A menos de dos horas de Quito, emerge uno de los mercados indios más afamados de América Latina. Los lugareños dispensan allí de todo: abalorios, tejidos, cuadros, animales, fruta. Y de fondo, el espectacular paraje andino en el que se ubica, entre lagos con leyenda, volcanes nevados y fértiles llanuras.
No ser ocioso, no mentir, no robar. Es una de las máximas indígenas que definen el día a día de sus comunidades. Hasta tal punto que en países como Ecuador (uno de los que cuenta con más población india de toda América Latina, tras Bolivia, Guatemala o Perú), el lema tiene hueco hasta en la Constitución. Artículo 97, para más señas. Quizá por eso no sorprende llegar a Otavalo, de mayoría quechua y en plena sierra norte del país, para comprobar que lo de estar desocupados no va con ellos. Y menos si es sábado.
El olor a morocho recién hecho se alterna con el de jugo de guanábana (chirimoya), coco o fresas (aquí frutillas).
Entonces, cualquier recoveco de sus cuadriculadas calles (aquí siguieron las leyes de la Colonia al pie de la letra) se llena de bullicio; gritos en quechua; mujeres hilando ponchos, chaquetas de alpaca y manteles multicolor; sombreros Panama Hat (su verdadero origen se dio en estas tierras, pero Panamá lleva la fama); niñas con trenza y mil vueltas a sus collares... O imitaciones pictóricas de Oswaldo Guayasamín, artista patrio por excelencia y el que mejor ha sabido reflejar el sufrimiento del pueblo indígena. Fuera de Ecuador, sus murales decoran el aeropuerto madrileño de Barajas y la sede de la Unesco en París.
Así respira Otavalo, una población de 20.000 habitantes a menos de horas de Quito y semioculta entre los pliegues de la inabarcable cordillera andina. Y su mercado indio, uno de los más importantes de Latinoamérica, donde cada sábado los lugareños dispensan de todo: bordados, pendientes a un dólar, artesanías, animales, fruta fresca... La historia se repite cada día, pero el sábado más, con esa mezcla de colores, jarana y energía multiplicada por mil. En el apartado culinario, el olor a morocho recién hecho (una bebida caliente de maíz) se alterna con el de jugo de guanábana (chirimoya), coco o fresas (aquí frutillas). «A 50 centavos, 50 centavitos».
Desde primera hora de la mañana, la vida aquí, en la provincia de Imbabura, gira en torno a la plaza de los Ponchos. Sí, la llaman así porque es el producto más reclamado por los turistas, aunque su nombre oficial es la del Centenario. A su alrededor, puestos y más puestos (se calculan cerca de mil), hasta llegar a la iglesia del Jordán o de San Luis, en el Parque Central, a unos pasos de la estatua del guerrero inca Rumiñahui, al que mataron los españoles por negarse a revelar dónde estaban los tesoros de Atahualpa. Ya entonces, los otavaleños (4.000, según aquellas crónicas) fueron obligados a participar en la expedición que descubrió el Amazonas.

Un otavaleño entre telares.
Hoy en día, los puestos de la ciudad no sólo están capitaneados por vecinos lustrosos haciendo honor a su estirpe con la vestimenta característica. Camisa blanca de encajes adornada con bordados de motivos florales multicolor, falda negra o chumbi y pañuelo a la cabeza por parte de ellas; ellos: sombrero de paño, pantalón corto, poncho típico de lana y alpargatas. También espigadas rubias de corte nórdico se pasean de la mano de algún chiquillo bien moreno.
O viceversa: otavaleñas de pro que no han dudado en dar el sí, quiero a gringos prendados de la zona, entre sobrecogedoras llanuras de talante fértil, montañas nevadas que dieron cobijo a volcanes ya extintos (ejemplo: el de Imbabura, de más de 4.650 metros de altitud) y lagunas con leyenda. Como la de Yahuarcocha, que recuerda aquella batalla anterior a los tiempos hispánicos entre incas y caranquis en la que murieron más de 30.000 personas. La escabechina fue tal que la sangre tiñó de rojo las aguas. Por eso, pasó a llamarse Yahuarcocha, que en quechua significa laguna de sangre. Yahuar: lago; cocha: sangre. De hecho, todavía hoy es posible sentir la energía negativa de aquella masacre.
De vuelta a las parejas mixtas, lo cierto es que en pocos sitios del país se dan tantas como en Otavalo. Eso sí, que la parte extranjera hable bien español (hay un buen puñado de escuelas para aprender castellano) es más complicado, pero lo intentan, ya que suelen ser quienes atienden al público en las decenas de agencias multiaventura (con ofertas de trekking, montañismo, rafting...) creadas en la ciudad. O en los restaurantes, pubs o cafés de toda condición: italianos, mexicanos, nórdicos, asiáticos, estadounidenses... Lo mismo ocurre con los hospedajes.
Los forasteros llegan a Otavalo en busca de la receta milagrosa que acabe con sus males, ya sean de amor... o del estomágo.
Los forasteros también llegan a Otavalo en busca de la receta milagrosa que acabe con sus males, ya sean de amor... o del estomágo. Para ello, van a la Jambi Huasi, el centro de medicina indígena creado por el Gobierno local (otro de sus éxitos: instaurar marzo como Mes de la Mujer) que ofrece tanto servicios de planificación familiar como dentistas o remedios caseros para el mal del ojo (o de espanto) o el reuma. Limpieza del aura contra analgésicos. Madreselva, cola de caballo y abedul contra antibióticos.
Quien lo prefiera puede hacerse ver por un chamán. Basta comentarlo en el hotel en el que se aloje o en las agencias turísticas repartidas por la ciudad. Las casas de estos sanadores ancestrales suelen estar en las comunidades que rodean Otavalo como Peguche, Eugenio Espejo o Pucará de Velásquez. Allí realizan rituales para obtener los favores del ex volcán Imbabura, la Pacha Mama (Madre Tierra) o las divinidades del cielo. A elegir. Eso sí, tenga en cuenta el día de la semana. El mejor: el viernes.
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