Los hombres de barro

Quien busque autenticidad, gentes genuinas, colores y belleza en la montaña de PNG tendrá que adentrarse en los valles remotos y huir de las escasas poblaciones que remansan un flujo creciente de jóvenes ambiciosos que llegan de sus tribus sin trabajo y sin dinero, tentados, como en el Paraíso Terrenal, por el sueño de ser como los ricos occidentales que los visitan.

Texto | Fotos: Francisco López-Seivane

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Actualizado viernes 20/03/2009 19:04 horas

Los asaro son una tribu legendaria que habita en el valle de Waghi, en las montañas de Papua Nueva Guinea, desde tiempo inmemorial. A principios del siglo XX, entraron en conflicto con otra tribu vecina y la guerra entre ambas resultó inevitable. Los asaro, menos numerosos y aguerridos, pero evidentemente mucho más astutos, dieron en fabricar unas siniestras máscaras de barro que les daban apariencia monstruosa.

Durante la noche previa al combate, prepararon sigilosamente una serie de hogueras alrededor del poblado enemigo. Al amanecer, prendieron las ramas verdes y sus guerreros surgieron, de pronto, de entre la espesa humareda con sus máscaras espeluznantes, sus cuerpos cubiertos de barro, sus arcos y sus flechas, gritando como posesos. Los adormilados enemigos, sorprendidos y asustados por aquellas extrañas figuras amenazantes, huyeron a la selva con sus mujeres e hijos, otorgando así a los asaro una sonada e incruenta victoria, que ahora conmemoran cada año.

Hay que aclarar, antes de seguir adelante, que entre las tribus de las montañas de PNG las ofensas se dirimen a la vieja usanza, sin que la policía haga gran cosa para evitarlo. Las disputas y conflictos entre tribus están a la orden del día, aunque dejan al margen a los foráneos. A menudo, se resuelven con acuerdos y compensaciones, pero nadie puede descartar una guerra tribal. Todas las tribus están armadas hasta los dientes y de vez en cuando, aquí o allá, se producen auténticas batallas campales con arcos y flechas, machetes, lanzas y escudos. Aunque ahora ya hay algunas armas de fuego, los médicos de la zona me aseguran que siguen tratando con frecuencia heridas de flecha.

En busca de los asaro

Me enteré de todo esto en Madang, mientras buceaba en las plácidas aguas del mar de Bismark. Sin arredrarme por las posibles dificultades o peligros con que mis amigos trataban de disuadirme, decidí dirigirme de inmediato al valle de Waghi, a la búsqueda de los asaro. El viaje de Madang, en la costa, a Goroka, en la montaña, no es fácil. Para empezar, en la terminal aérea te pesan en una báscula como a un cerdo, con el equipaje de mano incluido, algo muy común en los minúsculos aeropuertos locales que motean la geografía de Papua.

En muchos aeropuertos remotos del interior ni siquiera hay vuelos regulares, sino llegadas ocasionales de avionetas

Después, hay que esperar de cualquier manera la llegada, siempre incierta, de la avioneta, En muchos aeropuertos remotos del interior ni siquiera hay vuelos regulares, sino llegadas ocasionales de avionetas con cuyos pilotos hay que transar un asiento sobre la marcha. En este caso, tuve que volar primero a Lae, absurdamente mucho más lejos que mi destino, y, desde allí, retornar a Goroka, la capital de los Eastern Highlands.

La terminal del aeropuerto de Goroka (1.600 metros de altitud) es un chamizo donde a duras penas cabe media docena de personas, pero ese es el número máximo de pasajeros que suelen llegar cada día en los pequeños aviones de Airlink. Lo más llamativo, sin embargo, es que se encuentra en pleno centro de la población. De hecho, uno de los entretenimientos favoritos de sus ociosos habitantes es sentarse en el parquecito que hay a la cabecera de la pista para ver aterrizar y despegar los escasos vuelos que se posan allí.

A cámara lenta

En la montaña de Papua, uno se puede pasar la mañana mirando cómo le preparan una tortilla. No sé si será la altura, pero, de pronto, se tiene la impresión de que todo se ralentiza hasta parecer que la vida discurre a cámara lenta. Un corto paseo por el centro de Goroka basta para constatar que se está en otro mundo. Quien busque autenticidad, gentes genuinas, colores y belleza en la montaña de PNG tendrá que adentrarse en los valles remotos y huir de las escasas poblaciones que remansan un flujo creciente de jóvenes ambiciosos que llegan de sus tribus sin trabajo y sin dinero, tentados, como en el Paraíso Terrenal, por el sueño de ser como los ricos occidentales que los visitan. Por eso, en cuanto pude, puse pies en polvorosa para dirigirme al valle del Waghi, al encuentro de los asaro.

Entre la bruma del amanecer y el humo de varias hogueras, apareció de pronto en escena una serie de figuras que parecían provenir del más allá

Había quedado con Norbert, mi guía ocasional, en salir «por la mañana». A las cinco en punto ya estaba aporreando la puerta de mi habitación. Nos pusimos prontamente en marcha y llegamos a la aldea de Asaro cuando asomaba el sol. Valió la pena el madrugón porque entre la bruma del amanecer y el humo de varias hogueras, aparecieron de pronto en escena una serie de figuras que parecían provenir del más allá. Estos guerreros cubiertos de barro gris y con unas monstruosas máscaras de arcilla sobre sus cabezas conmemoraban cada año su gran victoria sobre una tribu rival que vivía unos 20 kilómetros aguas abajo del río Asod.

Los hechos ocurrieron poco antes de la llegada del hombre blanco. Los asaro decidieron utilizar el miedo y la sorpresa en aquella batalla y atacaron al amanecer, ocultos tras sus máscaras y envueltos en el humo de numerosas hogueras. La estratagema, como queda dicho más arriba, dio resultado y sus enemigos quedaron paralizados por el miedo antes de huir despavoridos a la selva.

Aquella fue una victoria legendaria que ha quedado en los anales de ese pueblo como un timbre de orgullo y una referencia histórica de primer orden. Con motivo de mi visita, y gracias a las buenas gestiones de Norbert, un grupo de guerreros se avino a representar la gesta para Ocholeguas, con sus máscaras, disfraces y hogueras. Aquí tienen el testimonio gráfico de tan singular celebración. ¡Que ustedes lo disfruten!

 
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