Angoulême, la capital del tebeo

Orillada junto al río Charente, aupada en lo alto de una colina, Angoulême celebra desde el 29 de enero su Festival Internacional del Cómic, una cita en la que se vuelca toda la localidad. Aunque, más allá de las viñetas, Angoulême tiene vida propia y toda una ristra de suculentos atractivos.

Texto y fotos: Gontzal Largo

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Actualizado jueves 29/01/2009 10:16 horas

Aquí van ocho pistas para conocer la ciudad francesa de Angoulême que, a partir del 29 de enero, celebra su Festival Internacional de Cómic. Pero más allá de las viñetas, la ciudad francesa tiene vida propia y toda una ristra de suculentos atractivos.

1. Un Montmartre más campestre

Habitada desde tiempos inmemoriales, Angoulême se caracteriza por cabalgar, como si fuera un Montmartre parisino pero más campestre, una amplia colina desde la que se domina el río Charente. El Angoulême monumental, el que nos interesa, se resguarda allá en lo alto y es una apacible y tranquila ciudad (tal vez, demasiado apacible, tal vez demasiado tranquila) con la mayor parte de su casco histórico peatonalizado.

Ello sólo significa una cosa: largos paseos por el laberinto de calles empedradas (con rumbo o sin él, da igual) entre casas de piedra clara y pequeños comercios con mucho charme. El triángulo formado por la Catedral, el Ayuntamiento y el edificio acristalado del mercado aglutina la mayoría de los atractivos de este burgo con carácter medieval pero remozado (al igual que París) casi por completo en el siglo XIX.

2. La conexión parisina

Las similitudes con la capital francesa no acaban ahí: el neoclásico Palacio de Justicia de Angoulême fue construido en 1826 por Paul Abadie, padre de otro Paul Abadie que, décadas después, cambiaría el skyline de la Ciudad de La Luz con su diseño para la basílica del Sagrado Corazón que preside Montmartre. Junto a él, se levanta el edificio del Ayuntamiento (un potpurrí de estilos y homenajes) y el palacio Saint Simon, el primer edificio puramente renacentista que se construyó en esta parte de Francia.

Angoulême también sufrió los despropósitos de la ocupación alemana durante la II Guerra Mundial: mientras su estación de tren era totalmente destruida, las dependencias policiales de la calle Saint Roch fueron convertidas en prisión nazi. El modesto y familiar Museo de la Resistencia, situado en la calle Genève, recuerda estos y otros sucesos bélicos.

3. El Festival del Cómic

La cita de Angoulême es, sin duda, la más importante del calendario de la viñeta en Europa. Independientemente de la finalidad profesional del evento (aquí se dan cita editores y autores de toda Europa para vender, comprar y maquinar), el Festival es un ente vivo, abierto al gran público que se manifiesta en más de una veintena de espacios repartidos por todo el centro.

En otras palabras: es imposible aterrizar en Angoulême del 29 de enero al 1 de febrero y no toparse con una viñeta, bien en alguna de las numerosas exposiciones (en el museo del Cómic, el Espacio Franquin...), bien en los puestos de bouquinistes de tebeos de la plaza del Mercado o en los foros sobre el sector.

4. Parques y murallas

Fiel a su situación en la agreste campiña francesa, lejos de asfixiar, Angoulême invita al sosiego. La villa cuenta con una fina lengua de áreas verdes en la parte alta, ideales para ejercer de flâneur o, simplemente, aposentarse a leer un tebeo de Edgar P. Jacobs, la última obra de François Schuiten o unas tiras de Liniers. Estos jardines, situados en el occidente, siguen el rastro de las antiguas murallas. Ya en época romana, Angoulême dificultó, más si cabe, la labor de los invasores, añadiendo a su escarpada situación un recio muro que cubría todo el perímetro.

Ello no impidió que, incluso, los vikingos (que remontaban el Charente) se cebaran con la población. Hoy en día, queda poco de aquel sistema defensivo pues la piedra fue reutilizada para construir edificios, pero quedan las inmejorables panorámicas sobre la llanada francesa y un bellísimo paseo que rodea la casi totalidad de la ciudad. Una curiosidad: en la parte norte de la muralla, bajo ésta, se encuentra la gruta de Saint Cybard, un eremita que, en el siglo VI, fundó la primera y más primitiva abadía de Angoulême.

