Hojarasca en los Valles Pasiegos

Una Cantabria de manual, de tópicos y folletos en los que reinan los tonos verdes. Los Valles Pasiegos siguen siendo parajes de vocación discreta, alejados de las estridencias turísticas y con un bagaje socio-cultural tan particular como estimulante.

Texto y fotos: Gontzal Largo

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Actualizado jueves 01/04/2010 14:31 horas

Años atrás, cuando había caminos en vez de carreteras, estas vaguadas pertenecían al llamado Norte Profundo. El tiempo ha pasado y las comunicaciones han mejorado. He aquí ocho propuestas para saltar de un valle a otro, entre cabañas y sobaos pasiegos, entre glaciares y museos etnográficos.

1. A saber.

Tres son los valles pasiegos. Roban sus nombres a los tres ríos que vertebran el territorio: el Pas, el Pisueña y el Miera. Es en torno a éstos donde nacieron las principales localidades -Puente Viesgo, Selaya o Liérganes- y todo un abanico de villas pasiegas, entre las que destacan las históricas como Vega de Pas, San Pedro del Romeral y San Roque de Riomiera. Más allá de las vaguadas, en las montañas, colinas y oteros que salpican el territorio existe todo un ejército de cabañas pasiegas que recuerdan la que fue, durante siglos, seña de identidad de este rincón cántabro: una ganadería sacrificada y trashumante. No fue hasta el siglo XVII cuando aquellas comunidades de pastores comenzaron agruparse en tímidas poblaciones, orquestadas alrededor de una iglesia, como en el caso de Nuestra Señora de la Vega, en San Roque.

2. Cabañales y Caminos.

El paisaje que vemos, inundado de cabañas solitarias y brañas fue esbozado por los ganaderos pasiegos que, según la estación, iban de la ceca a la meca con animales, enseres y casa a cuestas. Así, un forma idónea de conocer los valles es aparcar el coche, pisar pastizal y barro y acceder hasta los cabañales de Yera, Pandillo o Aguasal -en Vega de Pas- o Pisueña -en Selaya- que no acostumbran a salir en los grandes mapas. Un completo folleto editado por el Ayuntamiento de Selaya recoge media docena de itinerarios para conocer su reverso más agreste. Para saber algo más de la teoría pasiega, hay que acercarse al Museo de las Tres Villas Pasiegas, emplazado junto a la entrada de Vega del Pas, dónde se muestran hábitos, enseres e historias sobre los ganaderos del valle.

3. La Virgen y las Amas de Cría.

Pocos kilómetros al este de Selaya, en un formidable y silencioso paraje, se levanta el Santuario de Nuestra Señora de Valvanuz. El templo esconde en su interior una talla de la Virgen del siglo XIII que se apareció a un pastorcillo siglos atrás. Muy cerca del Santuario puede hallarse la fuente de agua que, cuenta la leyenda mariana, hizo brotar la Virgen para vencer el escepticismo del pasiego. Más allá del idílico marco en el que se encuentra el santuario -una campa que invita a la tregua y al ocio-, merece la pena adentrarse en los dominios del edificio aledaño, la Casa de la Beata para conocer la atractiva historia de las Amas de Cría pasiegas. Un audiovisual y una mimada exposición -elaborada en base a fotografías, objetos recuerdos donados por los descendientes- recoge la historia de aquellas jóvenes mujeres pasiegas que, tras amamantar a sus hijos, marcharon a las grandes ciudades para rentabilizar la leche sobrante de sus pechos.

4. Aguas y cuevas.

Puente Viesgo saltó a la palestra hace unos años, al ser elegida por la Selección Española de Fútbol como lugar de retiro y concentración. Se alojaron en el Balneario Puente Viesgo, unas renovadas y modernas instalaciones con espacio termolúdico y circuito de saunas, ideal para que cuerpo y mente desconecten de la realidad circundante. Treinta siglos antes de que los futbolistas aterrizaran en la cabeza del valle del Pas, en tiempos paleolíticos, el ser humano ya captó las bondades del lugar instalándose en las entrañas del monte Castillo, vecino y visible desde la localidad. La montaña tiene porte de fortaleza y pose altiva -de ahí su nombre- y esconde en su circuito de cuevas una de las colecciones de arte rupestre más importantes de aquella época -el Paleolítico Superior, entre 30.000 y 10.000 años de antigüedad- compitiendo en belleza con las de Altamira. Es en la covacha del Castillo donde se hallan, aparte de representaciones de ciervas, mamuts o esbeltos bisontes, las curiosas manos en negativo.

