La Costa de los Poetas
A Valparaíso llegó Saavedra con un puñado de hombres desde El Callao. Bastó para fundar una ciudad, aunque olvidó escribir el protocolario Acta Fundacional que se estilaba por entonces. Bien mirado, el hecho ya apuntaba a que los afanes del audaz marino no pasaban por quedarse allí a ver crecer su fundación.

Panorámica de Valparaíso. / F.L.S.
Bien pronto se aventuró a cruzar el Pacífico, logrando llegar a Las Molucas. Cuantos intentos hizo de volver, resultaron baldíos: las corrientes le devolvieron obstinadamente en cada ocasión a su punto partida.
Milagrosamente, Valparaíso prosperó sin su fundador y pronto hubo que construir en los cerros porque se acabó la poca tierra plana que había junto a la playa. Desde el señorial hotel Casa Higueras, en Cerro Alegre, uno de los mejores miradores de la ciudad, contemplo docenas de lomas alfombradas de casitas de brillantes colores que se adaptan perfectamente al terreno. Hasta cuarenta y ocho promontorios se dice que rodean la pequeña bahía, todos colonizados y edificados tan prietamente que, a veces, parecen favelas y, otras, deliciosos barrios coloniales de atractivas fachadas.
Alguien dirige mi atención entonces hacia el Cerro Bellavista, señalándome un punto prominente en el que destacan los colores pastel de La Sebastiana, el picadero, me dicen, que Neruda tenía en la ciudad. Al parecer, las juergas eran épicas en aquella pequeña casa que compró a su amigo Sebastián. Hoy, aparece adecentada, ampliada, ajardinada y explotada por una Fundación que visitan con reverencia jóvenes de casi todo el mundo. Las pequeñas habitaciones permanecen con el mismo mobiliario y objetos que había en vida del poeta. Las vistas siguen siendo espectaculares desde el luminoso comedor y la alta alcoba privada.
Decido seguir al día siguiente mi peregrinaje nerudiano y acercarme a Isla Negra, el lugar que consideraba su verdadero hogar y donde solía escribir sus versos. Es un paraje tranquilo sobre un mar permanentemente embravecido. La propiedad, que suma varias construcciones de una sola planta, desciende hasta una playa rocosa, donde un busto del poeta mira imperturbable al horizonte.
Ser poeta aquí no parece mal asunto. Tradicionalmente, la vida de estos escritores ha estado más unida a las penurias económicas que al desahogo y la opulencia, pero en Chile las cosas parecen muy distintas. Cerca de la casa de Neruda, en Las Cruces, aún vive, ya muy mayor, Nicanor Parra, en una preciosa mansión ajardinada con espléndidas vistas, mientras a sólo unos kilómetros, en Cartagena, puede visitarse la casona de estilo toscano del malogrado Alfonso Couve, que se ahorcó colgándose del arambol de su propia escalera. También acabó sus días allí el más conocido en Europa Vicente Huidobro, así que casi me animo a bautizar el trecho que desciende de Isla Negra a Cartagena como la Costa de los Poetas. Sólo Gabriela Mistral vivió siempre modestamente en su Vicuña natal, en el Valle de Elqui, un milagro verde en el desierto de Atacama.