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Pinturas rupestres entre la guerrilla

El departamento colombiano de Guaviare saltó a la fama por ser allí donde se liberó a Ingrid Betancourt. El lugar guarda un atractivo, desconocido incluso entre sus pobladores: unos impresionantes ideogramas de origen precolombino.

Texto y fotos: José Luis Sánchez

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Actualizado martes 13/01/2009 10:07 horas

El avance del ejército colombiano en su lucha contra las FARC deja al descubierto la enorme riqueza de un país desconocido incluso para sus propios ciudadanos. Escondidos en el departamento del Guaviare, una selvática región que saltó a la fama por ser la cárcel de Ingrid Betancourt, pinturas rupestres y ciudades naturales de piedra aparecen ahora a los ojos de los primeros turistas. Durante décadas, también ellas estuvieron secuestradas.

Sólo están a 40 kilómetros de la capital del departamento, pero la guerra las colocó a años luz. La mayoría de los vecinos de San José del Guaviare ha oído hablar de los pictogramas que alguien dibujó en unos montes cercanos, pero la zona, en poder de las FARC durante medio siglo, era otro mundo. Un mundo prohibido apenas a una hora de distancia.

Los vecinos de San José han oído hablar de los pictogramas que 'alguien' dibujó en unos montes cercanos.

San José es una ciudad nueva, formada por los descendientes de los colonos que ocuparon en el siglo XIX una amplia región de selva para huir de la pobreza de los Andes. Hoy, sus calles rectas, paralelas al caudoloso río Guaviare, tributario del Orinoco, adquieren un colorido inusitado. Por una avenida desfilan los Nukak Makú, últimos representantes de una etnia de nómadas de los que apenas sobreviven doscientos individuos. Por otra calle aparecen los guayaberos, los primeros habitantes de la región, hoy andrajosos y pedigüeños. Entre ellos, una mezcla de razas andinas y occidentales, cazadores de pieles preciosas al principio, cultivadores más tarde de marihuana y hoja de coca, hoy intentando recolocarse como ganaderos y comerciantes.

Olvidado del mundo

Tras una hora de camino a bordo de una ranchera, llegamos a la serranía de La Lindosa. La carretera es inexistente y en tramos aprovecha asfalto natural que espontáneamente brota en algunas canteras. «Todo lo que usted ve, antes era coca», comenta un campesino que vive a los pies de la montaña de los pinturas. Hoy es pasto, vacas y jungla. El entorno es, además, inquietante. La selva amazónica deja paso a caprichosas formaciones geológicas de piedra precámbrica de aspecto fantasmagórico. Una extensa superficie rocosa crea el lecho de un río que los locales llaman Los Pozos, con huecos de los que se desconoce la profundidad, muy frecuentados por los domingueros para tomar arriesgados baños.

Cerca de las pinturas, la naturaleza ha esculpido una ciudad de piedra con calles rectilíneas y rocas como casas.

A pocos kilómetros de las pinturas, la naturaleza ha esculpido también una ciudad de piedra con calles rectilíneas y rocas que parecen casas congeladas en el tiempo. Incluso hay aceras y calzadas de hierba, túneles que parecen tallados a mano, escaleras naturales. El camino a los pictogramas es difícil y escarpado. De la maraña de árboles y arbustos salen unos terroríficos gritos. «Son micos», sonríe el joven guía hijo del campesino. Pero el premio es mayúsculo. Pintado en una pared irregular, a cuyos pies se extiende una pequeña superficie, un mural rupestre permanece olvidado del mundo.

El deterioro es evidente: sobre uno de los dibujos más bajos alguien ha escrito su nombre a tiza, puede que la dejara algún guerrillero aburrido en una de sus guardias. En algunos rincones, la pintura se esparce sobre la pared perdiendo las figuras y hasta el rojo predominante: ahora sólo manchas rosadas dejan adivinar que en otro tiempo hubo un dibujo. Algunas piedras han caído desde las alturas. El suelo está lleno de fragmentos rotos, algunos coloreados. Marcos Baquero es concejal del ayuntamiento de San José. Asegura que hay más en otros lugares de la serranía. «En algunos de ellos si excavas en el suelo, encuentras restos de vasijas: yo lo he hecho».

