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CIEN LUGARES QUE VER ANTES DE MORIR

En los dominios de los Gitanos del Mar

En el extremo oriental de las islas Célebes, en las tranquilas aguas del golfo indonesio de Tomini, los nómadas Bajau llevan siglos dominando el mar. Su vida transcurre en frágiles embarcaciones donde nacen, se casan, reproducen y mueren. Con ellas se desplazan empujados por vientos y corrientes.

Gerardo Olivares

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Actualizado miércoles 25/03/2009 19:55 horas

Es tal su relación con el mar que cuando bajan a tierra se sienten infelices. Ellos afirman que al igual que una tortuga o un pez moriría si quedara varado en la costa, ellos sin el mar también se morirían, aquí se sienten libres. Sus orígenes siguen siendo desconocidos aunque hay antropólogos que los sitúan al sur de la península de Malasia. Pero ellos afirman que sus antepasados salieron al mar en busca de su princesa perdida.

Según esta leyenda, la princesa se estaba bañando en la orilla cuando le sorprendió una tormenta que la arrastró mar adentro. Consiguió agarrarse a unos troncos y durante semanas viajó a la deriva hasta que llegó a Célebes. Cuando los Bajau la encontraron decidieron quedarse a vivir allí. Desde entonces, un sin fin de leyendas han envuelto a estos Gitanos del Mar.

Rara vez se separan de la costa. Normalmente pasan su vida pescando cerca de los manglares y de los arrecifes de coral. Allí encuentran casi todo lo que necesitan. Los Bajau conocen infinidad de métodos para pescar, pero quizás el más curioso de todos sea la pesca con cometa. La técnica que utilizan es sencilla y muy efectiva y consiste en colgar un anzuelo de la cometa que está fabricada con la hoja de un helecho y con la ayuda de una pértiga, el pescador puede desplazar el anzuelo tan lejos como quiera.

Entre peces voladores

El balanceo de la cometa mantiene el cebo en movimiento atrayendo sobre todo a los peces voladores. Mientras filmo a Jaret pescando, me cuenta que hasta hace ocho años vivía en una pequeña embarcación. Al igual que otros muchos Bajau, él decidió formar parte de un programa gubernamental para su asentamiento y escolarización. Ahora vive junto a su mujer y cuatro hijos en un poblado de palafitos llamado Torosiaji. A las primeras familias el Gobierno intentó ubicarlas en la costa, pero ellos no se adaptaban a la tierra firme y regresaron de nuevo a sus embarcaciones.

Con la bajada de la marea, los frutos del mar están casi al alcance de la mano; es el momento de mayor actividad.

Entonces los Bajau propusieron construir el poblado encima del mar y así nació Torosiaji. Hoy es una próspera y bien organizada comunidad de 300 familias que disponen de electricidad, un pequeño dispensario, una escuela y una mezquita y cada año nuevas construcciones se suman a esta ciudad flotante. Aunque el objetivo principal del Gobierno es su asentamiento y escolarización, respetan a aquellos que han decidido seguir conservando su forma de vida tradicional y cada día varias canoas se acercan a las leppas para que los hijos de los nómadas puedan asistir a la escuela.

Con la bajada de la marea, los frutos del mar están casi al alcance de la mano, es el momento de mayor actividad. Observando las algas, ellos saben en qué día del mes se encuentran, es su calendario natural que nunca falla. Cuando las algas se abren para echar la semilla, es el tercer día del mes; entre los días 10 y 15 se vuelven a abrir; del 16 al 20 permanecen cerradas, y del 20 hasta final de mes, su color se vuelve más intenso.

Al mediodía apenas hay profundidad, es el momento que aprovechan los Bajau para peinar el fondo en busca de alimento. La base de su alimentación es el pescado y el arroz que consiguen en los mercados de la costa donde una vez en semana las mujeres se acercan para vender las capturas y conseguir bienes de primera necesidad como agua fresca.

A 15 metros de profundidad

Los Bajau también son unos magníficos buceadores que pueden permanecer más de cinco minutos debajo del agua y sumergirse hasta 15 metros de profundidad. Para aguantar tanto tiempo sin respirar, utilizan los músculos del estómago a modo de dosificador de oxígeno, con ello controlan el aire que va saliendo de los pulmones. Para bucear utilizan unas pequeñas gafas cuyos cristales están fabricados con trozos pulidos del caparazón de la tortuga carey.

Aunque parezca imposible, en una sola embarcación puede vivir una familia de hasta cinco individuos.

Al caer la tarde, las embarcaciones que han pasado el día dispersas pescando, vuelven a agruparse. Las casas flotantes aparentemente frágiles están construidas con madera del árbol Api y son tremendamente resistentes pudiendo aguantar toda una vida en el mar. Apenas si hay espacio para moverse, hasta tal punto que los más ancianos tienen atrofiadas las piernas. En popa se encuentra la cocina, en el centro las habitaciones y la despensa, y en proa el salón, y aunque parezca imposible, en una sola embarcación puede vivir una familia de cinco individuos. Pero aunque su espacio vital es muy reducido, el mundo que les rodea está en continuo cambio y movimiento, es abierto y libre.

Cuando un niño viene al mundo, su padre lo lanza al agua para que se inicie en este mundo marino. Con cuatro años ya saben manejar la leppa, y antes de los siete conocen todas las técnicas de pesca. Están tan vinculados al mar que cuando nacen reciben nombres que describen el entorno en el momento de su alumbramiento. Así encontramos nombres como pájaro que se posa sobre una palmera que se ha caído al agua; tres nubes negras en el cielo o temporal del este con viento fuerte.

Estos nómadas del mar, al igual que la inmensa mayoría de las comunidades tradicionales que habitan la Tierra, se enfrentan a inmensos y profundos cambios. Poco a poco, van desapareciendo en silencio y con ellos siglos de sabiduría, forjada y practicada a través del tiempo. Hay un proverbio Bajau que dice: Conservamos solo lo que amamos, amamos sólo lo que entendemos y entendemos sólo lo que nos han enseñado.

 
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