Cenar en los cielos de Bangkok
La primera vez que puse el pie en esta ciudad, ya sucumbí a la extraña fascinación de sus contrastes. Me amigué entonces, en un lance de fortuna, con un ex miembro de las fuerzas especiales norteamericanas que había decidido no volver a casa tras lo de Vietnam y que se empeñó en iniciarme en el Bangkok de los bajos fondos.

Terraza del Red Sky.
Fue sólo una noche, pero el impacto emocional que me produjo todo lo que vi y viví durante aquellas largas e intensas horas aún perdura con fuerza en mi memoria, sin que pueda discernir muchas veces si se trata de un recuerdo real o imaginado.
Desde entonces, en cada visita he ido descubriendo una ciudad diferente y mejor. Desde los antros prohibidos que recorrí la primera vez hasta el lujo indescriptible de los rascacielos que erizan hoy el cielo de Bangkok hay un abismo que marca la evolución, crecimiento, desarrollo, opulencia, lujo, glamour, imaginación, audacia, diseño y dinero de esta megápolis que ya ocupa por méritos propios un lugar destacado en el mundo del siglo XXI. No me extraña que la llamen la ciudad de los ángeles. Hace sólo unos meses cené en el Siroco (www.thedomebbk.com), el restaurante al fresco más alto del mundo, situado en la planta sesenta y cuatro del State Tower. Era como estar sobrevolando la ciudad en una nave espacial. Nunca había estado en un lugar así. Quedé, además, gratamente sorprendido por la excelente cocina mediterránea que me sirvieron a tantos metros del suelo y a tantos kilómetros de casa. Pensé, entonces, que tardaríamos mucho tiempo en oír hablar de un sitio semejante.
Pues no, señor. En Bangkok la vida se mueve a velocidades de vértigo y anoche mismo estuve cenando en el Red Sky (www.centarahotelesresort.com), otro restaurante con impresionantes vistas, situado en la planta 55 del recién inaugurado Central World, donde me encontré, por azar, con nuestro embajador en Tailandia, que se confesó cliente habitual.
No acabarían ahí las sorpresas. Al final de la cena se acercó a saludarme el Chef, Sandro Aguilera, un compatriota que triunfa en Asia con la nueva cocina española. Ya puestos, me dio por españolear y pedí un Martín de Codax. Les costó encontrarlo, pero valió la pena ver a la somelier en acción, colgada de un arnés, en la bodega más sofisticada del mundo, un cubículo transparente donde las botellas cuelgan de ristras metálicas de, al menos, ocho o diez metros de altura. No puedo terminar esta crónica sin mencionar la última extravagancia de la ciudad. Se trata del No Hand Restaurate (Rama IV Road, cerca del número 854), una ocurrencia que consiste en que los comensales no utilicen las manos para nada. Una hermosa zagala (zagal, para quien lo prefiera) se encarga de alimentar al cliente como si fuera un bebé. Naturalmente, a éste no he ido.