«¡Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido!», recitaba Fray Luis de León, y eso que el poeta conquense no conocía este maravilloso paraíso terrenal a orillas del tercer río más largo de la Península.
Huele a azahar, a mermelada de mandarina y a almendras tostadas. Las aceitunas negrinhas de la temporada anterior han dado un oleaginoso aceite digno del cortejo andaluz más selecto. No es habitual que el espíritu del Mare Nostrum impregne estos lares. Nos hallamos en la provincia de Salamanca, pero al contrario que en su capital, la temperatura nunca desciende por debajo de los 10 grados. ¿En qué mágico lugar podemos recoger naranjas y olivas a orillas del río Duero?
Este paraíso castellano y leonés se llama Aldeaduero y se encuentra en el corazón de Las Arribes, a escasos metros de Portugal. Un abigarrado grupo de pequeñas casitas blancas, una hospedería, dos restaurantes, una terraza de cañas de estilo caribeño, una magnífica piscina, que si el tiempo acompaña se abre en abril, conforman El Poblado.
El proyecto, un nuevo concepto de alojamiento rural en pleno parque natural de Las Arribes, surgió hace ya unos años cuando se barajó la posibilidad de convertir las antiguas instalaciones de Iberdrola, ubicadas en el Salto de Saucelle, en el centro de ocio rural más importante de Castilla y León.
Dicho y hecho. El Poblado de Aldeaduero posee 200.000 metros cuadrados de terreno para huir del mundanal ruido, convirtiéndose en uno de los mejores lugares para dejar atrás la contaminación, el tráfico y las prisas de las grandes ciudades. Los paseos en barco, el disfrute de una gastronomía tradicional, la búsqueda de restos arqueológicos, las excursiones por la naturaleza (donde aún es posible ver buitres leonados, águilas reales o cigüeñas negras), son sólo alguna de las posibilidades que ofrece Aldeaduero.
«Cuan cortante espada de filo acuoso» el río Duero separa España de nuestro vecino país, Lusitania. Dos orillas, pero una de las únicas zonas con mayor biodiversidad y riqueza faunística, medioambiental, vegetal y ornitológica de la Península Ibérica. Un antiguo puente metálico de estilo modernista permite cruzar el cauce de agua en dirección a las Aldeias Históricas, fortalezas fronterizas como las de Almeida y Castelo Rodrigo que aún hoy sorprenden por su singularidad y magnífico estado de conservación.
Foz Coa o Siega Verde son conocidos por sus coloridos y bien conservados grabados rupestres
También merecen la pena los espectaculares asentamientos de Foz Coa (ya en Portugal) o Siega Verde (en Salamanca), conocidos por sus coloridos y bien conservados grabados rupestres con más de 15.000 años de antigüedad, declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Una estrecha y empinada carreterita asciende por los acantilados desde los que se ve, desde lo alto, El Poblado. Sólo a vista de pájaro es posible observar cómo El Duero se encaja en el estrecho cauce que fluye entre riscos de materiales graníticos del Paleozoico, dirección hacia el Océano Atlántico.
La escasísima pendiente del río permite que éste sea navegable (mediante esclusas) desde la frontera, en Miranda do Douro, hasta el océano. Aunque tradicionalmente eran las pequeñas embarcaciones las que transportaban materiales vitivinícolas de España a Portugal, hoy pequeños cruceros de río permiten llegan desde Las Arribes hasta Oporto, ciudad en la que desemboca el río Duero.
Verlo para creerlo. Si no se conoce, nadie espera que las características morfológicas y paisajísticas de esta zona sean tan peculiares. Las paredes verticales de casi 500 metros de altura y los esfuerzos humanos por dominar la todopoderosa naturaleza dotan a Aldeadávila de una grandiosidad y espectacularidad sin parangón.
Si los miradores naturales como Picón del Fraile, Picón de Felipe o Llano de la Bodega no son suficientemente llamativas, merece la pena darse un paseo por la gran presa que abastece a dos importantes centrales hidroeléctricas excavadas en la roca granítica, a 500 metros de profundidad. El que no sepa cómo el hombre ha sido capaz de construir algo así puede entrar en el rehabilitado Monasterio de La Verde, del siglo XVI, hoy la hospedería de El Poblado.
Aldeaduero es ideal para familias con niños, aventureros, grupos de amigos...
Familias con niños, aventureros, grupos de amigos, actos de empresa, celebraciones de todo tipo, escapadas románticas. «Aldeaduero es especial. El microclima que se respira en este lugar, la tranquilidad, los paseos por el campo, la mímesis con los animales y las plantas, la buena comida, el buen vino. Aquí uno se siente realmente vivo y hace lo que más le gusta», declara Enrique Ortega, director del complejo y aficionado a la pintura.
Conviene recordar el bello poema que Gerardo Diego, escritor santanderino de la Generación del 27, dedicó al Río Duero:
Río Duero, río Duero, / nadie a acompañarte baja, / nadie se detiene a oír / tu eterna estrofa de agua. / Indiferente o cobarde /la ciudad vuelve la espalda. / No quiere ver en tu espejo / su muralla desdentada. / Tú, viejo Duero, sonríes / entre tus barbas de plata, / moliendo con tus romances / las cosechas mal logradas. / Y entre los santos de piedra / y los álamos de magia / pasas llevando en tus ondas / palabras de amor, palabras.
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