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La tierra de los himba

Kaokoland, una inmensa y casi despoblada región en el extremo septentrional de Namibia, es la morada de una de las tribus más interesantes y mejor conservadas del continente negro: la de los himba, de tradición familiar y ganadera.

Gerardo Olivares

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Actualizado jueves 22/01/2009 10:16 horas

Nunca olvidaré la primera vez que vi una mujer himba. Fue en 1994, en un moderno supermercado al norte de Namibia y la escena no pudo ser más surrealista; entre cajeras uniformadas, carteles con las ofertas del día, latas de conserva y expositores de congelados, apareció ella empujando su carro de la compra. Iba descalza, con los pechos al aire y su piel teñida de rojo. Vestía una especie de falda formada por gruesas tiras de cuero, su cabello estaba cubierto de barro, sus muñecas y tobillos adornados con grandes brazaletes metálicos, de su cuello colgaba una concha marina y en la espalda cargaba con un bebé sujeto a su cuerpo con tiras de cuero. Era una mujer de otro mundo y de otro tiempo transportada al siglo XX.

Viajamos con nuestro camión hacia el norte a través de la D-3700, una cuidada pista de tierra roja, como la piel de los himba. Poco a poco, nos adentramos en Kaokoland, una inmensa y casi despoblada región en el extremo septentrional de Namibia. Estas son las tierras de una de las tribus más interesantes y mejor conservadas del continente negro.

Nuestra misión es rodar un documental sobre ellos y nuestro destino se encuentra en el río Kunene, la frontera natural con Angola, donde a lo largo de sus orillas se levantan varios asentamientos himbas. Pasado el poblado de Otijanjasemo, la pista principal deja paso a una empedrada vereda por donde nuestro camión entra a duras penas. Estamos recorriendo uno de los territorios más bellos, salvajes y remotos del Hemisferio Sur.

El jefe del clan

Opembe es un pequeño asentamiento habitado por dos familias. Yakujá Yambirú es el Omuyona, el jefe del clan. Hoy es un día especial en Opembe, a su nieta Komané le ha llegado el Esuko, la primera menstruación y esto se celebra con un baile al que acuden las mujeres de los poblados más cercanos, todo un acontecimiento que deberíamos filmar. Pero en África, como en muchos otros lugares del mundo, uno no tira un plano sin el consentimiento del jefe de la tribu y Yakujá Yambirú no está muy por la labor.

Hoy es un día especial en Opembe, a la nieta del jefe, Komané, le ha llegado el Esuko, la primera regla.

Por propia experiencia sabemos que lo mejor en estos casos es retirarse, no forzar la situación y buscar la mejor manera de ganarse al jefe. La tarde es perfecta para volar y rodar algunas imágenes aéreas. Sergi, nuestro piloto, comienza a armar el ultraligero que llevamos en nuestro camión. En pocos minutos, estamos rodeados de himbas curiosos por saber que es aquel extraño artilugio. Yakujá Yambirú es el primero y más interesado, así que toma asiento en el suelo, en primera fila, para no perder detalle.

Yo me siento junto a él y le ofrezco un cigarrillo «¿Le gustaría volar como un pájaro?», le pregunto. El hombre mira al cielo con expresión de absoluta incredulidad y luego señala el ultraligero; «Eso no puede volar, es imposible», me dice. «Hacemos un trato», le contesto; «si eso vuela, usted me deja rodar en su poblado». El hombre vuelve a mirar el aparato. «Y si quiere, usted también puede volar. Como los buitres», sentencio.

Kaorí, la himba más famosa

Y ahí fue cuando se lió el follón padre. El buen hombre no hacía más que mirar al cielo asustado y moviendo la cabeza de un lado a otro mientras su mujer y sus hijas le acosaban intentando convencerle para que volara. El resto del poblado gritaba y se tronchaba de risa. En pleno jolgorio, Sergi arranca el ultraligero y la hélice comienza a girar a toda velocidad provocando una estampida general; niños, vacas, cabras, mujeres, hombres y perros, corrían despavoridos en todas direcciones y sin rumbo fijo. ¿Se imaginan un OVNI aterrizando en la plaza de cualquier aldea de Sierra Morena? Pues seguro que el espectáculo sería muy parecido a lo que en ese momento estaba ocurriendo en Opembe.

