Nakal Gurung nació a los pies de las montañas más altas de la tierra. Desde pequeño su vida ha girado en torno a los míticos Anapurnas y el Machapuchare, la montaña sagrada, aquella que todavía no ha sido escalada. Detrás de su cuerpo pequeño y enjuto se esconde un héroe anónimo, guardián de un peligroso oficio que solo él conoce por herencia de su abuelo.
La primera vez que tuve noticias de los cazadores de miel fue hace unos quince años a través de un reportaje publicado por la versión americana de la revista National Geographic. Aquellas sensacionales fotografías del francés Eric Valli, donde unos nepalíes se descolgaban por unas escaleras de bambú a más de 60 metros de altura, rodeados por un enjambre de abejas y con la única protección de sus ropas, me impactaron tanto que desde entonces se convirtió en una obsesión poder llegar hasta ellos para rodar un documental. Los he visitado dos veces y las imágenes conseguidas son las más espectaculares de toda mi carrera como cineasta.
Abajo, en lo más profundo del valle de Gurung, en el corazón de Nepal, las aguas del deshielo corren poderosas. En la margen izquierda del río se levanta una pared que el abuelo de Nakal bautizó como Samser Bir, el Precipicio de los Trescientos Enjambres. En este lugar, soberbio, bien protegido y casi inaccesible, las abejas construyen sus enormes panales en forma de media luna, un autentico manjar para los habitantes del valle.
A mediados de mayo, coincidiendo con el nacimiento de Buda, es tiempo de recolección. Los habitantes del valle llevan meses esperando este momento y desde muy temprano la casa de Nakal se ha llenado de gente, la misma que cada primavera le ayuda, como él bien dice, a cazar la miel.
Cada miembro del grupo tiene un trabajo específico que se ha ido transmitiendo durante generaciones de padres a hijos. Abajo, bien pegado a la pared, Nan Badur quema ramas y hojarascas húmedas que producen abundante humo. Si el viento es favorable, en pocos minutos los panales quedarán libres de abejas. Mientras tanto, desde arriba, se va desenrollando la escalera que con sesenta metros de longitud, llegará hasta la base de la pared. El humo pronto comienza a hacer su efecto y los panales van descubriendo su verdadero color. Estas abejas, científicamente conocidas como Apis Laboriosa, son las más grandes y agresivas de cuantas existen pero también las que más miel producen.
El recolector debe mantener la calma y la sangre fría, con movimientos suaves y coordinados
Colgado a 60 metros del suelo, Nakal pronto se ve envuelto en una nube de miles y enfurecidas abejas que emiten un sonido ensordecedor. Dispuestas a atacar contra todo aquello que se mueva, el recolector debe mantener la calma y la sangre fría. Intentando que sus movimientos sean suaves y coordinados, prepara los arpones de bambú. Con ellos tiene, primero que perforar y luego pasar dos cuerdas por los agujeros que ha abierto en el panal.
Estas cuerdas están sujetadas por los hombres de arriba para que una vez cortado el panal no se caiga al río. Asegurados los panales, Nakal corta con una pértiga provista de una cuchilla en uno de sus extremos, la parte superior de la media luna. Aquí es donde se encuentra las larvas y la cera. Aunque para los cazadores de miel esta no es la parte mas preciada también le sacarán su fruto. Después de hervirla le extraerán la cera para la fabricación de velas.
Durante la recolección mueren un gran número de abejas pero si la reina y algunas obreras consiguen sobrevivir, en pocos meses el panal quedará reconstruido. A Nakal ya solo le queda el último paso, quizás el más complicado. Ayudado por dos pértigas de bambú, debe colocar una cesta forrada en su interior con piel de cabra, justo debajo del panal que permanece adherido a la pared. Aquí es donde se encuentra el grueso de la miel.
Los palos son manejados con manos y pies a modo de palillos chinos. Mientras que con una mano y un pie aguanta el canasto, con los otros dos intenta despegar la miel de la roca.
Antes de probar la miel hay que poner un poco en la palma de la mano, si produce un cierto cosquilleo no se debe consumir. A veces las abejas se alimentan de néctar de plantas tóxicas, muy abundantes antes de la llegada de los monzones. De un buen panal se pueden obtener entre treinta y cuarenta kilos de miel y en las mejores temporadas se han conseguido hasta sesenta.
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