Es Zamora la provincia de España que mas rituales de invierno tiene. Muchos acabaron dando origen a celebraciones del carnaval, pero otros siguen respetando la fecha de primeros de año. En casi todos, la protagonista es la máscara con formas demoniacas para asustar a los malos espíritus.
Lo pequeño suele pasar casi siempre inadvertido pero es también, muchas veces, lo más auténtico. De todas las fiestas del año, son estas de invierno las menos multitudinarias y a la vez las más entrañables y antiguas. No hay que olvidar que en estas fechas (y antes de que lo hiciera Jesús) nacieron muchos otros dioses como Mitra o Krisna, todos ellos dioses solares. Así pues, las fiestas de invierno son, en su mayor parte, restos de antiguos rituales, como estos tafarrones, zangarrones o carochos zamoranos con los que se quiere representar la muerte del año ido y el nacimiento del nuevo.
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Un joven con máscara de colores porta una vaca de madera (la Talanqueira) que representa la virilidad y al que acompañan la madama, el galán, dos ciegos y seis bisparros con enormes cencerros. Estos últimos van vestidos con tela de saco que recuerdan lejanamente al traje que llevaban los monjes del cercano monasterio. Otro personaje que no falta es el cernadoiro, que es el encargado de esparcir la ceniza.
Todos recorren en colorista comitiva el pueblo situado al lado del lago de Sanabria persiguiendo a la gente �vecinos y visitantes- y consiguiendo de paso el aguinaldo que consiste, en la mayor parte de las veces, en embutidos con el que luego todos los participantes merendaran. La fiesta es, en realidad, un ritual con el que se saluda la entrada del nuevo año. Se suele celebrar el día de Navidad, aunque algunas veces también el 1 de enero.
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Filandorra, diablo, galán y madama recorren el pueblo persiguiendo a los críos y tiznando la cara a algunos. Los dos primeros son los malos siendo el Diablo el más temido el cual se cubre con careta de piel de cabra o de latón, con cuernos y chaqueta roja, pantalón con cintas y cencerros a la espalda, también lleva tenazas con las que agarra a la gente. La Filandorra es un hombre disfrazado de mujer con vestido de colores. Están escondidos y aparecen de repente sorprendiendo a la gente. Los otros dos: Madama y Galán son los buenos y van muy arreglados felicitando a la gente y tocando las castañuelas.
Es esta la fiesta más importante del pueblo y en realidad es una lucha del bien contra el mal. Tiene lugar el día de San Esteban, que de siempre fue patrón de los mozos en muchos pueblos zamoranos, al igual que en el cercano Portugal, donde se celebran parecidas fiestas en esta fecha.
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En la mañana de este día, salen cuatro jóvenes que por sorteo se han repartido los cargos. El principal es el Tafarrón vestido enteramente de paja con máscara negra y cencerras a sujetos al cinturón. En una mano porta un palo con una bola hecha de sal, y en la otra un cazo con dos naranjas para recibir aguinaldos.
A su lado va la Madama vestido de mujer con casaca muy floreada con una M en la espalda sujeta con alfileres para que los chiquillos se pinchen si quieren arrancársela. Los otros dos mozos (los alcaldes) se encargan del orden. Se pasarán todo el día corriendo por las calles tras los vecinos y cuando los cogen les obligan a dar algo al Tafarrón. Dicen los investigadores de la fiesta que el aguinaldo es un recuerdo de la multa que se tenía que pagar cuando no se reconocía la autoridad.
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El ruido de los cencerros avisa de la llegada del estrafalario personaje que cubierto con máscara de cuero negra, vestimenta de colores y un palo al que van sujetas varias vejigas corre tras chicos y mayores. Se trata del Zangarrón, una tradición llena de simbolismo. Las vejigas representan la fertilidad y el ruido de los cencerros, que lleva sujetos a la espalda, es para espantar a los espíritus.
