La región colombiana integrada por tres pequeños departamentos (Caldas, Quindío y Risaralda), incrustados en la Cordillera Central andina, disfruta todo el año de una primavera templada, un paisaje de infinitas tonalidades verdes y unas haciendas cafeteras hechas para agradar.
Tiene el clima del paraíso, una vegetación exuberante y haciendas cafeteras transformadas en hospedajes estupendos. El Eje Cafetero, región integrada por tres pequeños departamentos de Colombia, Caldas, Quindío y Risaralda, incrustados en la Cordillera Central andina, disfruta todo el año de una primavera templada y un paisaje de infinitas tonalidades verdes.
Poder alojarse en las fincas se lo debemos a una de las tantas crisis que sufrió el comercio del café, un producto cuyo origen se remonta al siglo XVI. Los propietarios, con frecuencia hijos, nietos o bisnietos de antiguos cafeteros, optaron por saltar al mundo del turismo para salvar la herencia familiar y seguir atados a las tierras que tanto aman.
Durante varias décadas del siglo pasado, cuando la bebida favorita de Beethoven -«Había que emplear exactísimamente sesenta granos para preparar su taza, ni uno más, ni uno menos»- era una de las materias primas más cotizadas del planeta, los cultivadores se convirtieron en ricos hacendados e hicieron de su región una de las más prósperas de Colombia.
Los cultivadores convertidos en ricos hacendados hicieron de su región una de las más prósperas de Colombia.
Mandaban traer los muebles por catálogo desde Europa, hacían viajes por el Viejo Continente que duraban meses, enviaban a sus retoños a estudiar al extranjero... Pero nunca abandonaban el terruño para instalarse lejos, ya que preferían embellecer sus casas aunque con mentalidad campesina, la que huye de las extravagancias.
Hoy en día, unas haciendas siguen dedicadas al café mientras otras emigraron al banano, la yuca, los guaduales, la caña de azúcar, pero todas conservan el mismo aroma y la arquitectura que trajeron consigo los primeros colonos, procedentes del vecino Antioquia. Casas alegres, luminosas, con las celosías, los amplios corredores, las columnas y los ventanales pintados de colores vivos, rodeados de plantas exóticas y árboles frondosos, a las que añadieron piscina para que el viajante pueda sacudirse el calor, nunca agobiante, de las horas centrales del día.
Algunas no tienen más de tres o cuatro habitaciones, perfecto para aislarse de las masas. Sirven desayunos pantagruélicos típicos, con gran variedad de frutas tropicales que recogen en la zona como guayabas, pitahayas, guanábanas, piñas, uchuvas o granadillas, además de arepas, chicharrones, queso fresco, frijoles cocinados en leña para el que tenga estómago grueso... Todo aderezado con una calidez innata, un hondo sentido de la hospitalidad que no sólo no pierden con el paso de los años, sino que acrecientan porque les sale de las entrañas.
Una de las mejores opciones para bajar la comida es recorrer a caballo los caminos entre árboles, riachuelos y guaduales.
Una de las mejores opciones para bajar la comida tempranera es recorrer a lomos de caballo los caminos entre árboles, riachuelos y guaduales o llegar hasta el Valle del Cocora, hogar de la palma de cera, el árbol nacional colombiano; visitar cafetales para conocer el proceso de escoger los granos a mano, uno a uno, algo único en el mundo, así como recorrer algunos pueblitos.
Y en cuanto suenen las tripas, vuelta a la hacienda a devorar un asado, probar el excelente ron local y hacer la digestión balanceándose en una hamaca. Lo bueno para los que aborrecen la ajetreada vida del turista es que hay poco que hacer y mucho para disfrutar en el Eje Cafetero.
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