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Zakopane, la nieve más 'culta'

Situada en el extremo sur del país, en la frontera con Eslovaquia, Zakopane es la indiscutible capital de los deportes de invierno en Polonia, pero también un centro cultural de primer orden. A lo que se une la magia de los Montes Tatras.

Javier Mazorra

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Actualizado martes 30/12/2008 10:45 horas

A Zakopane, en la frontera polaca con Eslovaquia, se viene a esquiar ( hay 30 kilómetros de pistas entre 1.000 y 2.000 metros y más 50 kilómetros de cross country), pero sobre todo a conocer uno de los rincones más espectaculares de Europa, tanto por sus paisajes como por su patrimonio cultural. Y es que es un centro cultural de primer orden, un lugar donde conocer los insólitos edificios de madera de un arquitecto como Stanislas Witkiewicz, que como otros muchos artistas y escritores polacos de finales del siglo XIX y principios del XX, se sintió a atraído por la magia de los Montes Tatras, convertidos posteriormente en uno de los grandes parques nacionales de Centroeuropa.

Las mejores pistas son las de Kasprowy Wierch en Kuznice a más de 1.000 metros, pero las colas pueden ser interminables, teniendo en cuenta que sus pistas son las más populares del país y los remontes insuficientes. Pero como todo en Polonia, sólo hay que saber la forma de hacerlas más llevaderas.

Se pueden comprar los billetes con antelación en una agencia de viajes o reservar clase con un instructor que, aunque sale algo más caro, como todavía los precios son inferiores al de la media de las estaciones europeas (se alquilan esquís a partir de cinco euros al día), puede ser la mejor forma de conocer las peculiaridades del esquí polaco. El sistema de pago es algo complejo, sobre todo en las pistas alrededor de Nosal, que utilizan un sistema de puntos aunque no se tarda en dominarlo.

Visita en funicular

Otra alternativa es alcanzar Gubalowka en un funicular, donde utilizan pases tradicionales por unos 20 euros el día. Los primerizos lo tienen más fácil, ya que muy cerca del centro , a dos pasos del hotel Kasprowy, hay buenas pistas para ellos que están incluso iluminadas por la noche.

A diferencia de muchas otras estaciones de esquí, Zakopane se erige como una auténtica atracción por sí misma.

A diferencia de muchas estaciones de esquí, Zakopane es una atracción por sí misma. Por su vida cultural (los festivales se multiplican a lo largo del año), hay muchas galerías de arte, docenas de bares y restaurantes donde disfrutar de un excelente aprés-ski dominado por sus letales perros rabiosos (una combinación a base de vodka), pero sobre todo hay mucho que ver tanto en el mismo centro, como en sus alrededores.

En primer lugar, hay que descubrir la obra de Stanislaw Witkiewicz, quien inspirado por la curiosa arquitectura local, creó un nuevo estilo que él relacionó con una cultura polaca ancestral que en aquellos tiempos sólo existía como concepto, ya que el país había sido desintegrado para formar parte de Austria y Rusia.

La vanguardia polaca

El mejor sitio para conocer su obra es la Villa Koliba, que diseñó por completo, incluyendo la decoración y el mobiliario y que se ha convertido en museo. Una de las habitaciones está dedicada a su hijo, conocido como Witacky, que desarrolló una carrera como fotógrafo, dramaturgo pero sobre todo como pintor, siendo considerado uno de los mejores representantes de la vanguardia polaca de los años de entreguerras.

La oficina de turismo cuenta con mapas y folletos para poder seguir un circuito Witkiewicz por toda la comarca.

La oficina de turismo cuenta con mapas y folletos con los que seguir un circuito Witkiewicz que se extiende por toda la comarca. Cada casa es una pequeña maravilla, aunque el edificio más original sea quizás la iglesia de Jaszczurowka. Por otra parte, en Willa Atma, otra preciosa casa de madera, se puede descubrir el mundo del compositor Karol Szymanowski, mientras que otra en Krupowki (donde se concentran varias de Witkiewicz) alberga el Museo de la Cultura Tatra, el más antiguo de interés etnológico de todo el país.

También hay que reservar al menos un día para conocer el Parque Nacional de los Tatras, donde se esconde el pico Rysy, el techo de Polonia que roza los 2.500 metros. Hay múltiples posibilidades para senderistas e incluso puede pasar la noche y disfrutar de la idiosincrasia de la cultura tatra en media docena de refugios entre densos bosques. Una experiencia que se puede completar perdiéndose por valles cercanos con su característica arquitectura de madera, donde sus habitantes mantienen vivas tradiciones, músicas y una gastronomía que se ha perdido en gran parte de Polonia.

 
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