Ocho rincones para leer Madrid: para descubrir a Asia leyendo el Quijote, para leer el pavimento en el Barrio de Las Letras, para acompañar a Max Extrella en un Madrid de bohemia y esperpento, para leer en el Café Gijón, para volver a la Residencia de Estudiantes, para llevarle a Larra unas violetas, para oler las flores de la casa de Neruda y reconocer sus calles en las novelas de Marías.
Scritpa manent. Lo escrito permanece y de Madrid y en Madrid se ha escrito mucho. Ésta es una pequeña peregrinación por ocho rincones capitalinos inmortalizados por genios de las letras.
Edificado en su gran parte durante la dictadura de Primo de Rivera mediante una suscripción pública en la que participaron todos los países de habla hispana, el monumento en honor a Miguel de Cervantes que se alza en la plaza de España ha presenciado encuentros y desencuentros a lo largo de tantas décadas. Su ubicación, centro neurálgico del que parten emplazamientos tan madrileños como la Gran Vía, con sus cines y teatros, la calle Princesa, activa arteria comercial, y la calle de Bailén que conduce al Palacio Real, con los jardines de Sabatini y el Teatro Real, lo convierte en uno de los reclamos turísticos de la ciudad, así como un paso obligado para muchos madrileños en su vida cotidiana.
El monumento a Cervantes, sentado bajo un pedestal, lo custodian el hidalgo de la triste figura y su fiel Sancho Panza. Fueron posteriores las incorporaciones de las figuras de Dulcinea y Aldonza Lorenzo, así como de los grupos de La Gitanilla y Rinconete y Cortadillo. La bola del mundo que corona el conjunto escultórico esconde otras figuras: son alegorías de los cinco continentes, entre las que destaca Asia leyendo El Quijote, al igual que hacen cada 23 de abril muchos españoles en el Círculo de Bellas Artes.
Miguel de Cervantes Saavedra vivió en diversos lugares de Madrid: en el barrio de Atocha pero también en la calle Huertas, la plazuela de Matute y la calle del León, en una casa que hacía esquina con la calle de Francos. Es lo que entonces se conocía como Barrio de las Musas y hoy de Las Letras, nuestra próxima estación.

Fuenteovejuna escrito en el suelo.
Versos y párrafos se escriben como huellas en el pavimento del Barrio de las Letras en memoria de los grandes literatos que lo habitaron. No sólo Cervantes, sino Lope de Vega, Tirso de Molina y Calderón de la Barca vivieron en este barrio peatonal que se vertebra en torno a la calle Huertas durante el Siglo de Oro, momento en que la dramaturgia española alcazó su momento más culminante. Entonces se interpretaban las obras de Lope de Vega, y antes las de Calderón de la Barca, en el Corral de la Pacheca, hoy transformado en el teatro Español, ubicado en la plaza de Santa Ana, donde se alzan las estatuas de Calderón de la Barca y Federico García Lorca.
Si bajamos por la calle Huertas encontraremos la iglesia de San Sebastián, donde bautizaron a Ramón de la Cruz y Jacinto Benavente, se casaron Larra, Zorrilla y Bécquer, y está enterrado Lope de Vega. También Cervantes recibió sepultura en este barrio, concretamente en el convento de las Trinitarias, hoy sede de la Universidad de Alcalá. En esta calle vivió Cervantes, para luego trasladarse a la que hoy lleva su nombre, frente al mentidero de los Comediantes y muy cerca de su enemigo, Lope de Vega.
Pero para disputas entre rivales en estas calles ninguna como las de Luis de Góngora y Francisco de Quevedo. Éste último vivió en la esquina con la calle Lope de Vega y una placa así lo recuerda. No se dice, en cambio, que antes fue el hogar que Góngora compró con mucho esfuerzo cuando se estableció en Madrid, una ciudad que tanto ha cambiado desde entonces pues en esta zona hoy descubrimos los mejores museos (El Prado, Thyssen-Bornemisza y Reina Sofía, y el recierte Caixa Forum), los hoteles con más renombre (Rizt y Palace, Villanueva y Urban), así como un sinfín de cafés y bares emblemáticos.

