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Warth, una joya del esquí austriaco

No puede ni quiere competir con las grandes estaciones austriacas. Pero ésta, perdida entre el Tirol y la frontera alemana, cuenta con suficientes atractivos como para ser el destino favorito de esquiadores que sólo quieren disfrutar de excelentes pistas en un lugar espectacular de los Alpes.

Francisco Infante

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Actualizado martes 10/02/2009 20:35 horas

El tamaño no importa mientras se tengan 60 kilómetros de excelentes pistas para esquiar a pie del hotel y otros 200 más a tiro de piedra, sin aglomeraciones y con unos remontes en condiciones perfectas. Warth no aparece en ninguna lista prestigiosa del mundo del esquí, y ésa es su ventaja.

El pueblo es minúsculo, con sólo medio centenar de casas de madera tradicional que acogen unos 200 habitantes pero derrocha encanto. A su alrededor se han construido una docena de hoteles pequeñitos que combinan la arquitectura típica alpina con toques de modernidad minimalistas, propios de la nueva hornada de arquitectos del Voralberg que desde hace unos años aparecen en todas las revistas de arquitectura que se precien.

Nada desentona, ni la misma escuela, una de las obras más conocida y apreciada de esta escuela de arquitectura. El interior de los edificios se cuida el detalle. De hecho, uno de los hoteles, el Steffisalp, ha aparecido en más de una revista de moda por su cuidado diseño. No se echan en falta las piscinas climatizadas y los spas, que tanto se agradecen después de una jornada de esquí casi, gozan de buenas instalaciones a ese respecto. En cuatno a la oferta gastronómica, sin demasiadas concesiones a la creatividad, es contundente.

Ambiente familiar

El après ski se limita a tres o cuatro bares pero lo suficientemente animados y fáciles de alcanzar como para complacer a todo el que le pida fiesta el cuerpo. El ambiente es familiar y abundan los niños, a los que se ofrecen todo tipo de cursillos y minipistas para dar los primeros pasos en la nieve, aunque los fines de semana se llena (sin exageraciones) de jóvenes locales austriacos y alemanes.

Las pistas del mismo Warth, a unos 2.000 metros de altitud, son lo suficientemente variadas como para complacer a todo tipo de esquiadores, pero si alguien necesita más de 60 kilómetros, hay multitud de posibilidades en el entorno. Incluido el poder probar los atractivos de la famosa estación de Lech, una de las mejores del mundo según todos los especialistas, que se encuentra interconectada con Warth.

Otra opción es alcanzar un valle encantado conocido como Kleines Walsertal, que por carretera sólo está comunicado desde Alemania pero con esquís se puede llegar desde el mismo Warth, a través de diferentes remontes. Un espacio casi virgen donde apenas llega nadie y se tiene la sensación de estar descubriendo tierra ignota.

Los bosques de Bregenzerwald

Para los que no esquían o quieren conocer los bosques del Bregenzerwald, vale la pena aventurarse por alguno de los senderos paralelos al río Bregenzerach, salpicado de pueblecitos que parecen salidos de un cuento de hadas, donde siempre se puede visitar una fábrica de quesos en el camino, entrar en una iglesia barroca o comer en un típico Gasthof.

A la ida o a la vuelta vale la pena parar en Bregenz, la capital del Voralberg, que se encuentra en las mismas orillas del Lago Constanza (aquí llamado Bodensee). Allí se celebra unos de los festivales de ópera más famosos del mundo, utilizando un escenario que se adentra en el mismo lago y donde tampoco hay que perderse el etéreo Centro de Arte diseñado por el suizo Peter Zumthor, un punto de peregrinación de muchos amantes de la mejor arquitectura de nuestro tiempo.

 
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