Acompañándole van, en dos filas y cubiertos con capotes negros, los quintos del año que luego bailarán en la puerta de la iglesia ante la imagen del patrón San Esteban. Dicen que hace muchos años hubo una peste y las gentes se encomendaron a San Esteban, pero éste no remedió la cosa así que apedrearon su imagen. Para evitarlo, uno de los vecinos, disfrazado para no ser reconocido, defendió al santo y con ello dio origen a la figura del Zangarrón.
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Suelen ser 12 las parejas que bailando de espaldas, de cara a la imagen del Niño Jesús, recorren la distancia que hay entre la iglesia y la ermita del Santo Cristo. Van vestidas con vistosos trajes regionales mientras tocando las castañuelas. Antiguamente se ponían multas a los danzantes que dejaran de dar la cara al Santo Niño. El tamborilero va marcando el ritmo de la danza -baile del floreo- con flauta y tamboril.
Antiguamente, la danza solo la podían hacer hombres ya que el ritmo tiene que ser muy rápido; hoy día son chicas jóvenes las que bailan. Acompañando a los danzantes van todos los vecinos. La fiesta, a pesar de su interés, es casi desconocida y casi nadie sabe datos sobre ella. Venialbo, situado en la Tierra del Vino, conserva bodegas que se abren en este día para los forasteros.
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A primeras horas de la madrugada del primer día del año sale el Zangarrón. Es un joven con máscara de corcho, traje de colores, flores de tela sujetas a las piernas, tridente en la mano y cencerros a la cintura, que recorre el pueblo llamando a todas las puertas. Cuando la gente va a misa (es día de fiesta) persigue a los mozos solteros y les da tres veces con el tridente en la espalda.
El Zangarrón entra en la iglesia después de la comunión, ya sin máscara (es el momento de ser reconocido), para clavar con el tridente la ofrenda de dos hogazas de pan que las quintas han hecho ante el altar. Tiene que hacerlo a la primera y las dos a la vez. Luego es bendecido por el sacerdote y saldrá de espaldas. El día 6 se vuelve a repetir todo el ceremonial con la única diferencia de que el traje del Zangarrón es de otros colores.
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Su nombre proviene de la careta (carocha) con que se cubren algunos de sus participantes. Estos son dos diablos con enormes tenazas para sujetar a la gente, los Guapos (Galán, Madama, el del Tambor, el del Cerrón y el del Lino) y los Filandorros (Molacillo, Ciego, Gitana y Gitano). Es una mascarada de invierno que se representa por las calles. El Galán y la Madama pretenden que el cura (al que se hace intervenir en la fiesta) bautice a un niño hecho de madera.
Luego, entran en acción los Filandorros, que llegan en carro recordando a una de aquellas farsas de época medieval. El Molacillo, vestido de blanco, conduce el carro, y tras el viene el Gitano montando un burro. En la plaza, el carro se vuelca y muere el Ciego. Aparece la Filandorra, con un vestido de tiras que la cubren por completo y que echa ceniza a la gente. Todo son situaciones cómicas y se cantan coplas antiguas subidas de tono.
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Calle abajo y haciendo sonar enormes cencerros surgen los diablos con máscaras negras y esgrimiendo enormes tenazas con las que enganchan a la gente. Mientras, un ciego acompañado de un molacillo recorre el lugar, casa por casa. Por otro lado llegan el rollo y la filandorra. El primero con un niño de madera que representa al año nuevo, mientras su acompañante echa ceniza a los espectadores.
El diablo descubre a la filandorra y se lanza sobre ella para arrebatarle el niño. Todo el pueblo de Sarracín es un teatro en el que intervienen 12 personajes, además de dos músicos con gaita y tambor, dos pobres que piden dinero, y el galán y la madama. Por la tarde sigue la representación con cargas ante la iglesia, bromas de la filandorra, o el diablo que surge por cualquier parte. La fiesta es conocida como la Obisparra porque uno de los personajes va disfrazado de obispo.
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