Esperanza del turismo

A los pies de la serranía se encuentra Nuevo Tolima, una aldea que ha cambiado la hoja de coca por la esperanza del turismo. «Estuvo aquí una investigadora de Bogotá y dijo que las hicieron los indígenas hace mil quinientos años, de pronto más», cuenta José Frei, el presidente de la comunidad, «pero sinceramente, no tenemos ni idea». Los primeros indicios apuntan a una antigüedad de 1.000 años. Hay quien 1.500, pero la falta de estudios concluyentes deja en el aire a la misma historia.

Lo único que parece seguro es que las realizaron tribus amazónicas, probablemente cazadores recolectores precolombinos en el transcurso de alguna expedición, y que no son las únicas. Las más conocidas son éstas, conocidas como las del Raudal del Guayabero, pero hay otras en un paraje conocido como El Dorado. Todas realizadas con pigmentos minerales en pequeños abrigos situados a una altura que no supera los 20 metros.

En los ideogramas, un animal parecido misteriosamente a un canguro parece saltar de una viñeta a otra.

Las pinturas rupestres de La Lindosa forman parte de un extenso tapiz de pictogramas que se extiende por toda la Orinoquía, penetra en la Amazonía y resulta perturbador para el europeo, que enarbola Altamira y Lascaux como prueba irrefutable de la superioridad pictórica de sus ancestros. Las pinturas se completan con otros hallazgos en el cercano parque nacional de Chiribiquete, aún en poder de las FARC, y descontextualizan una sucesión de murales probablemente relacionados entre sí.

Los dibujos demuestran que los artistas mantenían una constante espiritual con sus colegas de ultramar: figuras de animales, manos abiertas que parecen atraparlos, siluetas antropomórficas. Representaciones mágicas que debieron ayudar en la psiquis de los cazadores en sus tareas de rastreo y muerte. Junto a ellos, ideogramas, espirales y mallas, a modo de corrales, argollas, preparativos para la propia caza.

Laberinto misterioso

Algunos parecen superpuestos, lo que lleva a pensar en una gran hoja sobre la que pintaban grupos distintos, incluso generaciones diferentes, una gran pizarra sobre la que los cazadores preparaban sus batidas. Sobre el lienzo rocoso desfilan dantas, lagartos, lapas, jaguares, ciervos, solos o en grupos, algunos parecen danzar en corros. Un animal parecido misteriosamente a un canguro parece saltar de una viñeta a otra, una serpiente avanza hacia a algo parecido a una jaula, otra imagen recuerda a un conjunto de vasijas ordenadas sobre una alfombra.

Los vecinos, que no conocen la historia de los pictogramas, sienten cierto temor por las consecuencias del turismo.

Un sol alumbra una parte del mural, junto a una tupida red que pudiera tratarse de una huerta se levanta un conjunto de casas, cerca hay algo similar a un río. Sobre la figura de un ciervo un hombre con los brazos abiertos salta y asusta a su vez a un mono, que huye hacia el cielo. Un laberinto recuerda a ciertas joyas que aún elaboran los artesanos indígenas. Misterioso, un conjunto ordenado de puntos se deshace azotado por las inclemencias meteorológicas: de lejos recuerda a la misma lluvia. Cerca, un ave se antoja entonces mojada y ridícula elevándose al más allá. Un pájaro nos saluda educado, en pie, formal.

El moho se ha adueñado de una parte de las pinturas, deformándolas. «Eso es lo que queremos», continúa José Frei, «que vengan los turistas, que miren los dibujos y se imaginen cosas». Aunque los vecinos no conocen la historia de los pictogramas, en parte porque forman una sociedad de campesinos desplazados de otras regiones por la violencia, sienten cierto temor por las consecuencias del turismo, al que no dejan de ver como una profanación. «De pronto son muestras religiosas de los indígenas y no es apropiado que vengan visitantes», comenta José Frei, «pero la situación económica es tan difícil que vemos con ilusión que alguien venga a verlas», confiesa finalmente con esperanza.

 
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