleto de seres tan terroríficos como extraños. Como aquellas tortugas de 300 kilos que los recién llegados usaban a modo de carruaje (da fe el monje en sus crónicas). O esas iguanas de crestas multiformes y movimientos apesadumbrados.

2. De balleneros y piratas

La historia del archipiélago siempre ha sido convulsa. Ya en el siglo XVIII era lugar de acopio para piratas y balleneros que sacan el aceite que destilaban las tortugas. O de ellas mismas, útiles en las travesías al aguantar sin comer ni beber meses. También les servían para esconderse con el botín robado a algún galeón de bandera contraria. Les bastaba aprovecharse del cartel de ciudad sin ley que lucía la zona, tan alejada del continente. Por eso, a su primer gobernador no se le ocurrió más que crear una colonia de presos para repoblar las islas. Y es que, en el fondo, quienes mandaban (con mano de hierro) eran los dueños de las fincas hasta que a uno, José Valdizán, le asesinaron sus empleados.

3. En peligro de extinción

Hasta 1978 la Unesco no convirtió al archipiélago, integrado por 13 islas grandes, seis pequeñas y 107 islotes, en Patrimonio Natural de la Humanidad. Hace dos años también lo declaró Patrimonio Mundial en Peligro, lo que ha hecho que se tome más conciencia del riesgo que corren muchas especies endémicas (lo son el 42% de las plantas, el 82% de los mamíferos, el 80% de las aves terrestres y el 91% de los repetiles). Poco a poco, también se ha impedido la entrada incontrolada de turistas e incluso de habitantes, hasta el punto que todo el que quiere renovar su permiso de residencia debe aprobar un curso de conservación de recursos naturales, protección ambiental y desarrollo sustentable.

4. Entre tortugas gigantes

Cada una lleva una marca en función de la isla en la que vino al mundo. El guardabosques coge una, la pesa y anota el dato. Todas estas mini-tortugas (mini ahora que caben en una mano; después superan los 300 kilos) pasan aquí, en los corrales del centro de crianza de Santa Cruz, sus dos primeros años. Después, pasan al área natural del centro y, una vez cumplidos los cinco, vuelven a su isla con un chip incorporado para que los científicos las tengan controladas. Allí es donde los turistas pueden toparse con ellas en su hábitat. Aunque no les harán mucho caso: se limitarán a obviarlos y si el humano no es muy de su agrado esconderán la cabeza sorpresivamente rápido. Eso sí, no se pueden tocar como medida para preservarlas (quedan 11 de las 15 especies iniciales). Y podrían ser 10 si el Solitario George, en el Guinness por ser el único de su estirpe en el planeta, no da descendencia.

5. Playas de anuncio

Una de las imágenes más buscadas de las Galápagos es la de un lobo marino, una iguana terrestre o un cangrejo XXL tostándose al sol en alguna de las playas idílicas que componen el paisaje. Da igual que los humanos les sigan los pasos a menos de un metro. Ellos seguirán su trayectoria (si la tienen) o se quedarán ahí parados si es lo que les viene en gana. Un lugar único para disfrutar de estas visiones, con aguas color añil y una arena blanca digna de anuncio es la de Tortuga Bay, a 40 minutos de Puerto Ayora, en Santa Cruz. El camino se hace andando por un sendero vigilado. El nombre se debe a la presencia justificada de tortugas, aunque también campan a sus anchas leones marinos, pelícanos y flamencos. Y surfistas, ya que dicen que aquí se dan las mejores olas del archipiélago.

6. Buceando entre lobos marinos

Además de Tortuga Bay, uno de los clásicos para practicar submarinismo entre lobos, tortugas y osos marinos es Bahía Gardner, en el extremo oriental de la Isla Española o Hood. Aunque los protagonistas son los albatros ondulados, cuyo ritual amatorio a modo de danza nupcial resulta, cuando menos, curioso. También es interesante pasarse entre octubre y diciembre si se quiere contemplar el apareamiento de las tortugas marinas. Otra de las playas míticas (y no tan concurrida) es la de Conway Bay, Santa Cruz. Si la idea es practicar snorkeling, la dirección correcta es la Corona del Diablo de Floreana, un cono volcánico parcialmente sumergido con extraordinarias formaciones de coral. En esa misma isla no hay que perderse a los pingüinos más pequeños del mundo (también están en Santiago y Fernandina), la Playa Negra cuajada de arena de lava y la laguna en la que se agolpan miles de flamencos.

7. Escenario de películas

Desde las haciendas de las tierras altas de Santa Cruz, en las que los galápagos andan apesadumbrados, al cerro Bartolomé, donde se adivinan los escenarios lunáticos que han dejado atrás tantos volcanes. O el buzón de correos de Floreana que usaban los balleneros en el siglo XVIII para hacerse notar entre sus familias, allende los mares, y que todavía sigue presente en la isla. La lista de los parajes insólitos desperdigados entre los Archivos de la Tierra da también para una laguna en Santa Cruz en la que antaño pululaban las ninfas, según reza la leyenda. Y que ahora se ha quedado con el nombre. E incluso para seguir las huellas plantadas por los ambiciosos personajes de Master and Commander (guiados por Russel Crowe), una de las películas rodadas en el archipiélago.

8. De excursión en excursión

En casi cualquier isla es posible camuflarse entre los piqueros de patas azules o seguir los pasos a los cangrejos negros que pueblan las orillas de lava: el tono oscuro les viene bien para ocultarse de los depredores. Su número ha ido descendiendo debido a la pesca masiva, pero las cada vez más abultadas multas han mermado el negocio. Sí está permitido alquilar una bici y recorrer el interior de las islas, donde, además de las haciendas repletas de galápagos, podrá conocer la tranquila vida de los lugareños, todavía dedicados a la agricultura (cultivan arroz, plátano... incluso café orgánico) y la pesca. Si la visita cae en domingo no estará de más pasarse por Bellavista (Santa Cruz) y participar del día de campo que organizan los vecinos, con puestos de comida típica, partidos de fútbol y música a todo volumen en el auditorio.