Djibouti
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Un país en vías de extinción

De Djibuti casi nadie se acuerda. Incluso hay mapas de África que se olvidan de dibujar esta minúscula república situada en la salida del Mar Rojo al océano Índico, que en sus tiempos formaba parte del territorio francés, de los Afars y de los Issas. Dicen que es el país más caluroso del planeta, uno de los más abandonados y, en definitiva, un lugar en el que los turistas son más bien escasos.

Texto y Fotos: Pedro Madera

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Actualizado miércoles 07/01/2009 10:21 horas

Según un refrán de la tribu issa, hasta los chacales dejan testamento antes de entrar en Djibuti. Los geólogos tampoco son muy optimistas, porque el propio país está condenado a desaparecer: las placas continentales de África y Arabia se alejan, y Djibuti, situado sobre la cicatriz, se sacude con terremotos y se hunde metro a metro bajo el nivel del mar. El tema va para largo, pero una grieta parte en dos el desierto y se ensanchará hasta devorar el país entero. Sin embargo, su viaje por sus tierras guarda muchas cosas interesantes.

Cuando Djibuti declaró su independencia, en 1977, casi nadie apostaba por la supervivencia de este pequeño estado rodeado por un desierto pedregoso y poblado por dos etnias en permanente conflicto y en el punto de mira permanente de sus vecinos, Somalia y Eritrea. Sin embargo, el país ha sobrevivido, y bastante bien, gracias al apoyo permanente de Francia. Curiosamente, en la actualidad es el lugar más seguro de la zona, cuando piratas, mercenarios y buscavidas aparecen en las noticias de la zona en los informativos de todo el mundo.

Hoy, además, el submarinismo, sus sorprendentes paisajes desérticos y sus tribus nómadas, le han convertido en un nuevo destino turístico, una especie de tierra de aventuras y base para explorar la región, entre África y Arabia, entre Yemen y Etiopía. Si uno se decide a viajar a Djibuti, tiene que tener en cuenta que entre mayo y septiembre el calor es insoportable: las temperaturas suben a veces hasta los 45 °C. El desierto es un auténtico horno.

Patrimonio paisajístico

Culturalmente el patrimonio es escaso, pero merecen la pena sus paisajes, tanto del interior como de las costas. Aquí dominan los paisajes volcánicos de aspecto lunar, y una sucesión de fallas y planicies encajonadas que se suceden, en medio de bloques de basalto y de una vegetación escasa de arbustos y de matorrales espinosos que sirven para alimentar los pequeños grupos de cabras que parecen los dueños del territorio...

Las temperaturas sobrepasan habitualmente los 50 grados y el agua contiene más de 300 gramos de sal por litro

Algunos puntos se encuentran situados a 155 m bajo el nivel del mar, este paraje de insólita belleza se encuentra en una depresión dominada por montañas austeras y es el punto más bajo del continente africano. Las temperaturas sobrepasan los 50 °C y el agua contiene más de 300 gramos de sal por litro. Las orillas del lago brillan bajo el sol creando raros espejismos y violentos reflejos de luz, recubiertas de sal y con una erosión que ha dejado curiosas formas.

El resultado es un agua de intenso color azul marino y turquesa, está salpicada por inmaculados icebergs de sal. Estamos en el mayor depósito de sal del planeta y en el origen de muchas caravanas nómadas que todavía hoy comercian con Etiopía e Eritrea, ya no solo en dromedarios como antaño sino a través de una pista que permite la entrada de camiones...

Tierra de nómadas

En la frontera etíope, el lago Abbé es otro de los atractivos naturales del país. Se llega directamente en 4x4 desde el lago Assal, atravesando la planicie de Gagadé, atravesada a su vez por un cauce fértil donde, de abril a octubre, millares de nómadas establecen su campamento y dejan pastar a sus rebaños. Es un paisaje de áridas planicies, quemadas y salpicadas de sal, pero también de fuentes de las que borbotean vapores a presión. En la estación lluviosa, centenares de flamencos rosas hacen del lago su hogar.

