Por las calles de este barrio legendario resuenan tambores de guerra del pasado, los ecos de aquella Movida que dejó su huella underground y el empuje de nuevas corrientes de modernidad en garitos, cafés y terrazas.
El centro de Madrid, entre Gran Vía, Chueca, Bilbao y Conde Duque-San Bernardo. En el barrio de Malasaña, conocido durante años como Maravillas, se traza una ruta con banda sonora, posiblemente con la que Antonio Vega puso a este corazón de la ciudad.
Es cierto que por las adoquinadas calles de Malasaña sigue sonando en el subconsciente temas como Chica de ayer o El sitio de mi recreo, pero la Malasaña de hoy poco tiene que ver con la underground de los 80. Ahora sus casas -con fortuna- han sido restauradas y coloreadas de vivos colores, sus aceras están más cuidadas, sus callejuelas han dejado de ser oscuros pasadizos y las plazas son ese punto de encuentro de modernos jovencitos y alternativos grupos que viven, sienten y disfrutan de este barrio madrileño con historia.
Una ruta por Malasaña -anteriormente conocida como Maravillas- es una ruta por el tiempo, por el ayer y por el hoy. Y a la vez es un regalo a los sentidos. Lugares emblemáticos marcan su historia y así, en pleno siglo XXI, se muestra descarada, diferente, cercana, jovial, alternativa y muy, muy moderna.
A Malasaña se le llama Malasaña por una costurera. Una tal Manuela a la que se le ocurrió llevar en el bolsillo de su mandil de currita unas tijeras. Estamos en los comienzos del siglo XIX, en ese tiempo en el que las tropas de Napoleón andaban guerreando por un campo de batalla en el centro de una ciudad llamada Madrid. Esa costurera fue arrestada bajo la acusación de «portar armas peligrosas» y posteriormente asesinada.
En ese momento, la ciudad vivía el desastre del Levantamiento del 2 de mayo de 1808, un hecho que ha quedado en la historia de Madrid. Y para que no se olviden las cosas, a la plaza del corazón del barrio se le llamó Dos de Mayo. En el centro de la misma, donde antaño se encontraba el Parque de Artillería de Monteleón, se alza la estatua de Daoiz y Velarde, y en su alrededor se abren las puertas de unas cuantas terrazas de verano que son la mejor alternativa para los que saben vivir Madrid en el estío: con cerveza y en la calle.
Así, el primer trago de esta ruta ha de ser en la Plaza, en el Café Mahón, repleto de gente con cierto aire desenfadado, sentados en la terraza de verano o en los sofás del interior, o en la pizzería Maravillas, haciendo lo propio para aliviar el calor madrileño, es decir, bebiendo una cervecita.
Frente a la plaza, se asomarán algunos de los bohemios incondicionales del Café Pepe Botella. Música jazz, buenos cafés, gente conectada al wifi del local y elevadas conversaciones a trío... Así es el el Pepe. A partir de este Dos de Mayo se traza la maravillosa tela de araña de Malasaña, por la que tan sólo hay que dejarse llevar.
Con el tiempo, las calles de Malasaña se han ido poblando de pequeñas tiendas de ropa alternativas, de muebles de los años 80, barecillos con personalidad, librerías exclusivas, alguna escuela de música y ciertos centros de yoga y bienestar que, muy de vez en cuando, les da por sacar sus meditantes a la calle para hacerle la reverencia al sol. Es en ese momento de sol poniente cuando Malasaña se muestra tranquilo.
Una buena pista es desayunar en la playita particular del barrio, la que se encuentra en los bajos del bar Ojalá. Luego darse una vuelta por las tiendas. Para ello lo mejor es perderse por las callecitas empedradas y hacer parada en los establecimientos más vanguardistas como Bless o Gildas, donde puedes llevar tu ropa y dejar que te la conviertan en originales prendas. también puedes comprarte una joya única en Emma Herrero o cambiar de look en ¡Juan, Por Dios!.
La hora del aperitivo tiende dos lugares clásicos en Malasaña: Bodegas Camacho, para un vermú con más solera, y La Ardosa, con excelentes tapas y buena cerveza Pilsen.
Para la hora de la comida o cena, hay algunos lugares para tenerlos presentes en cualquiera agenda: Nina Madrid, para un menú creativo y a precio razonable o la taberna Albur, para ir en grupo y disfrutar de tapillas excelentes. Las mejores hamburguesas se encuentran en Home Burger; la cocina de New Orleáns en Gumbo Ya-Ya y para comida vegetariana hay un restaurante precioso, Isla del Tesoro, por ejemplo.
Ya por la tarde se puede dejar un hueco para la lectura. Es imprescindible pasar por dos librerías: Tres Rosas Amarillas, especializada en cuentos, y Arrebato, de joyitas antiguas. Los que quieran un café con historia, su casa es el Manuela, o el Café Parnasillo. Y los poetas y cuentistas tienen su jam-sessión semanal en el Bukowski Bar, pero esto ya es por la noche.
Desde luego, para hacer los tributos propios de este barrio hay que poner los piececillos en El Penta y en La Vía Láctea. Dos de los emblemáticos lugares de la Movida de los 80, frecuentados en su día por Antonio Vega. Lo que encontrarás es esa música de Nacha Pop, Los Secretos, Alaska y otros muchos. Aunque para sitios originales y con música más alternativa hay que poner los pies en Tupperware y The MaderFacker.
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