Valle Inclán en Recoletos.
Muy cerca del Barrio de las Letras perseguiremos la estela noctámbula de Max Estrella, protagonista de Luces de Bohemia. Para don Ramón María del Valle Inclán «el sentido trágico de la vida española sólo puede ofrecerse con una estética sistemáticamente deformada», y para ello tendremos que dirigirnos hacia el Callejón de Gato con sus espejos cóncavos, epítome de la peregrinación bohemia por el Madrid valleinclanesco en recuerdo de la última noche de Max Estrella. Y aunque esté fuera del guión, disfrutar con unas patatas bravas en el lugar homónimo. El periplo recoge otros templos bohemios, como la Buñolería Modernista (es decir, la chocolatería San Ginés), la sede de Gobernación (es decir, el Palacio de Correos, hoy sede de la Comunidad de Madrid), la ya inexistente Taberna de Picalagartos, que estuvo en la esquina de Puerta del Sol con la calle de la Montera, así como el Café de la Montaña, donde Don Ramón María perdió su brazo y donde situó el encuentro de Max y Rubén Darío, rebautizándolo como Café Colón.
Recuerda Javier Marías en sus Miramientos a ese venerable don Ramón María manco y de barba fluvial cruzando El Pardo, que bien podría ser el paseo de Recoletos donde se alza su estatua, cuando un pastor y su rebaño le exigieron paso. Entonces, Valle Inclán levantó el bastón con su brazo sano y se plantó gritando: «Apártate tú, vaquero, y deja paso a los hidalgos». Y abriéndonos paso caminaremos por el paseo hasta el número 21, nuestra siguiente parada.

Interior del Café Gijón.
Las mesas de mármol del Café Gijón no son lápidas puestas del revés como sucede en La Colmena, pero la memoria de esta novela inolvidable del Madrid de la postguerra permanece viva en el café más literario de la capital. Inaugurado en 1888 por un asturiano emigrado a Cuba, contó desde sus comienzos con clientes ilustres, como Ramón y Cajal, Baroja, Galdós, Severo Ochoa, Gregorio Marañón o Gómez de la Serna. La vida literaria del café se intensificó hasta que se vio interrumpida por la Guerra Civil, para proseguir en la postguerra y alcanzar su auge en los años 50, momento en que sus tertulias fueron las más significativas de la capital. Hasta aquí vendría un joven corresponsal llamado Francisco Umbral, en 1961, donde recibiría la amistad y protección del escritor Camilo José Cela. Así nacería La noche que llegué al café Gijón.

Lorca en la Residencia de Estudiantes.
Fundada a comienzos del siglo pasado como prolongación de la Institución Libre de Enseñanza de Giner de los Ríos, la Residencia de Estudiantes inicialmente se estableció en la calle Fortuny para trasladarse, en 1915, a su emplazamiento definitivo, en la Colina de los Chopos, en una serie de edificios de estilo neomudéjar. Entonces se citaron las personalidades más creativas de la época, como los amigos Dalí, Buñuel, García Lorca y Pepín Bello. También eran asiduos los poetas Rafael Alberti, Jorge Guillén, Pedro Salinas y Juan Ramón Jiménez. Otros intelectuales de la época la frecuentaban, como Unamuno, Severo Ochoa, Ortega y Gasset, Eugenio D'Ors o Manuel de Falla.
Hoy, la Residencia de Estudiantes, por cuyos salones también han pasado Einstein, Valéry, Marie Curie, Keynes o Le Corbusier, mantiene vivo su legado cultural mediante actos públicos en los que participan los protagonistas actuales del panorama intelectual y con los que perdura su tradición de espacio abierto a la reflexión, el debate y la crítica. Asimismo concede becas de investigación y organiza interesantes ciclos, además de conservar su función de alojamiento, dirigida en la actualidad a investigadores, artistas y creadores de diversos campos y procedencias.

