Navegando por el Edén

Aguas cristalinas bañando islotes de postal. Calles sin asfaltar. Flores que adornan cabezas y cuellos en hombres y mujeres... Las Islas de la Sociedad, bañadas por el Pacífico Sur, invitan a ser recorridas a bordo de un catamarán entre sus motus y lagoon.

Pedro Madera

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Actualizado viernes 13/02/2009 17:48 horas

Dormir en el barco ha sido una perfecta toma de contacto con la isla. La pequeña marina de Raiatea es un lugar privilegiado, al abrigo del viento y rodeado de montañas y con todo el encanto de la Polinesia Francesa. Las escenas son idílicas. El río que sale de entre los árboles de una frondosa selva. Los niños desnudos bañándose, mujeres pescando desde el muelle y flores flotando en las tranquilas aguas. Cocos, mangos y plátanos apilados en las entradas de las casas escondidas entre una tupida vegetación, de la que sólo sobresalen las esbeltas palmeras. Aunque la travesía desde Huahine ha tenido buen viento, siempre es agradable hacer noche cerca de la costa, tomar una cerveza en tierra y ver el ritmo cotidiano entre la población local.

La postal perfecta debe ser algo parecido a nuestro entorno. Por unas pocas monedas llevamos una docena de gigantescos cocos hasta nuestro barco. Solo la necesidad de comprar una generosa cantidad de víveres nos obliga a llegar hasta Utoroa, que dicen que es la segunda ciudad de Polinesia. Por suerte, aquí todavía el progreso es relativo. Las calles están sin asfaltar. Las flores adornan cabezas y cuellos en hombres y mujeres como algo cotidiano.

En todos los viajes en barco hay una extraña energía que nos anima a seguir la ruta. Un generoso desayuno cuando nos alejamos de la costa de Raiatea, camino de Bora Bora, te ayuda a valorar mejor la belleza del entorno. La tierra surge del mar como un poderoso bloque esmeralda. Verde, muy verde, como queriendo reivindicar su existencia en los Mares del Sur.

Navegar, pescar y disfrutar del mar

Un día de navegación en Haamene por la mañana o en Hurepiti para el atardecer son una buena excusa para navegar, pescar y disfrutar del mar. Por el paso de Toahotu se puede salir del lagoon e ir a Hiravaru, a la izquierda tenemos Tahaa, con el mítico Taravana Yatch Club. Viento de 9 nudos, la nube perfecta para polarizar la foto y cocina sencilla entre baño y baño. ¿Quién da más? Incluso el nombre de Bora-Bora no parece un reclamo suficiente. Navegar por el sur de Tahaa, por dentro del lagoon buscando un paso hacia el oeste de Tahaaa transmite una extraña placidez, compartida por la media docena de barcos que navegan en la zona.

A pesar del tópico, llegar a Bora-Bora en barco tiene algo de obligado. La entrada al lagoon es espectacular, la costa está repleta de palmeras que majestuosas se alzan en varias filas. Detrás se esconde la montaña mágica, la cima borrada por las nubes dibuja el perfil de un guerrero mahorí descansando, como cuenta la leyenda. Varios veleros parecen pegados sobre esta gigantesca piscina de aguas cristalinas. Solo la superpoblación de honeymooners echando carreras en motos de agua rompen lo idílico de la escena. Fondeo, baño, paseo por la playa y visita a las rayas que parecen una pieza más del parque temático. La cena está a la altura, incluso la penosa calidad del vino italiano se puede perdonar con la visión del atardecer.

Cuando sale el sol partimos hacia el pueblecito de Vaitape, capital de Bora-Bora. Como es domingo, se ve poca gente en la calle. Siempre hay puestos de frutas improvisados debajo de los árboles donde venden bananas, un tubérculo con forma de antorcha que se le conoce como taro y otras frutas.

De compras antes de navegar

Todo es tan sencillo que anima a comprar, antes de iniciar la navegación por el interior del lagoon, hacia el barlovento de la isla. Toda una sucesión de motus o islotes nos van marcando la navegación. Mute, Teveiroa, Ome... son todos motus repletos de palmeras con playas de arena blanquísima. El paso por el lagoon está balizado: las balizas rojas están pegadas a tierra, las verdes hacia el lagoon. El sistema para entrar y salir de los lagoon es igual que en Europa.

Aquí hay poco fondo. Navegamos por una pista de papel de plata. Hacemos snorkel en frente de uno de esos hoteles construidos sobre troncos. Pero aquí el verdadero lujo está en el agua, en nadar en un bosque de corales. Miles de formas y colores, árboles y flores del mar, blancos, lilas, amarillos, verdes, peces ballesta, globo, mariposas, almejas gigantes con la carne verde brillante que se cierran al acercarnos, trompetas y dos rémoras solitarias. No vemos las típicas mantas enormes pero sí alguna raya pequeña.

La vida en tierra parece una anécdota. El pueblo queda a unos dos kilómetros caminando por la única carretera asfaltada que tiene la isla. Uno espera ver a los nativos en pareo, con flores en la cabeza y collares de flores tal como Gauguin los inmortalizó, la realidad es más occidental y simplemente están conduciendo sus modernas rancheras y vestidos a la occidental. Bares para turistas, tiendas para consumistas insaciables y una sensación de desencanto contenida.

Realmente, la vida está en el mar. En esa enorme manta que nada cerca del barco, en los miles de peces de colores pequeños que parecen formar un collage en el mar turquesa y en ese tiburón que acompaña a un grupo de rémoras. La belleza esta a pocos centímetros del barco. Abandonados en la belleza de una marea que no lleva a ninguna parte.

 
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