Para la mujer es importante ser la primera esposa, pues conservará ciertos privilegios que realzan su dignidad.

Antes de despegar, Sergi, con un gesto de mano y ofreciéndole un casco, le invita a subir, pero Yakujá definitivamente no quiere saber nada de ese extraño aparato volador y comienza a correr hacia su choza como poseído por el diablo. Entre tanto desmadre, Kaorí, otra de sus nietas, se acerca silenciosamente al ultraligero y se sienta detrás de Sergi agarrándose fuerte a su cintura.

Desde aquel instante, Kaorí se convertiría en la himba más famosa de Kaokoland. Nosotros, por nuestra parte, conseguimos nuestro objetivo, y a la mañana siguiente muy temprano comenzamos a rodar la ceremonia del Esuko. Todavía recuerdo aquel día como uno de los momentos más divertidos y especiales que haya vivido en mis viajes por África.

Esa mañana en Opembe hay reunidas más de veinte mujeres. Con la llegada del Esuko, el padre de Komané tiene que quitarle los brazaletes y las tobilleras hechas de fibras vegetales. A continuación le cortará las trenzas de niña y le pondrá el Ekori, el tocado de mujer. A partir de ese momento, Komané estará en condiciones de casarse y sus padres elegirán a su futuro esposo. Sin embargo Komané, aun casada, podrá mantener relaciones sexuales con quién quiera siempre que le pida permiso a su marido. Sabios son estos himbas. Para la mujer es importante ser la primera esposa pues conservará ciertos privilegios que realzan su dignidad como cuidar del fuego sagrado.

Crema de manteca de vaca

En la cultura Himba la imagen y el aspecto físico son, después del ganado, lo más importante en sus vidas y no poseen otro arte plástico que el que crean sobre su propio cuerpo. El adorno más valioso es el Ohumba, una concha de mar que consiguen por intercambio con las vecinas tribus de Damaraland. Su peinado no sólo tiene una función estética, realzando las líneas alargadas de la cabeza, sino que además sirve para expresar la posición social. Pero lo que realmente hace diferente a las Himbas del resto de las tribus del sur de África es el color rojizo de su piel.

Las mujeres solamente se bañan en el río una vez en su vida, que coincide justo con el día antes de su boda.

Este proviene de una crema que las mujeres se dan con frecuencia y que obtienen machacando unas piedras con un componente férrico al que llaman Okidé Maui. El fino polvo de ocre se mezcla con manteca de vaca y de esta mezcla se obtiene una espesa crema rojiza que no solo cumple una función estética, también constituye una eficaz protección hidratante contra las radiaciones solares y las picaduras de los insectos. Embadurnarse de crema es su aseo diario, de hecho las mujeres sólo se bañan en el río una vez en su vida, el día antes de su boda.

Para los himba solo hay algo más importante que su belleza corporal; el ganado. La vaca es el símbolo que mejor expresa su identidad y sus canciones están llenas de alusiones a sus vacas favoritas. De ellas consiguen todo lo necesario para vivir. La leche batida es la base de su alimentación y de ella extraen la manteca para la elaboración del tinte. Con su piel se visten y con sus excrementos construyen las chozas.

Es hora de marchar hacia el oeste, hacia un lugar muy especial del que ya hablaré en otra ocasión. Nos despedimos de Yakujá y del resto de himbas con los que tan buenos y divertidos momentos hemos pasado. Arrancamos motores y buscamos la pequeña pista que atraviesa Kaokoland, una de las regiones más auténticas de África. A través del espejo retrovisor observo a un grupo de niños corriendo detrás de nuestro camión con los brazos extendidos imitando el vuelo de nuestro ultraligero. Ellos son el futuro del Pueblo ocre de los lechos secos del río.

 
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