Kayaks diminutos frente a montañas de hielo, esquimales que todavía cazan ballenas como forma de supervivencia y recorridos insólitos para los amantes de la naturaleza. Así es Groenlandia, la extraordinaria tierra de los icebergs y los glaciares y la mayor isla del mundo.
Groenlandia, la tierra de los icebergs y los glaciares, es la última frontera europea. Un lugar extremo donde aún es posible toda clase de aventuras. El límite es nuestra resistencia. Un mundo distinto donde la luz nos permite disfrutar de días casi infinitos. Las emociones no se miden por tiempo, sino por intensidad. Nos embarcamos en una expedición en piragua para descubrir uno de los paisajes más bellos y originales del mundo. Frío, mosquitos y una cierta capacidad de resistencia para una de las mejores experiencias de nuestra vida.
Groenlandia puede presumir de ser la mayor isla del mundo, con 2.175.600 kilómetros cuadrados de los cuales, el 85 por ciento está cubierto por el hielo, con espesores que llegan a alcanzar los 3.000 metros. Dos semanas de aventura para descubrir esta desconocida isla desde una piragua parecen un simple capricho frente a la inmensidad de la nada. En pocos lugares como éste vamos a poder sentir el silencio más absoluto...
Aquellos territorios descubiertos por el vikingo Eric el Rojo son un entorno único para anuncios o enamorados de los hielos polares, al ser uno de los paisajes más bellos del mundo. Y probablemente lo sea, o al menos, de los más impresionantes. Tenemos el reto de cubrir 200 kilómetros en piragua entre los hielos. La llegada a Narsarsuaq desde Copenhague nos da una idea del destino, un pueblo de 200 habitantes al sur de la isla. Una pista de aterrizaje, una torre de control y unos barracones marcan la referencia de esta población que aspira a ciudad.
Viajamos con lo imprescindible: un buen traje estanco para combatir las temperaturas, unas botas y una mochila con algo de ropa y un kit de aseo. Lo primero es hacernos con los kayaks, unas embarcaciones frágiles pero que parecen estables, aunque tampoco conviene fiarse. Comenzamos remando hacia Narsaq, donde montamos el primer campamento. Con el frío, los guisos de Ricardo, nuestro guía, parecen alta gastronomía. Los espaguetis con calamares tienen otro sabor al estar rodeados de hielo. Sobre la cena con foca y ballena las opiniones son diferentes, desde «exquisita» hasta el «no lo volvería a probar».
Lo primero es hacernos con los kayaks, frágiles pero que parecen estables, aunque no conviene fiarse.
Estamos rodeados por inmensos bloques de hielo que nos vigilan. Impresiona cenar en un silencio tan absoluto, tan sólo roto por las risas de nuestro grupo que comienza a consolidarse comentando las primeras anécdotas. La noche sirve para reflexionar sobre dónde estamos envueltos en el silencio más absoluto: nos encontramos en una enorme isla cuyo corazón está ocupado por un glaciar de casi dos millones de kilómetros cuadrados, rodeado por un abrupto cinturón litoral montañoso. La temperatura no es un problema ya que estamos en verano y no desciende por debajo de -5ºC. Con el deshielo, los mosquitos pueden ser los compañeros más molestos.
A pesar de la inmensidad, la variedad de paisajes es casi infinita. Uno de los puntos fuertes es el Glaciar de Qaleragdlit. Cuando nuestro kayak no puede progresar, nuestras botas serán el medio de transporte. Bloques de hielo que caen sobre el mar. Pocas sensaciones hay más dramáticas que ver cómo el suelo cruje bajo nuestras pisadas. El valle de los Caribús o el Valle de las Mil Flores no son nombres creados para un reclamo turístico. Son paisajes únicos cuya belleza va más allá de una simple foto.
Navegamos entre una vegetación mínima, formada por abedules enanos, musgos y líquenes, en unas zonas costeras bañadas por el Ártico, que está helado durante casi todo el año. La soledad es absoluta, y no nos cruzamos con nadie. Y es que es difícil: el centro de la isla está deshabitado, de tal forma que los 60.000 habitantes de Groenlandia se concentran en las costas, en particular en la vertiente occidental, que es donde está la capital, Nuuk. La mayoría de la población es esquimal y viven de la pesca, la caza y la ganadería.
Durante los distintos tramos del viaje solemos remar pegados a la orilla, para evitar de esa forma el oleaje pero, de vez en cuando, el viento racheado nos empuja y la lluvia nos incomoda. Poco a poco, vamos navegando por el fiordo Tunulliarfik, disfrutando con las vistas de enormes icebergs y las fracturas de los fiordos. Después de tres días, llegamos a Narsaq, una de las ciudades más importantes de la isla, un puerto de cazadores, con un museo, una iglesia y por supuesto, un bar.
Es imprescindible ascender por alguna de las colinas del Inlandis, el segundo glaciar más grande del mundo.
Por fin nos damos el lujo de tomar una auténtica cerveza danesa acompañada de un rico salmón asado. Realmente la comida en Groenlandia es cara y poco variada, aunque nuestra expedición trae comida energética para compensar el desgaste. Una experiencia imprescindible es ascender alguna de las colinas del Inlandis, el segundo glaciar más grande del mundo. Por fin llegamos a una tundra habitada por caribúes, que rompe con la monotonía del hielo, camino del lago Tasersuatsiaq.
De regreso a Narsaq atravesamos una zona donde los esquimales cazan focas anilladas con una precisión matemática, mientras descendemos la costa camino de Qagssiarssuk. Aquí se estableció Erik El Rojo y se rememora con réplicas de una casa y una capilla vikinga. Es el lugar ideal para despedirnos con una típica cena a base de carne y grasa de foca hervida y seca, carne frita y piel cruda de ballena, carne de caribú, fletán ahumado, bacalao seco y pan esquimal. Con tanto ejercicio... se come de todo.
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