5. Historietas de piedra

No hay tebeo más valioso ni más antiguo (está fechado en el siglo XII) en Angoulême que aquel tallado en piedra en la fachada de la catedral románico-bizantina de San Pedro. La portada en cuestión tiene muchos ingredientes para atraer al lector medio: una historia con gancho (el Juicio Final), un reparto de personajes más que interesante (Cristo, los Apóstoles, el Diablo hecho carne...), una factura excelente a cargo de canteros medievales, un fantástico estado de conservación y una iluminación inmejorable en las últimas horas del día, cuando los rayos del sol la tiñen de color carmesí.

El edificio es una gigantesca obra maestra del arte románico francés y un collage de piedra en el que puede rastrearse la huella de cuatro catedrales construidas en épocas diferentes. Su campanario mide 59 metros de altura y en su interior atesora una campana de más de cuatro toneladas.

6. Paraíso viñetero

No hay que asustarse ante un nombre tan grandilocuente: El Centro Nacional del Tebeo y la Imagen (Centre National de la Bande Dessineé et de l'Image, en galo) es el epicentro del Angoulême comiquero, un museo moderno, cercano, amable y acogedor en el que se explican los entresijos del arte secuencial.

Tiene el tamaño ideal (más mediano que grande) y pasearlo equivale a sumergirse en el interior de una historieta surreal, con explicaciones sobre el medio, páginas originales de algunas vacas sagradas de la ilustración francesa o exposiciones temporales. Su luminosa biblioteca es ideal para fisgonear títulos inéditos en España y la tienda cuenta con un amplio abanico de publicaciones, no sólo tebeos, sino de libros de ilustración e imagen.

7. Bocadillos por las calles

La pasión por el cómic de Angoulême no sólo se mide durante el festival o en el citado museo, sino también por la veintena de murales que decoran edificios a lo largo y ancho de la ciudad. Al igual que ocurre en Bruselas, aquí los tebeos son cosa seria, motivo decorativo en casas de piedra levantadas dos siglos atrás y una declaración de amor hacia el arte de las viñetas y las onomatopeyas.

¿Los imprescindibles? Muchos. He aquí una selección viciada: el de Moebius en la calle Hergé (en la que, además, hay un gigantesco busto dedicado al creador de Tintín); el de Dupuy y Berberian entre la calle Carnot y Austerlitz o uno de los más clásicos, el de Lucky Luke en la calle Gambetta. Asimismo, desde el año 1997 las placas de las calles de la localidad imitan a los bocadillos de texto utilizados en los tebeos.

8. El río de la vida

El personalísimo artista Nicolas de Crécy (en España se ha editado, entre otros, la recomendable saga Léon La Came) es el autor de uno de los murales más espectaculares de Angoulême: Nueva York sobre el Charente, situado en un alto edificio de la calle Grand Font, cerca de la estación de tren. El dibujo en cuestión aúna dos de los grandes secretos que esconde esta villa francesa.

Por un lado, su relación velada con la metrópolis de los rascacielos: ¿Sabían acaso que Nueva York, antes de ser bautizada así, antes incluso del apelativo Nueva Ámsterdam, se llamó Nueva Angoulême? El artífice de ello fue del viajero Giovanni da Verrazzano que bautizó así a la isla de Manhattan en 1524, en honor de Francisco I, Rey de Francia y Conde de Angoulême que había apoquinado la expedición del italiano. Luego llegaron los holandeses compraron la isla y no hubo más Nueva Angoulême.

Por otro lado, el mural reivindica la importancia del Charente, el elegante río que esquiva la colina por el norte y que fue, durante siglos, fuente de riqueza. Antes de la llegada del ferrocarril y el transporte por carretera, el río era la autopista por la que viajaba el papel elaborado en Angoulême (el museo Le Nil lo recuerda) o el Pineau, el licor típico de la región. En la actualidad se pueden hacer tours de corto recorrido (a bordo del Angumois, del cual se informa en la oficina de turismo) o cruceros de varios días en un barco alquilado.

 
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