La tumba de Larra.
Muchos de quienes pasaron por la Residencia de Estudiantes abandonaron Madrid a causa de la Guerra Civil, como Luis Cernuda que dejó su piso de la calle Viriato para exiliarse en el Reino Unido, Estados Unidos y luego en México con el mismo pesar que sintió Larra por ese Madrid en el que escribir era llorar, pero también morir, como añadiría Cernuda. Sus versos A Larra con unas violetas nos acompañan por el Madrid decimonónico tras los pasos del Pobrecito Hablador.
Mariano José de Larra (1809–1837) nació en la calle de Segovia y se suicidó en la calle Santa Clara. Desde entonces descansa en el cementerio de San Nicolás. Asiduo a las tertulias, como la de El Parnasillo (C/ Príncipe), cuando se cansaba de leer artículos graves... escribe en La vida de Madrid: «Dejo los periódicos; me rodeo al cuello un echarpe, me introduzco en un surtú y a la calle. Doy una vuelta a la carrera de San Jerónimo, a la calle de Carretas, del Príncipe, y de la Montera, encuentro en un palmo de terreno a todos mis amigos que hacen otro tanto, me paro con todos ellos, compro cigarros en un café, saludo a alguna asomada, y me vuelvo a casa a vestir».

La Casa de las Flores.
«Mi casa era llamada la casa de las flores», escribió Pablo Neruda sobre su hogar madrileño entre las calles Hilarión Eslava, Rodríguez San Pedro, Gaztambide y Meléndez Valdés. Llegó el poeta a Madrid en 1934, entonces, recuerda en Confieso que he vivido, le aguardaba una persona en el andén agitando un ramo de flores: «Me esperaba él solo, en la estación de invierno. Pero ese hombre era España, y se llamaba Federico».
Fue otro insigne poeta, Rafael Alberti, quien le recomendó el que sería no sólo su hogar en Madrid, sino el lugar de encuentro de los grandes literatos de la época, cuando la guerra todavía no había intentado callarlos. El edificio, catalogado como Patrimonio Histórico, fue diseñado en 1931 por Secundino Zuazo Ugalde y se trata de la construcción más interesante del moderno ensanche madrileño. Estructurada en torno a tres patios que, siguiendo los parámetros de la época, proporcionan gran luminosidad a las 288 viviendas, recibió su nombre de los balcones con jardineras. La Guerra Civil llegó y el edificio fue bombardeado, la metralla rompió los cristales y derrumbó las paredes y estanterías de la casa de Pablo Neruda. «Aquel desorden era una puerta final que se cerraba en mi vida». Su vida en Madrid.

Portada de Corazón tan blanco.
Aunque sea el monarca de una isla remota y sus novelas hayan viajado incansablemente, Javier Marías nació en Madrid en el antiguo número 16 de la calle Covarrubias, del barrio de Chamberí. Pese a que el exilio de su padre le llevó a Estados Unidos, su infancia trancurrió en un piso luminoso de la calle Vallehermoso. Alumno de la Complutense, en 1969 viaja a París a casa de su tío Ricardo Franco, donde escribe Los dominios del lobo. Y a su retorno a la capital visita asiduamente al poeta Vicente Aleixandre en su casa de la calle Velintonia.
Sus novelas experimentan a lo largo del tiempo una madrileñización. En Todas las almas la capital es una ciudad que se mueve. «Aquí, en Madrid, los días se hacen infinitos, pero la luz va variando y se va matizando continuamente y así da fe de que el tiempo avanza». Es en Corazón tan blanco donde asistimos al Madrid de su infancia, mientras que en Mañana en la batalla piensa en mí las direcciones son explícitas: aparece la Castellana, Velázquez, Lista (Ortega y Gasset)... Y en Negra espalda del tiempo Madrid es la ciudad del pasado, de los que ya no están, pero que se han quedado prendidos a sus calles para siempre.
Scritpa manent
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