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El refugio medieval de Günter Grass

Lübeck, a hora y media de Hamburgo, conserva el aura del Medievo. Quizá porque fue una de las ciudades alemanas que menos sufrió los zarpazos de la II Guerra Mundial. El autor de 'El tambor de hojalata' no es el único premio Nobel vinculado con la urbe. Thomas Mann nació allí.

Isabel García

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Actualizado viernes 08/05/2009 18:26 horas

Será una de las pocas ciudades alemanas en las que las cicatrices de la Segunda Guerra Mundial se han dejado sentir de forma más tenue. El motivo oficial apunta a que fue en Lübeck, a hora y media de Hamburgo, donde se montó el centro de operaciones de la Cruz Roja. Dicen que no fue del todo así, aunque las dotes propagandísticas de varios soldados británicos se encargaron de hacer correr el rumor, y parece que surtió efecto.

Sea como sea, lo cierto es que sólo el 20% de la urbe sufrió los bombardeos. Quizá por eso conserva todavía ese aura medieval que empantana de ladrillos rojos y estilo gótico el casco antiguo, suspendido entre las orillas de dos ríos, el Trave y Wakenitzes. El Medievo fue, precisamente, la etapa de mayor esplendor económico para esta ciudad de tradición comercial y marinera. Entonces, se convirtió en la Reina de la Hansa, la afamada liga económica compuesta por más de 150 urbes del norte de Alemania.

Mucho tiempo después, ya en pleno siglo XX, Lübeck dejaría de ser una Ciudad Libre para anexionarse a Hamburgo por obra y gracia de Hitler, al promulgar la llamada Ley del Gran Hamburgo. Corría el año 1937 y los preludios de la guerra asomaban con paso firme. Como rastro de aquello, unas campanas derrumbadas por el cañoneo aliado permanecen tendidas sobre la capilla de la Iglesia de Santa María, el templo de ladrillo más alto del mundo. También se mantiene el monasterio de Burgkloster, una fortificación medieval que hizo las veces de presidio para judíos, obreros y miembros de la oposición durante el escalofriante Tercer Reich.

Grass y las SS hitlerianas

De aquella época prefiere olvidarse también el más ilustre de los vecinos con los que ahora cuenta esta ciudad Patrimonio Cultural de la Humanidad: Günter Grass. No en vano, el Premio Nobel confesó hace unos años que, cuando tenía 17, sirvió en las SS hitlerianas y que no tomó conciencia de lo que significaba el nazismo hasta el Proceso de Niuremberg. En la Glockengießerstraße se encuentra su casa-museo, que da la bienvenida con una enorme escultura de un rodaballo, el pez convertido en emblema para el autor de El tambor de hojalata. Una vez dentro, la muestra conjuga la faceta literaria del escritor con la plástica, al entremezclar manuscritos originales de sus libros desde 1955, interesantes grabados y litografías, una biblioteca y una tienda en la que comprar hasta botellas de vino etiquetadas con diseños de Grass.

La casa de Thomas Mann rastrea su trayectoria familiar, desde el origen a la situación actual de los descendientes.

Grass no es el único Premio Nobel del que se enorgullecen en Lübeck. Justo enfrente de la Iglesia de Santa María surge la Casa Buddenbrook, donde nació y creció el escritor Thomas Mann. Y donde hiló las 800 páginas de la novela Los Buddenbrook (1901), que escribió con tan sólo 25 años. En ella, el también autor de La montaña mágica o Muerte en Venecia narra los días de esplendor y posterior decadencia de una acomodada familia de comerciantes alemana (la suya) durante el pasado siglo.

Pese a desarrollarse por completo en Lübeck (y en la casa), ni una sola vez aparece el nombre del «modesto lugar a orillas del Báltico» en el que transcurre la acción. Pero no hace falta. Los adictos al escritor tienen claro que en esta ciudad está la confitería «bajo cuyos toldos los adultos tomaban café escuchando música». Y que el «salón de paisajes con figuritas blancas de dioses y diosas» que Mann cita en el texto es el mismo en el que los turistas se agolpan ahora en torno a muebles lacados y cortillas amarillas.

Todas estas leyendas, unidas a paneles explicativos y todo tipo de material gráfico se agolpan en la exposición que ocupa la planta baja, dividida en seis apartados. Cada uno rastrea la trayectoria familiar, desde su origen a la situación actual de los descendientes. Sin pasar por alto el exilio a causa de la ocupación nazi. Arriba, es posible consultar exitosas versiones cinematográficas y televisivas de Los Buddenbrook.

La cuna del mazapán

De vuelta al exterior, vale la pena perderse entre la sucesión de angostas callejuelas y plazas adoquinadas y tomar un café acompañado de un pan de mazapán. Que por algo ésta es la cuna del manjar en cuestión y hasta cuenta con un museo. Entre sus joyas: una sorprendente réplica del cuadro de La última cena elaborado a base de almendras, azúcar y harina (Ver Qué hacer).

El País del Mazapán alberga una réplica de 'La última cena' de 20 m2 elaborado a base de almendras, azúcar y harina.

Respecto a la arquitectura, la excepción a la regla del todo rojo que cubre Lübeck se advierte en el Ayuntamiento, envuelto de tejas negras. No es casualidad: las piezas se hicieron con una mezcla de ceniza, sangre de buey y otros ingredientes secretos que le confirieron esa tonalidad oscura. Ocurrió en el siglo XIV, época a la que se traslada el viajero nada más llegar. Basta traspasar la Puerta de Holster o dar una vuelta por las ruinas arqueológicas que han rescatado del pasado la pizarra de un colegial datada en 1.730 y la muñeca que se le cayó a las cloacas a alguna cría en esa misma época.

El paseo puede continuar por los patios y pasajes enrevesados del casco antiguo. Es necesario perderse para encontrarlos y descubrir cómo (una vez más, en la Edad Media) el floreciente comercio hizo crecer la ciudad a un ritmo vertiginoso, de forma que las viviendas comenzaron a escasear. Como solución de emergencia, se abrieron pasadizos entre las residencias que daban a la calle y, en los patios posteriores, se crearon diminutas casas (buden) de una sola habitación para los trabajadores.

En la actualidad, no se conserva ninguna de esas casitas de muñecas, pero sí es posible colarse entre los patios y dar con alguna de las 28 viviendas pertenecientes a las viudas de los mercaderes, levantadas por almas caritativas hace ya varios siglos. Uno de ellos fue el concejal Johann Füchting, que en 1636 dejó escrito en su testamento que un tercio de su herencia debía ser para «bien y beneficio de los pobres». Y así fue.

 
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