5. La patria del hombre pez.

Liérganes es la más popular localidad del valle del Miera, un coqueto enclave en el que se dan la mano varios mundos. Por un lado, el rural y el nobiliario, con una curiosa mezcla de casonas populares y montañesas con edificios de piedra hidalga y gigantescos escudos. Por otro, Liérganes albergó desde el siglo XVII una importante industria armamentística que surtió de cañones y munición a no pocas guerras. Luego, en el XIX, el balneario tomó el relevo y se convirtió en lugar de reposo para los reyes que subían al norte, en pos de las aguas y olas de Santander. Hoy en día, este pueblito apacible y amable se puede recorrer de cabo a rabo si se persigue el rastro de su puente de piedra, la iglesia de San Sebastián sita en un altozano o la llamada Casa de los Cañones, con varias piezas emergidas de los hornos de Liérganes.

Pero si hay una razón por la que el nombre de Liérganes ha trascendido allende las fronteras cántabras es por esa leyenda del siglo XVII que habla de un vecino de la localidad que, un día, cayó en las aguas del Cantábrico para aparecer, poco después, en las costas de Cádiz, con el cuerpo cubierto de escamas y emitiendo sonidos muy poco humanos. Tal y como reza -muy cautamente- uno de los dos monumentos que recuerdan su figura: «Su proeza atravesando el océano del norte al sur de España, si no fue verdad, mereció serlo». El Hombre Pez de Liérganes cuenta, además, con una calle en su honor, un restaurante y hasta una Escuela Municipal de educación infantil.

6. Una de románico, otra de barroco.

Más allá de los pueblos, los valles pasiegos tienen, aquí y allá, una serie de monumentos que navegan en soledad, ajenos a las grandes concentraciones. La colegiata de Santa María, situada en Castañeda, es uno de ellos: románico puro -su construcción fue tan veloz que no se contaminó de nuevas modas-, varado junto al cementerio del discreto pueblo, el templo cuenta con algunas de las piezas escultóricas más estimulantes del medievo cántabro. Quién dé, en sus capiteles, con las representaciones de Adán y Eva, las águilas que estrujan presas con sus garras o la lucha de Sansón contra el león, sabrá de lo que hablamos. En la cabecera del Miera, el Palacio del Elsedo es también profeta de su tiempo -el barroco más barroco del siglo XVIII- y otro ejemplo de otra mole de piedra varada en el valle. Visto desde fuera, Elsedo es tan grandioso y despampanante que parece un laberinto de piedra, torres y escudos levantados sin orden ni concierto. En su interior, guarda una interesante colección de arte contemporáneo con obras de Eduardo Chillida o Miguel Berrocal.

7. El túnel fantasma.

Antaño, cuando las nieves se retiraban, la cabecera del río Pas se convertía en la mejor senda para comunicar la Cantabria pasiega con las Merindades de Castilla. De hecho, el gentilicio -pasiego- viene de ahí, de la accesibilidad del valle del Pas -accesibilidad relativa, claro- si se tienen en cuentan las murallas montañosas que cercan el resto de la comarca. Ello también se tuvo en cuenta cuando en 1942 comenzaron las obras de de lo que fue, durante tres décadas, el túnel más largo de España: el de la Engaña. El pasadizo en cuestión era uno de los puntos clave de la línea férrea que uniría el mar Cantábrico con el Mediterráneo, ninguneando así la importancia de Bilbao y las infraestructuras vascas.

La construcción se prolongó durante casi veinte años y convirtió al Pas en algo muy parecido a un valle de lágrimas: a la exigua maquinaria pesada que se utilizó -cosas de la posguerra- había que sumar los aparatosos accidentes, los tejemanejes políticos, las muertes de obreros -algunos de ellos, prisioneros del bando republicano- y la crudeza de una montaña que, parecía, no quería ser horadada. Cuando se inauguró en 1959, el túnel no había sido finalizado, cosa que jamás ocurriría. Tampoco lo desvirgó locomotora alguna y la Engaña se convirtió en una titánica infraestructura -6.976 metros de largo- pendiente de estreno, abandonada y olvidada. El túnel, por supuesto, sigue ahí en la actualidad, como la estación de Yera -graffiteada y desconchada- que tampoco llegó a utilizarse.

8. Gastronomía pasiega.

Mentar estos valles cántabros supone evocar, de inmediato, el sobao y la quesada pasiega, dos piezas de repostería tan deliciosas como contundentes. Poco se sabe de los orígenes del sobao, un invento de tradición cántabra que algunos atribuyen a Eusebia Fernández Martínez, cocinera del Doctor Madrazo, que a principios del siglo XX reactualizó la fórmula ya existente -los excedentes de mantequilla, harina y azúcar- con nuevos ingredientes como la cáscara de limón. El resto es, por supuesto, historia. En Selaya se encuentran los obradores de El Macho y Joselín que dispensan directamente al público sobaos recién hechos. Sólo por el olor, merece la pena entrar a las tiendas. En el aledaño Villacarriedo, La Jarradilla elabora quesos según recetas pasiegas que se habían perdido en el túnel del tiempo.

 
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