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La vida en las calles de El Cairo islámico

La vida bajo el sol, entre muros de adobe envueltos de estímulos para los sentidos. Entre sus calles (o callejuelas), viendo pasar la vida. Entre la presencia constante y vertical de los minaretes de las mezquitas. Así respira El Cairo islámico.

Texto y fotos: José Luis Martín

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Actualizado martes 16/12/2008 10:11 horas

El bazar y la mezquita. La calle y la oración. El comercio y el Corán. La vida bajo el sol, entre muros de adobe envueltos de estímulos para los sentidos. Los barrios de El Cairo Islámico, que las autoridades se empeñan en rebautizar como el de los fatimíes para no asustar a los turistas occidentales, destila vida pura e intensa, caótica y sucia, apacible, irritante.

Un simple vistazo desde la Ciudadela, uno de los pocos emplazamientos elevados de la capital egipcia, permite comprender por qué esa enorme extensión urbana carece de hoteles, por qué no necesita plazas en las que sacar a airear la intimidad de la vida cotidiana. Y se desvela también la presencia vertical de los minaretes de las mezquitas.

Las guías señalan su epicentro en el bazar de Khan el Khalili, en el Café de Fishawi, en las callejuelas atestadas retratadas por Mahfuz. No mienten, pero no resulta sencillo comprender el origen centenario del mercado entre la masa de visitantes y decenas, centenas quizá, de puestos estandarizados más próximos al made in china que a la artesanía o la simple manufactura. Sí se encuentra unas calles más abajo, en un paseo que puede comenzar en Bab Zuweila, una puerta abierta en la muralla y adosada a la mezquita de El Maullad.

Repostería de olor almizclado

Desde aquí se extienden los puestos de vendedores (siempre callejeros, no puede ser de otra forma). Fruta, aves vivas, pescado de río, especias en abundancia, repostería de olor almizclado, pan de pita que se amontona en canastos portados por chiquillos con un equilibrio increíble...

Los panes de pita se amontonan entre interminables canastos portados por chiquillos con un equilibrio que parece increíble.

Parece otra ciudad. ¿Dónde se han metido las excursiones turísticas? ¿Dónde están los vendedores que reclaman la atención con mucha insistencia con un surtido de chistes y frases hechas en más de una decena de idiomas? El ajetreo es el mismo: motocarros que hacen sonar el claxon para abrirse paso, pasadizos cubiertos o techados con simples telas, llamadas a la oración desde los altavoces... Así por cualquier calle o callejuela, viendo pasar la vida, hasta los edificios de la Madraza y el Mausoleo de El Hurí, que se dan de bruces con la moderna Shari el Azhar, la vía que separa esta parte de la ciudad de la reconocida de Khan el Khalili.

Unas calles más debajo de Bab Zuweila no desaparecen los vendedores ni el ajetreo, ni los niños que saludan a los visitantes con un simpático «Aló, aló!, what's your name?». Pero la presencia de las mezquitas lo domina todo con mucha más fuerza. Como la silueta de la Mezquita Azul (de Aq Sunqur) y su alminar cilíndrico, en restauración hasta al menos 2010, pero visitable gracias a la amabilidad del vigilante de las obras.

Cúpulas de estilo turco

Como la Mezquita de El Mardani, del siglo XIV. Y, sobre todo, como la Madraza de Hasan, imponente réplica a las cúpulas de estilo turco de la Mezquita de de Mohamed Ali, orgullosa en lo alto de la Ciudadela. La de Hasan posee una bella fuente de abluciones octogonal coronada por una enorme cúpula. Todo el conjunto se enorgullece de componer una de las joyas de la arquitectura islámica.

La mequita de Ibn Tulun, una de las más antiguas, carece de fachada y sus muros de ladrillo están recubiertos de yeso.

No muy lejos, en dirección hacia el Nilo, se abre paso entre la maraña de edificios precarios y el tráfico asfixiante la enormidad de Ibn Tulun, una de las mezquitas más antiguas y también de mayor tamaño de El Cairo. Anodina desde el exterior, carece de fachada y sus muros de ladrillo están recubiertos de yeso. Pero el tamaño de su patio y, especialmente, su alminar de aspecto arcaico y cautivador, hipnotizan.

Las vistas desde lo alto de la torre, a donde se llega por una escalera de caracol previa parada en la terraza, dominan de un solo vistazo las calles, las casas semiderruidas y semiconstruidas, la vida de El Cairo islámico, aunque sólo sea a vista de pájaro.

 
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