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Sana'a, las mil y una torres

Nada es comparable en la península arábiga al bosque de torres de piedra, adobe y ladrillo que se yergue en las tierras altas de ese país, a medio camino entre la leyenda y la realidad, que se conoce como Yemen.

Javier Mazorra

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Actualizado viernes 27/02/2009 12:07 horas

Como Venecia, Estambul o Nueva York, Sana'a tiene algo único, indefinible, un halo de misterio que hace difícil distinguir donde termina el sueño y comienza la realidad. De pronto el horizonte se llena de extrañas torres que parecen salidas de un cuento de las Mil y una Noches.

Lo primero que llama la atención es el intenso verdor que rodea la ciudad.

No hay ninguna que destaque sobre las demás. Es el conjunto de todas ellas lo que nos deja absortos. Lo primero que llama la atención, sin embargo, es el intenso verdor que rodea la ciudad, muy lejos de esas imágenes con las que relacionamos esta parte del mundo. Aunque en Yemen hay también zonas desérticas, en esta altísima meseta que ronda los dos mil trescientos metros, no hay problemas de agua y ahí donde no crecen edificios, sigue manteniéndose la presencia de un huerto.

No se sabe con exactitud cuando comenzaron a construirse estas curiosas torres invariablemente pintadas en blanco y ocre pero nadie duda que ya estaban ahí en época del profeta Mahoma y todavía se siguen construyendo, siguiendo una tradición oral de padres a hijos. Están fuera del tiempo. La base suele ser de piedra pero después se van añadiendo pisos en otros materiales que a su vez se revisten de yeso y se decoran con motivos geométricos.

Ornamentación y jardines

Por muy cerca que estén unas de otras, cada una de ellas tiene su propia identidad y aunque se repiten las formas decorativas, la estructura interior y sus usos, no hay dos iguales. Casi siempre están rodeadas de pequeños jardines secretos apenas perceptibles desde el exterior, al estar rodeados de altos muros que los protegen de las miradas de curiosos y extraños.

Los yemenís se desviven con cualquier persona que llega a sus casas.

En cada piso hay una gran habitación, destacando entre todas ellas el Mafraj, con las mejores vistas desde sus ventanas y donde se reúnen los hombres a hablar durante horas en torno al todo poderoso qat (un estimulante vegetal parecido al tabaco que se masca incansablemente y marca el ritmo de la vida cotidiana de Yemen), pero donde sobre todo se da acogida a los visitantes, como en muy pocos sitios del planeta.

Los yemenís tienen fama de belicosos, no es extraño verlos con un kalashnikov al hombro y no dudan en llevar a la vistas de todos su puñal o jambía, pero se desviven con cualquier persona que llega a sus casas, acogiéndolo en sus hogares con el máximo respeto y haciendo gala de todo tipo de agasajos.

Pos las callejuelas

El sancta santorum de Sana'a es su ciudad vieja, amurallada, vertebrada por decenas de tortuosas callejuelas donde cada edificio nos hace mirar hacia el cielo. Es difícil encontrar uno que sobresalga de los demás. Lo mismo ocurre con las mezquitas. Incluida la que pudo haber fundado el profeta en el siglo VII. con sus característicos minaretes recubiertos de toscas filigranas que se mimetizan con el paisaje. Lo único que realmente sobresale en este bosque de torres es el ambiente del mercado de la sal, donde nada parece haber cambiado desde tiempos de la Reina de Saba o por lo menos de cuando pudieron haber pasado por aquí los Reyes Magos.

Aquí se vende incienso y mirra, pero también misteriosas pociones cuyo efecto puede ser impredecible. Es todavía una de las pocas ciudades en el que de verdad nos vemos trasladados a muchos cientos de años atrás y donde, sin embargo, nadie se extraña al ver un visitante venido del siglo XXI.

Más allá de las murallas hay otro Sana'a más mezclado, mestizo y moderno.

Más allá de las murallas hay otro Sana'a más mezclado, mestizo y moderno donde se descubren las muchas culturas e influencias que han pasado por aquí, sin lograr alterar el curso de las cosas. Los más persistentes fueron los turcos, o mejor dicho el Imperio Otomano que controló la zona de forma hipotética aunque sin prácticamente tocar las tradiciones y costumbres del país.

Todavía se puede intuir el paso de su huella en algunos edificios donde de forma directa o indirecta dejaron su impronta. Uno de ellos es el palacio que alberga el Museo Nacional, construido con posterioridad al periodo de ocupación otomano, pero muy próximo a su estilo. En su interior el viaje al pasado aún se remonta algunos siglos más atrás, sobre todo a la época que identificamos con la Reina de Saba y su estirpe, una Arabia feliz que atraía a personajes como el legendario Salomón, pero también a reyes y aventureros de África y del resto de Arabia.

 
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