Esta isla «larga, hermosa y desdichada» quedó tocada para siempre por la presencia del escritor estadounidense, quien retrató su mar, su aroma y su calor humano y gestó entre mojitos y daiquiris algunas de sus obras más célebres.
Nada acompaña mejor a la imagen literaria de Cuba que la figura inconfundible de ese hombre fornido de andares mansos y mirada burlona, con la gorra marinera retando al sol caribeño, la barba frondosa de plata y la pipa recostada en los labios. Ernest Hemingway, el escritor más omnipresente, lúcido y vital, el cronista desgarrado de las guerras y el dolor, el miembro más desencantado de la Generación Perdida, fue norteamericano de nacimiento, pero cubano de corazón. Por eso, y a pesar de sus largas temporadas en Europa -España, Italia, Alemania, Francia...-, sus aventuras en Africa y Asia; y sus pasos por Canadá, México o Perú, siempre regresaba a esta isla «que le llenaba el alma de jugos».
Más de veinte años vivió el autor en La Habana, después de aquel breve primer contacto de 1928, en el que hizo escala en la ciudad rumbo a la remota Cayo Hueso. Impactado por su belleza, Hemingway volvería años más tarde para participar en la pesca de altura, una de sus mayores aficiones. Desde ese instante, ya nunca pudo desligarse de ella. Y aunque el tiempo entre visita y visita se fue acortando gradualmente, tuvo que llegar el fin de la Guerra Civil española para asentarse en este trocito tropical de manera definitiva.
Palmo a palmo devoró todos los rincones de esta «isla larga, hermosa y desdichada» de la que alabó siempre su capacidad para llenarle de energía creativa: «El clima cubano y la actividad deportiva me vigorizan física y mentalmente», repetía con frecuencia.
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En Cuba conoció el escritor sabores tan exóticos como el de aguacate, la piña o el mango y placeres tan saludables como el de abrir de par en par las ventanas del Hotel Ambos Mundos, su primer paradero cubano, para dejarse invadir de pronto por la brisa de la bahía, mientras trepaba desde la bruma la silueta de la Catedral de La Habana. Allí mismo, en la habitación 511 de ese hotel de la calle Obispo -en pleno centro histórico- que el propio Hemingway había calificado como «un buen lugar para escribir», nacieron sus mejores cuentos, esos que situaban la acción en los fondos coralinos de la costa o en los botes de los humildes pescadores amarrados al vetusto muelle.
Cuentan que Hemingway, que fue un hombre dado a la bebida, se levantaba al alba para desayunar en el café de la esquina e iniciar su habitual recorrido hasta El Floridita, donde ha quedado instaurado para siempre el daiquiri Papá -su apodo cariñoso-, tanto como esa estatua fundida en bronce con la que ha sido inmortalizado en su gesto más habitual, ése de la mirada perdida en el horizonte, la media sonrisa pícara y el codo firmemente anclado sobre la barra del fondo a la izquierda. De aquí a los mojitos de La Bodeguita de Enmedio -«my mojito in La Bodeguita, my daiquiri in El Floridita»- sólo había un agradable paseo por las calles adoquinadas de La Habana.
Entrañable y generoso -pero también pendenciero y machista- Hemingway supo contar como nadie la esencia de la isla caribeña -su mar, sus paisajes y su calor humano...- y los olores que emanaban de Cuba: el de la harina almacenada de La Habana Vieja, el de la madera de las cajas de envase, el del café tostado y el tabaco.
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Alentado por su tercera esposa, Marta Gellhorn, en 1939 compró la finca La Vigía, un refugio perfecto en la localidad de San Francisco de Paula, a 15 kilómetros de La Habana, en el que lograría escribir algunas de sus obras más célebres: Por quién doblan las campanas -en cuyo boceto trabajaba desde hacía tiempo-; A través del río y entre los árboles, París era una fiesta, Islas en el golfo... y la aclamada El viejo y el mar, por la que recibió el premio Pulizter en 1953. Una novela corta inspirada en Gregorio Fuentes, compañero inseparable del autor en sus incursiones por las aguas del Golfo.
Hoy La Vigía es el Museo Hemingway, conservado tal y como estaba: la sala con su mobiliario original, su revistero y su poltrona; las habitaciones con las piezas de caza colgadas de las paredes, la biblioteca con una hilera infinita de más de 8.000 libros colocados en los estantes, su máquina de escribir Royal, su carabina Mannlicher...
También a bordo del barco Pilar o en el pueblo marinero de Cojímar -donde quedaba atracado después- el escritor pasó gran parte de su tiempo, en su bar predilecto de La Terraza -que hoy es una marisquería cara- o en los alrededores del muelle, cerca del bastión español, donde se erige otra estatua con su busto, que está recubierta de óxido.
Sin el barniz literario de Hemingway, Cuba tal vez habría sido otra. Y viceversa también. Por eso en 1954, al recibir el Nobel de Literatura, el escritor no lo dudó: «Éste es un premio que pertenece a Cuba porque mi obra fue pensada y creada en Cuba».
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