Las playas y los lugares de inmersión se han ido convirtiendo en reclamos turísticos importantes

Entre el lago Abbé y la capital, Djibuti City, se encuentra Ali-Sabieh, en medio de la extraordinaria llanura del Grand Bara, una desolada extensión de arena compacta y arcilla cuarteada. Bajo la superficie fluye un cauce de agua subterránea que ha dado lugar a esta población, Ali-Sabieh, muy cerca de la cual se encuentra otro de los puntos de atracción turística, el Bosque del Day, la única extensión vegetal permanente del territorio formada por azufaifos, euphorbias y sus ficus que quedan como vestigios de aquellos otros tiempos en los que el Sahara estaba cubierto de vegetación. A mitad de camino entre Randa y el bosque del Day, la cascada de Bankualé y su agradable palmeral son parada casi obligada.

En la costa, las playas y los lugares de inmersión para submarinistas se han ido convirtiendo en reclamos turísticos importantes. Son costas coralinas, plagadas de peces multicolores que se despliegan como un espectáculo en tecnicolor para los submarinistas. En sus playas, como las de Dorale y la de Khor Ambato, se pueden alquilar dhows, las típicas embarcaciones a vela del Índico, para explorar la costa y sus islas, buscar los mejores lugares para inmersiones o para practicar la pesca.

Países vecinos

En el Mar Rojo, a partir de Moulhoulé, una carretera bordea la costa y permite tener una vista del extremo sur de Bab-al-Mandab, la Puerta de las lágrimas, un estrecho de treinta kilómetros que separa África de la península arábiga. Cuando está despejado, se puede divisar la costa del norte de Yemen. Hacia el sur, la pista pasa por Ras Syan, una península rodeada de islas desérticas cuya forma recuerda a un diente de tiburón: el archipiélago de Les Sept-Frères (siete hermanos), uno de los lugares más hermosos del mundo para el submarinismo y la pesca submarina.

Hay dos islas prácticamente vírgenes, Moucha y Maskali, codiciadas por los amantes de los fondos submarinos

Mientras que en el golfo de Tadjoura, a mitad de camino entre Obock y la capital, hay dos islas prácticamente vírgenes, Moucha y Maskali, cada vez más codiciado por los amantes de los fondos submarinos. En Moucha, Sheraton ha construido un club náutico que incluye una reserva marina en la que está prohibido pescar. La inmersión tiene aquí asegurada moverse entre los arrecifes de coral que son el hábitat de peces payaso, delfines, marlines, atunes, barracudas, mújoles, lucios, meros y morenas, así como numerosas especies de tiburones.

Nadie puede visitar el país sin pasar por su capital, Djibuti, un puerto franco de enorme importancia estratégica para Francia y para toda África oriental. Por aquí salen los productos etíopes y en su puerto concentra toda la actividad económica del país. Allí, grandes buques de todo el mundo conviven con los sambuk árabes. En la ciudad, convive el moderno centro de hoteles, bares y restaurantes occidentales, con la vida más tradicional del gran mercado, el Magalla, la puerta del Harar y las coloridas mujeres somalíes con sus puestos de azafrán y pimienta.

Segunda gran urbe

La otra ciudad importante del país, Tadjoura, está al otro lado del golfo del mismo nombre. Podemos ir por una larga carretera, pero es preferible cruzar en trasbordador. Tadjoura fue en su día el centro de un rico sultanato y esto se deja ver en sus siete mezquitas, en sus mansiones blancas y en su interesante mercado de dromedarios, que de vez en cuando se organiza en sus muelles.

Por la ciudad de Tadjoura, al otro lado del golfo, pasó el poeta Rimbaud antes de adentrarse a Harar, en Etiopía

Por Tadjoura pasó Rimbaud antes de llegar a Harar, en Etiopía, y es un punto de paso obligado si queremos recorrer la costa norte del país, camino a Obock. Aquí vivió otro de los míticos escritores-aventureros que se dejaron atrapar por la fascinación de esta extraña esquina del mundo, Henry de Monfreid, que vivió allí varios años. Su casa, situada frente al mar, existe todavía, igual que la residencia del primer gobernador francés, Léonce Lagarde, que también se puede visitar.

Obock está ligado a la historia colonial francesa, ya que fue su primer asentamiento en 1862, cuando, después de la apertura del canal de Suez, Djibouti se convirtió en la primera etapa de un proceso de colonización que pretendía dominar la expansión en el continente africano, el acceso a las fuentes del Nilo e incluso, el control de la ruta de las Indias. De sus cuarteles, fortines, banderas y sueños, hoy apenas quedan un cementerio marino y un montón de casas ruinosas rodeadas por el desierto.

 
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