Los bolivianos presumen de pertenecer al único país en el mundo que, aun sin tener mar, posee armada naval. El culpable es el Titicaca, un enorme lago dividido entre dos estados, que ha sido la cuna de civilizaciones milenarias.
En poco más de un día habíamos pasado de las calurosas y húmedas selvas del Amazonas a las secas y frías tierras del altiplano boliviano. A más de 3.800 metros de altura, nuestras cabezas parecían estallar y los mareos y vómitos eran continuos. Aquella noche de Reyes fue una de las peores que recuerdo en nuestro viaje desde Alaska a la Tierra del Fuego. El mal de altura puede ser mortal y su única cura es descender a una altitud más baja. Nosotros habíamos optado por aguantar.
Alcanzamos Huatajata ya bien entrada la noche y decidimos parar a dormir a las afueras del pueblo. No podíamos ver el lago, pero el rumor de sus olas nos revelaba que estábamos bien cerca de la orilla. A la mañana siguiente, muy temprano, salí del camión a trompicones para vomitar por enésima vez. Justo en ese instante, al levantar la mirada, el sol comenzaba a asomar por detrás de las cumbres nevadas de los Andes y, a sus pies, las plácidas aguas de un intenso azul zafiro se perdían en la distancia como un mar de infinitos horizontes. Era uno de los paisajes más sobrecogedores que jamás haya contemplado. Mientras me agarraba el estómago intentando vomitar nada, me acordé de una frase que escribió el almirante Richard E. Bird: «La naturaleza tiene buenas razones para exigir sacrificios especiales a aquellas personas decididas a contemplarla».
Las plácidas aguas azul zafiro formaban uno de los paisajes más sobrecogedores que jamás haya contemplado.
Nuestro destino es Suriqui, el hogar de los indios Uru, quienes se refugiaron en el lago durante el reinado de los incas. En esta pequeña isla vive Paulino Esteban, un hombre que fue clave en las expediciones del navegante y científico noruego Thor Heyerdahl, quien invirtió gran parte de su vida en demostrar que los primeros pobladores de la Polinesia llegaron por mar desde las lejanas costas de Sudamérica, atravesando el océano Pacífico. Las expediciones del noruego a bordo de grandes balsas de totora construidas por Paulino Esteban demostraron que los antiguos aborígenes americanos fueron grandes navegantes, y que dominaron los océanos mucho antes que los vikingos o que los portugueses y españoles.
El artífice de toda esta revolución científica en la historia de las migraciones es un junco llamado totora y que solamente nace en las orillas del lago Titicaca. Con ella, los indios Uru fabrican casas, vestidos, balsas y hasta islas flotantes que conforman una de las mayores atracciones turísticas del lago. «Comencé a construir balsas a los 12 años gracias a mi abuelo que me enseñó, porque mi padre murió en la guerra entre Paraguay y Bolivia», nos cuenta Paulino, quien nos recibe al pie del embarcadero junto a su esposa y 14 de sus 20 nietos. De su cuello cuelga una bolsita con hojas de coca, indispensable en la vida de los pobladores del altiplano.
Los conquistadores españoles despreciaron la utilidad de estas hojas, pero pronto se dieron cuenta de que los indios no podían vivir ni trabajar sin ellas. Cien gramos de hoja de coca les proporcionan más de 300 calorías, 18 gramos de proteína, hidratos de carbono y las concentraciones de calcio, hierro y vitaminas A, E y C recomendadas por la OMNS, la Organización Mundial de la Salud.
Paulino nos invita a visitar el pequeño museo que ha construido en la isla. Allí se pueden apreciar, entre fotos junto a ilustres mandatarios, las maquetas de las balsas que construyó para Heyerdahl, como la Tigris y la Ra II con las que el noruego navegó desde Irak hasta Etiopía, o desde Marruecos hasta las Islas Barbados.
En el Titicaca todavía existen unas 40 islas flotantes ancladas con postes de madera hundidos en el lecho del lago. Las más grandes albergan a unas 30 familias que viven principalmente de la pesca y del turismo. Las islas pueden durar hasta 30 años, pero siempre hay que estar añadiendo juncos nuevos porque la totora se pudre con mucha rapidez. «Lo que aprendes de esta gente es que el hombre es capaz de adaptarse a cualquier medio. Los uros llevamos viviendo aquí desde hace siglos y estamos orgullosos de lo que hemos conseguido: crear nuestro propio hábitat», me cuenta Paulino.
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