Hay quien teme aventurarse por la cordillera del Rif, no sólo por la dificultad que presentan sus serpenteantes y vertiginosas carreteras, sino porque supone adentrarse en el lado oscuro de Marruecos. Sin embargo, los paisajes que se descubren, los pueblos que te reciben y la experiencia que se vive a lo largo de esta carretera regalan una inolvidable experiencia. Ésta es la de una ruta que va de Nador a Tánger 'on the road'.
De Almería salen cada día varios barcos que arriban al puerto de Nador. Nador, a 13 kilómetros de Melilla, es un centro de negocios y una de las puertas de Marruecos abierta a este lado del Mediterráneo. Una ciudad extensa de casas de cal blancas, calles por las que circula un tráfico insufrible, bicicletas, gente caminando como sin rumbo... Nador al amanecer está viva. Los panaderos llegan con los maleteros de sus coches repletos de panes maravillosos, los puestecitos de zumos de naranja se colocan en cualquier esquina de la ciudad y los cafés comienzan a despedir sus primeros aromas a hierbabuena. Aquí comienza la aventura, el camino hacia el Rif.
Carretera N15. Dirección Alhucemas. Los primeros kilómetros del Rif comienzan a darnos una idea de la irregular carretera que nos espera a lo largo del viaje. En la mayor parte del trayecto, la imagen desde el coche es de un paisaje árido, entrecortado por una pista de asfalto zigzagueante por la que se circula a gran velocidad. En este primer tramo descubres que por el Rif se precisa entender unas normas especiales de conducción que distan bastante de respetar señalizaciones, velocidad o tramos de adelantamiento. Pero esa tensión también contribuye a la magia de este rincón de Marruecos.
Así se llega a Alhucemas. Es casi obligatorio bajar a cualquiera de sus playas y darse un baño, porque será de las pocas horas de mar y playa que se tendrá en este viaje por el Rif. Alhucemas es una bahía con historia militar, aún se puede ver el cuartel español (de 1920) al otro lado de la costa. Hoy es una ciudad tranquila, un tanto moderna, que durante los meses de verano se llena de marroquíes en busca de sol y paz.
Cuando se toma de nuevo la carretera para continuar el trayecto de la cordillera del Rif es entonces cuando hay que aumentar la atención y la precaución. De Alhucemas a Ketama y de aquí a Chefchaouén el camino no solo es más angosto y las carreteras más serpenteantes y estrechas, sino que es habitual encontrar, cuando menos te lo esperas, gente queriendo venderte hachis a pie de calle.
Pero el paisaje es de lo más bello y excitante de todo el viaje. Entre curvas se llega a Ketama. Tiempo atrás fue una ciudad de montaña repleta de bohemios y hippies, hoy muestra con bastante destartalo su pasado y se presenta ante el viajero como una desconfiada ciudad. Es el corazón del kif (hachís) con lo que no puede extrañarnos que al llegar a Ketama el primer recibimiento es vendernos hachís y, cuando intentemos volver a nuestra carretera para ir a uno de los más bellos pueblos del Rif (Chefchaouén), es posible que nos persigan uno o dos coches que lo único que quieren es vendernos kif.
Puede que los primeros kilómetros se viva esa pequeña persecución, mejor no parar, aunque a cada metro te encuentres a alguien que intente hacerlo. En poco tiempo desistirán y se podrá de nuevo disfrutar con calma del trayecto. Si no se ha calmado la adrelanina es una buena idea parar en Ouezzane para tomar un té. Tiene una pequeña medina y un barrio judío que bien merecen una visita. O desviarse un poco más y abandonarse unos días a la belleza de Fez. No hay ciudad ni medina como la Fez. Es un edén de locura, modernidad y belleza en pleno corazón de Marruecos. Uno de esos lugares en el mundo que hay que visitar y disfrutar al menos una vez en la vida.
Pero siguiendo la carretera del Rif se llega a otro enclave mágico del país, Chefchauoén o Xauén. Un cautivador pueblo o un oasis azulado de casitas apretujadas en un valle. Es una ciudad tranquila, adorada por artistas e intelectuales (Paul Bowles solía visitarla), que invita a pasear por sus callejuelgas, a tomarse un té durante la puesta de sol en alguna de sus plazas (Makhze o en la Uta el-Hamman) o disfrutar de sus hammam, son de lo más auténtico.
Tiene una hermosa medina y una Gran Mezquita, unas murallas protectoras, fueron restaurada en el siglo XVII para defender la ciudad de las tribus bereberes y de los españoles, y una vida nocturna de lo más animado. De Xauén se pasa por Tetuán, aunque suele ser una ciudad de paso para la gran mayoría de los viajeros, merece la pena pasearse por su medina, corazón histórico. Fue declarda Patrimonio Universal por la UNESCO.
Este viaje por el Rif termina en Tánger. Su aspecto destartalado muestra la próspera ciudad que fue. Tiene un halo nostálgico y lánguido que cautiva y una medina para perderse durante días. Es una ciudad moderna, con el pasado de su Protectorado español aún latente en la estructura de alguno de sus edificios, mercados fastuosos y laderas que miran al otro lado, a la costa española.
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