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El tesoro etíope mejor guardado

Al oeste del cuerno de África, protegida por las dramáticas montañas de Abisinia, las impenetrables tierras pantanosas del Nilo y el indómito valle del río Omo, hay un mundo perdido con las tribus más primitivas del continente negro: los Anuak, los Karo, los Bumi, los Surma, los Mursi...

Gerardo Olivares

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Actualizado miércoles 18/03/2009 19:58 horas

Me encontraba en Nairobi esperando a que la embajada de Etiopía nos diera los visados para entrar en su país. Aquella mañana aproveché para acercarme a una librería que hay junto al hotel Stanley y que tiene fama de poseer los mejores libros sobre África Oriental. Buscaba uno en particular, African Ark, de la americana Carol Beckwith y la australiana Angela Fisher, probablemente el mejor libro que existe sobre el Cuerno de África. Kamal, su dueño indio, así me lo confirmó: «Todo el que pasa por aquí con destino a Etiopía se lo quiere llevar, el problema es que es muy grande y pesa bastante».

Nuestro primer destino en Etiopía iba a ser el último tramo del río Omo antes de morir en el lago Turkana, un lugar remoto y aislado del que era difícil encontrar información. Beckwith y Fisher pasaron bastante tiempo fotografiando las diferentes tribus que allí se asientan y esa información era esencial para poder rodar nuestro documental.

Aun tenía dos horas antes de recoger los visados y aproveché para ojearlo tomando un café en el hotel Stanley. Apenas había encontrado fotos de los poblados del valle del Omo y lo que mostraba aquel libro parecía algo excepcional: un mundo perdido, sin duda uno de los lugares más primitivos y salvajes de África. Pero... ¿continuarían siendo esas tribus tan auténticas y fabulosas como mostraban las magníficas fotografías de Beckwith y Fisher?

Dos semanas más tarde alcanzábamos la población fronteriza de Moyale, al norte de Kenia, donde debíamos dejar a los cuatro militares que nos escoltaron desde Marsabit. Los últimos 400 kilómetros de la carretera que une Nairobi con la frontera etíope atraviesan una zona donde los viajeros suelen sufrir emboscadas a manos de bandidos somalíes. Nada más atravesar la frontera, tomamos una pista hacia el oeste que nos llevaría hacia el norte del lago Chew Bahir �antiguo lago Estefanía-. De esta zona no existen mapas detallados y nos guiábamos por el GPS siguiendo los caminos que han ido marcando los nómadas y su ganado.

Sin signos de modernidad

Conforme nos alejábamos de la pista principal buscando el curso del río Omo, los poblados eran más auténticos y primitivos. Comenzamos a cruzarnos con ganaderos de los Karo, una de las 15 tribus que se asientan a lo largo del río. Iban prácticamente desnudos, sus cuerpos aparecían cubiertos con pinturas que imitaban a la cebra o al leopardo, y en el pelo llevaban adornos fabricados con barro y plumas de avestruz. El único signo de modernidad eran los viejos fusiles de asalto Kalashnikov que colgaban de sus hombros. Para estas tribus guerreras el ganado es su única fuente de riqueza, su patrón monetario, la base de su subsistencia y su herencia cultural. La sangre de la vaca, que extraen pinchándoles las venas del cuello con una flecha, constituye, junto a la leche y la carne, su alimento básico. Cuando un Karo se casa, el progenitor debe entregarle 30 vacas y si no las tiene, las roba, así que los conflictos entre tribus son constantes.

Con las últimas luces del día alcanzamos el poblado de Turmi y decidimos montar el campamento bajo un enorme baobab. Pronto nos vimos rodeados de hombres, mujeres y niños de la tribu Bume. A diferencia de los Karo, estos adornan su cuerpo con diseños escarificados en su piel, mostrando su identidad tribal. Entre los hombres había uno que me llamó especialmente la atención, su rostro me era familiar.

El río Omo sigue siendo uno de esos lugares auténticos que todavía quedan en el mundo.

Comencé a ojear el libro African Ark rodeado de un enjambre humano. Yo iba pasando páginas y ellos pronunciando el nombre de la tribu a la que pertenecía la foto, acompañada de signos de exclamación, risas o murmullos. Al llegar a la página 261, donde aparecía el retrato de un bume con su rostro escarificado y su cabello cubierto de barro pintado de color naranja y blanco, hubo una explosión de júbilo. El hombre se acercó con los ojos como platos, curioso de observar su retrato mientras las mujeres y los niños comenzaban a bailar a su alrededor, al son de los tambores que tocaban los otros bume. Fue uno de esos momentos inolvidables que solo se pueden vivir en África.

Aguas arriba, una decena de kilómetros al norte de Turmi y en la margen izquierda del río, se asienta la tribu de los Surma, famosa por los discos de arcilla con el que las mujeres se adornan su labio inferior. Cuando una mujer Surma va a contraer matrimonio, la dote que consiga su familia dependerá en buena parte del tamaño del disco que porte.

Nada había cambiado en el río Omo desde que Ángela Fisher y Carol Beckwith lo fotografiaron hacía 5 años: continuaba siendo uno de esos lugares auténticos que todavía quedan en el mundo.

 
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