En el corazón de las montañas más altas de la tierra, allá donde las cuatro grandes cadenas montañosas del Pamír, el Hindu Kush, el Karakorum y el Himalaya se unen, surge el profundo valle de Hunza que discurre hacia el sur formando uno de los paisajes más dramáticos del continente asiático.
En la década de los 60 las buenas relaciones chino-pakistaníes dieron como resultado uno de los proyectos de ingeniería más ambiciosos de la historia: la mítica Karakorum Highway, una espectacular carretera de 1.300 kilómetros de longitud que atraviesa una región con 82 montañas que superan los 7000 metros de altura, uniendo el oasis de Kashgar en China, con Islamabad, la capital de Pakistán. Gran parte de su trazado original no era más que un sendero utilizado por los nómadas que viajaban con su ganado desde las tierras altas de Asia Central a las fértiles llanuras del río Indo, a través del valle de Hunza.
Acabamos de cruzar con nuestro camión la frontera entre China y Pakistán por el paso de Kunjerab, que con sus 4.730 metros de altura es el punto culminante de esta carretera considerada la ruta comercial más alta del mundo. En un descenso vertiginoso, nos dirigimos hacia nuestro siguiente objetivo de rodaje; los kalash, una de las tribus más interesantes y enigmáticas de Asia Central.
En el valle de Hunza Los colores del bosque están cambiando, el otoño ha llegado y poco a poco los tonos verdes van ocupando toda la gama de rojos, ocres y amarillos que uno pueda imaginar. Fue en este valle donde el escritor James Hilton situó en su novela Horizontes Perdidos el reino de Shangri-La, la tierra de la eterna juventud, que reforzó en la década de los 70 la leyenda de que sus habitantes vivían más de 100 años.
Al oeste del valle de Hunza, cerca de la frontera con Afganistán se asientan tres pequeños valles; Brumboret, Rumbur y Birir. Aquí se encuentra el hogar de los kalash, la mítica tribu que protagoniza la novela de Rudyard Kipling El hombre que pudo ser rey. Ellos son la ultima reminiscencia de una cultura pre-islámica animista antiguamente muy extendida en Afganistán y la cordillera del Hindu Kush.
A finales del siglo XIX esta región era conocida como Kafiristán, la «tierra de los infieles». El origen de los kalash sigue siendo un enigma. Alejandro Magno habla sobre su encuentro con un pueblo que decía ser descendiente de Dionisius, el dios griego del vino. Era común que los persas exiliaran a los griegos de Asia Menor a los lugares más orientales de su imperio. En este remoto lugar se dan un gran número de similitudes con la antigua cultura griega como la estructura y las leyes de su gobierno y la fabricación de su propio vino.
Sólo después de la II Guerra Mundial los kalash empezaron a abandonar sus pintorescos y ebrios festivales. Los adornos que las mujeres colocan en sus cabezas son similares a los utilizados por los bailarines griegos y las flautas que usan en las danzas también se encuentran en Grecia. Las sillas bajas que utilizan para sentarse no existen en ningún otro lugar del continente excepto al oeste de Turquía. Su idioma contiene muchos elementos del griego, persa y sánscrito y no es raro observar a niños rubios y de ojos claros. En la actualidad 2.500 kalash siguen resistiendo al imparable avance del islam, negándose a perder una identidad de la que se sienten muy orgullosos.
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