En lo más profundo del corazón de los Himalayas indios, aislado del mundo exterior, se extiende el valle de Ladakh, en cuyo interior se conserva la esencia de la espiritualidad y la cultura tibetana. De ahí que a este fabuloso enclave se le conozca también como el 'Pequeño Tíbet'.
Después de sobrevolar durante 20 minutos las cumbres nevadas de la Cordillera del Himalaya en un formidable viaje, el Airbus de Indian Airlines viró 180 grados y en un descenso brusco, aterrizó suavemente en el aeropuerto militar de Leh. A mediados de abril, los pasos de montaña siguen cerrados por la nieve y la única manera de llegar a Ladakh es por vía aérea. Nada más descender del avión, a pie de la escalerilla, observamos tres ataúdes cubiertos con la bandera india. Son las últimas víctimas de la sempiterna guerra entre este país y su vecina Pakistán por la disputada frontera de Cachemira.
El valle de Ladakh discurre por un dramático paisaje de altas montañas áridas y yermas surcadas por el río Indo. Ladakh deriva del término tibetano Ladwags, que significa el país de los pasos. En este tramo de su curso, el río desciende con fuerza en dirección norte hacia la región de Baltistán y posteriormente hacia los fértiles valles de Pakistán a través de profundas gargantas que han ido esculpiendo la fuerza de sus aguas, transformando el paisaje en un soberbio mundo de formas casi irreal.
Los pintorescos pueblos y aldeas se levantan en medio de los campos de cebada, allá donde la verticalidad del terreno les da un respiro. Los ladakhis aprovechan la más pequeña superficie de tierra cultivable y a finales de abril, cuando la primavera está a punto de aparecer, los agricultores ayudados por los yaks, preparan la tierra para sembrar la cebada.
Tanto para ellos como para los nómadas, el yak es esencial en sus vidas. El estiércol les proporciona el vital combustible para cocinar y calentar la casa en los largos y fríos inviernos; con la leche y la carne se alimentan, y de sus pieles obtienen las ropas de abrigo.
Leh es la capital del valle de Ladakh. Esta pequeña y bulliciosa ciudad de 25.000 habitantes, tradicionalmente basó su prosperidad en el comercio de té, sal, tapices y esculturas de madera, que vendían a las repúblicas de Asia Central en los bazares de Kashgar o Samarcanda. En la actualidad, Leh es un importante centro estratégico para la India. La gran presencia militar recuerda que el valle está situado a lo largo de la disputada frontera con China y Pakistán.
Buda significa 'alguien que está despierto' y es el logro de Sidharta Gautama, quien nació al sur del Nepal.
El carácter de la ciudad también ha cambiado desde que Ladakh fue abierto a los turistas en 1974. Desde entonces, se han construido mas de cien pequeños hoteles y bastantes de los comercios del principal bazar han sido convertidos en tiendas de Souvenirs. Pero en cualquier caso Leh sigue manteniendo esa atmósfera de ciudad remota y apartada que durante nueve meses al año queda aislada del mundo exterior a causa de la nieve.
En torno a uno de los chortens, los ladakhis se reúnen para dar comienzo una peregrinación. En un país tan montañoso donde apenas existen carreteras ni vehículos a motor, caminar largas distancias forma parte de la vida y visitar los lugares sagrados que salpican las rutas, puede ser una buena combinación para acumular méritos. Para la mayoría de los tibetanos su entorno natural está repleto de visiones sagradas y lugares de poder; las montañas se pueden percibir como imágenes de mandala, las rocas alcanzan dimensiones espirituales y la tierra está llena de poderes sobrenaturales.
El sentido de la peregrinación no es sólo caminar hacia un lugar sagrado y luego regresar a casa. Cubrir el recorrido mediante el chaktsal o la postración, es la mejor manera de demostrar la devoción. Estas postraciones siguen una secuencia, primero dando una palmada con las manos por encima de la cabeza, luego tocándose la frente y el corazón, más tarde inclinándose como hacen los musulmanes en sus oraciones, y finalmente tumbándose completamente en el suelo con los brazos extendidos.
El budismo, más que una religión, es una filosofía y busca erradicar el dolor inseparable de la existencia.
El budismo, más que una religión, es una filosofía o un camino. Su objetivo es erradicar el dolor inseparable de la existencia desprendiéndose de las ataduras terrestres a través de la moderación, de la renunciación y de la meditación, en definitiva, conseguir el nirvana. Este estado fue alcanzado por Buda hace 2.500 años. Buda significa alguien que está despierto y es el logro de un hombre llamado Sidharta Gautama que nació al sur del Nepal. A la edad de 35 años, tras una profunda meditación, logró un estado de iluminación y el resto de su vida la pasó viajando y diseminando su enseñanza.
Esta vida tan fuertemente apegada al budismo también se ve reflejada en los numerosos monasterios que salpican el valle, algunos situados en lugares imposibles y que se han convertido en una de las grandes atracciones turísticas del norte de la India. Nuestro destino es el monasterio de Lamayuru donde pretendemos rodar el festival anual de danzas llamadas cham, un auténtico espectáculo visual.
Desde las primeras luces de la mañana los ladakhis, llegados desde todos los rincones del valle, se van agolpando en el patio del monasterio, conocido como cham ra, o lugar para bailar. Amenizados por una musiquilla tradicional, la gente va buscando el mejor lugar para observar el espectáculo, nadie quiere perderse este gran acontecimiento tan relevante en la vida de sus ciudadanos.
Mientras tanto, en una habitación contigua los monjes danzantes ultiman los preparativos. El sonido de los clarinetes anuncia que el baile va a comenzar. El cham se introdujo en Nepal, junto con el budismo tibetano, en el siglo XVI y sus danzas representan el miedo que los budistas tienen de los demonios y de las criaturas monstruosas, aunque algunos antropólogos ven en el cham una metáfora de la conquista gradual del ego, el propósito final del budismo.
En este solemne baile que dura dos días, cada movimiento tiene un significado que representa alguna de las manifestaciones de los dioses protectores que intentan eliminar los espíritus malignos. En la mano izquierda los monjes portan un pequeño cuenco en forma de carabela con la que capturan los espíritus malignos y las fuerzas sobrenaturales y que son las causantes de los incendios, las inundaciones, las sequías, el hambre y los terremotos.
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