Muy al sur, allá donde los océanos Atlántico y Pacífico se abrazan, hay una tierra virgen y de una belleza sobrecogedora a la que Magallanes bautizó como la Tierra del Fuego. Es el Shangrilá de los confines del mundo, uno de los rincones más soberbios del Hemisferio Sur.
Llevamos once días anclados al norte de Cabo de Hornos, en una caleta de la isla Freycinet esperando a que el temporal nos dé un respiro para intentar la travesía a la Antártida. Nos encontramos a bordo del Ksar, un velero de doce metros propiedad de Jean Paul Bassaguet, un experto navegante que durante diez años capitaneó el famoso buque oceanográfico Calipso del Comandante Cousteau.
A primeros de febrero el otoño está entrando en estas tierras australes y los vientos huracanados del Pasaje de Drake son constantes. Jean Paul está preocupado, conoce muy bien estos mares y sabe que una galerna en plena travesía puede significar la muerte. «No silbes que atraes al viento» me decía frecuentemente. A la mañana siguiente el viento del sur roló a nordeste, limpió el cielo de nubes y calmó la mar. Era nuestra última oportunidad, así que Jean Paul decidió levar anclas, izar velas y aventurarnos a los Furiosos Cincuenta.
Los únicos que disfrutan de estas condiciones adversas son los albatros, un ave que lleva el alma de los marinos muertos.
Tres días más tarde, cuando ya llevábamos recorridas 120 millas náuticas, decidimos acabar con la pesadilla. Viramos 180º rumbo norte buscando el refugio de la Isla de los Estados. No queríamos engrosar la lista de los más de 800 naufragios registrados en el Drake. Estábamos agotados por la falta de sueño y por el esfuerzo de luchar contra vientos de 70 nudos y con olas de más de diez metros. Los únicos que realmente disfrutan de estas condiciones meteorológicas son los albatros, un ave que, según la tradición, lleva el alma de los marinos muertos.
Si así son los Furiosos Cincuenta ¿Cómo serían los Chillones Sesenta? Este contratiempo nos iba a brindar la oportunidad de conocer un rincón del continente americano tan fascinante como la Antártida: los canales fueguinos. Durante dos semanas navegaríamos por el Canal de Beagle siguiendo la estela del barco que da nombre al canal y con el que Charles Darwin hizo su famoso viaje.
Con mayor número de glaciares que en Alaska y con más fiordos que en las costas de Noruega, Dinamarca y Suecia juntas, los canales fueguinos conforman un reducto de naturaleza salvaje que todavía no ha sido alterada por la mano del hombre. Protegidos del viento por la cordillera Darwin, navegamos hacia el oeste empujados por una suave brisa. El mar está en calma y sólo nos tenemos que preocupar de esquivar los témpanos de hielo desprendidos de los ventisqueros que descienden por las laderas de unas montañas que caen directamente al mar, desde más de tres mil metros de altitud.
Es un paisaje emocionante y de una calma absoluta que disfrutamos con la fascinación que debió sentir Darwin.
En proa, un grupo de delfines nos acompaña en la navegación dando espectaculares saltos y rozando peligrosamente la punta de nuestro barco. A ambos lados del canal, colonias de pingüinos y de leones marinos nos observan indiferentes mientras en el cielo, una pareja de cóndores sobrevuela las cumbres de nieves perpetuas. Después de la pesadilla del Drake, siento que nos estamos adentrando en el paraíso. Es un paisaje emocionante rodeado de una calma absoluta que disfrutamos con la misma fascinación que debió sentir Charles Darwin en 1832.
Cuando en 1520 Magallanes descubrió este paso permitiéndole circunnavegar la tierra, las hogueras que divisó en la costa donde se asentaban los indios yahganes, alacalufes, haush y onas, fueron las que inspiraron al navegante portugués para bautizar este lugar como la Tierra de Fuego. De aquellos primeros pobladores aún quedan interesantes vestigios guardados para el disfrute de sus visitantes en el museo Martin Gusinde de Puerto Williams, la ciudad más austral del mundo.
El otoño en estas latitudes es tan corto que a principios de Marzo ya comienza a sentirse el invierno. La temperatura desciende bruscamente y a nosotros nos toca regresar a Ushuaia, la ciudad desde donde comenzamos esta aventura. De nuevo viajamos en la seguridad y la estabilidad de nuestro camión y por primera vez en más de un año, ponemos rumbo al norte, hacia la ciudad de Santiago de Chile.
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