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La Alberca, tierra de viandas

Escondida a los pies de la imponente Sierra de Francia y a pocos kilómetros del frondoso valle de Las Batuecas, entre pinturas rupestres, berracos de piedra y castillos primitivos, asoma una localidad salmantina que deslumbra por su belleza arquitectónica.

Jorge Barreno

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Actualizado lunes 13/04/2009 19:46 horas

Tierra de viandas, de jamón de bellota, de vacas pastoras y de ranas universitarias. Salamanca y sus alrededores deslumbran por su comida, por su sabor y sobre todo, por su belleza. A medio camino entre la Sierra de Béjar y la Sierra de Gata, una abrupta línea de rocas, berracos y pueblos que datan del neolítico dibuja el límite meridional de la provincia, separando las dos mesetas. Nos hallamos en la Sierra de Francia, últimas estribaciones del Sistema Central.

Hace ya muchos años que los primeros moradores convirtieron las cuevas de Valero, Herguijuela de la Sierra o Cereceda en improvisadas galerías de arte. Cuando los tiempos avanzaron un poco, y antes de que los romanos conquistaran Iberia, los dólmenes y los pequeños castros familiares fueron expandiéndose por aquí y por allá. En la Edad Media, la Sierra de Francia sirvió como refugio a moriscos y a judíos expulsados, hasta que el rey Alfonso IX decidió repoblar estos territorios, fundando bellos asentamientos de piedra como La Alberca, Miranda del Castañar o Sotoserrano.

Hoy, las altas cumbres y los encerrados valles esconden entre sus escarpadas laderas graníticas manadas de ciervos, corzos, cabras montés, linces ibéricos, cigüeñas negras, águilas reales, alimoches y buitres negros. Pero en las montañas serranas hay otro animal muy apreciado, tanto dentro como fuera de la comarca, el cerdo ibérico.

Entre villa pirenaica y localidad vasca

A aproximadamente 80 kilómetros de Salamanca, a un paso de la Peña de Francia, se sitúa La Alberca, un bello pueblo montañés mezcla de villa pirenaica y de localidad vasca. En 1940, la villa fue nombrada Conjunto Histórico Nacional, convirtiéndose en el primer pueblo de España que recibía tal denominación. La razón fue la particular ordenación y construcción de sus viviendas, que confieren a la comarca una personalidad propia.

La Alberca goza de una equilibrada conjunción arquitectónica, con influencias mudéjares y judaicas.

Soportales enraizados unos con otros; utilización de adobe, de teja, de piedra y de madera; fachadas entramadas con vigas de madera a la vista. Una equilibrada conjunción arquitectónica, con influencias mudéjares y judaicas, que dota a La Alberca de angostas calles, pequeñas callejas y callejones sin salida. Y folclore, trajes charros, bailes serranos, caballos y burritos con trajes de colores. ¿A qué viene tanto disfraz? Cada 17 de enero se celebra San Antón, y se rifa el marrano que los albercanos llevan cuidando meses.

Cuenta la leyenda que después de que los Reyes Católicos expulsaran a los judíos, los que se quedaron y se convirtieron a la fe cristiana tenían que agradar a los católicos para que no los echaran a la hoguera. Los judíos de La Alberca decidieron que cada año criarían un cerdo y lo donarían a la Iglesia. Nació así la rifa del marrano de San Antón. Este año, hubo una degustación colectiva en la Plaza Mayor. Se repartieron 100 kilos de chichas, 100 de chorizo asado, 50 kilos de hígado, 50 de corazones, 25 de panceta, 25 de costilla, 200 kilos de patatas meneas, 10 cántaros de vino (160 litros) y 90 panes.

La fiesta del marrano

«Hay que comer poco y del cerdo todo», comentó Florencio Sanchidrián, el mejor cortador de jamón del mundo, presente durante esta edición en la rifa. «Este año seguro que indultan al animal. Es dócil como un perrito. Está acostumbrado a la gente y va de aquí por allí como si conociera a todos los vecinos», manifestaba también Rafael Ansón, presidente de la Academia Española de Gastronomía, que llegó a la Sierra de Francia hace 40 años para dotar de electricidad, agua corriente y teléfono a estos inhóspitos rincones de la Península.

Corría 1434 cuando el francés Simón Roldán, después de pasar por La Alberca y pegarse un pantagruélico festín, ascendió a la cima de la cercana Peña de Francia para bajar unas cuantas calorías. Cuál fue su sorpresa al encontrarse en el altozano a una Virgen de color, culpable de que la montaña se convirtiera en un lugar santo de Castilla y de todo el Reino. Pocos años más tarde, y un poco más cerca del cielo, los Dominicos levantaron allí una primera ermita, que pronto se convirtió en un convento-hospedería-iglesia.

En el valle de Las Batuecas vivía un pueblo que no mantenía contacto con la civilización ya en el siglo XVII.

Las vistas desde el santuario son sobrecogedoras. A 1.700 metros, medio kilómetro por encima de la dehesa charra, se divisa casi la totalidad de Salamanca: desde la Sierra de Béjar hasta Las Batuecas, pasando por el campo charro. El entorno está declarado Parque Natural. Al sur, donde la cadena de montañas castellanas se confunde con las Hurdes, se esconde el valle de Las Batuecas. La leyenda dice que estaba habitado por un pueblo que no mantenía contacto con la civilización ya entrado el siglo XVII, cuando se asentó una comunidad de carmelitas.

Acompañando al monasterio, los monjes levantaron una veintena de ermitas, de las que todavía hoy quedan unas pocas desperdigadas. La desamortización de Mendizábal supuso el abandono de las instalaciones y su deterioro, pasando las dependencias y tierras de mano en mano; incluso fueron propiedad del cineasta Luis Buñuel, quien las convirtió en escenario natural de alguna de sus películas. Merece la pena dar un paseo por este entorno, donde ya, el Lazarillo de Tormes, degustaba con placer las viandas derivadas del marrano. Y si tenemos suerte, a lo mejor volvemos a casa con uno más en la familia, con el cerdo de San Antón.

 
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