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Arenques, promesas y vino caliente para estas fiestas

Mercadillos artesanales en todos los rincones, escaparates repletos de color, gente en las calles, luces para mitigar la oscuridad temprana... Dicen que la Navidad de la capital sueca, que ha adaptado y refinado sus costumbres milenarias, es una de las más bellas de Europa.

Noelia Ferreiro / Fotos: Rafa Pérez

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Actualizado viernes 12/12/2008 18:47 horas

Un destello de luz asoma de todas las ventanas de las casas. Ya hace días que el sol está en sus horas holgazanas -ni madruga, ni trasnocha y ,a veces, ni se levanta- y la noche irrumpe más temprano que nunca, justo cuando se apura el almuerzo y da comienzo la sobremesa. Sin embargo la ciudad, que también por estas fechas registra sus temperaturas más bajas, no se deja llevar por la modorra. Más bien al contrario. Cuando cae la oscuridad a primerísima hora de la tarde, las calles se rinden al delirio de los colores y las gentes se agolpan en las plazas con ponche humeante para combatir el frío. Mientras, los niños siguen deshojando el almanaque de la cuenta atrás: cada día una casilla, y con cada casilla, una nueva golosina. Y así hasta llegar a la noche del 24 de diciembre.

Todas las ventanas de todas las casas lucen desde hace un mes el candelabro de Adviento

Ha llegado la Navidad a Estocolmo. Llegó exactamente el pasado 30 de noviembre, con el första advent o primer adviento, que es el cuarto domingo antes del nacimiento de Cristo. Ese día, en un acontecimiento cargado de emoción, muchas familias encencieron la primera de las cuatro velas del típico candelabro (las tres siguientes se reservan para el resto de los domingos) como manda una tradición que se remonta a 1890, si bien es verdad que hoy no pocos optan por candelabros eléctricos, menos inciertos y más funcionales, como mandan los cánones del bienestar.

La Navidad sueca, que aúna costumbres propias y foráneas, pero reinterpretadas, refinadas -y por qué no, comercializadas- a su manera, llega siempre como una promesa de jolgorio. Sólo hay que darse una vuelta por cualquiera de sus nueve mercadillos para comprobarlo. Especialmente, el de la plaza Stortorget, en pleno corazón de Gamla Stan, una de las 14 islas sobre las que se asienta la ciudad y sin duda la que atesora la parte más bella: la del casco viejo.

Puestecillos y renos

Enmarcado entre encantadoras fachadas del siglo XVII y a los pies de la Academia Sueca de la Lengua -allí donde se decide el Nobel de Literatura-, este mercadillo medieval de casetas de madera roja ofrece todo tipo de productos navideños, desde los adornos artesanales hasta las delicias culinarias de estas fechas, como las famosas pepparkakor o galletas de jengibre, que se toman como aperitivo del imprescindible glögg, ese vino condimentado con especias y servido caliente, con pasas y almendras escaldadas en su interior.

En Skansen se puede completar la estampa navideña con una visita a los alces y renos

Conocido también como el ponche navideño, el glögg no puede faltar en ninguno de los bazares que salpican la ciudad, como el de los productos orgánicos de Rosendals Trädgard o incluso el de Gröna Lund, con sus atracciones orientadas a los más pequeños. Tampoco falta, por cierto, en el mercadillo navideño instalado en Skansen, el enorme Museo al Aire Libre de Estocolmo. Una suerte de Suecia en miniatura con sus casas y granjas importadas de distintas partes del país y que representan la vida en otras epocas. Allí mismo, una vez concluidas las compras -la estrella para colgar en las puertas, manteles con motivos de nieve...- se puede completar la estampa navideña con un paseo por el zoo, donde pastan perezosos los alces y los renos.

En Estocolmo, los rituales de estas fiestas han tenido que adaptarse al cambio que trajo consigo la industrialización tardía. No hace tanto que éstas eran las fechas más ajetreadas del año, cuando en el campo se amontonaban las tareas: había que tener lista la cerveza navideña, poner a macerar el bacalao, modelar las velas, terminar la molienda y dejar la lana hilada. Y también cumplir con la ancestral tradición de la matanza, que surtía de embutidos a todas las familias.

La fiesta de los escaparates

Hoy estas labores se mantienen escasamente en algunos pueblos del interior, mientras que la capital sueca ha ido cayendo, irremediablemente, en el feroz consumismo urbano. Buena cuenta de ello la da el área alrededor de la City: desde la Sergels Torg, la plaza donde se yergue el famoso obelisco de cristal, hasta la animadísima Kungsträdgarden (Plaza del Rey), a la que acuden a diario cientos de personas a patinar sobre hielo o a comprar dulces en sus puestos colindantes, las calles son una sucesión de tiendas y grandes almacenes que invitan a la compra compulsiva.

La ciudad se caracteriza por una iuminación sutil, lejos de luces chillonas y feas

Y siempre con esa iluminación tan sutil que caracteriza a la ciudad: nada de estridencias chillonas, sino más bien detalles pequeños, luces delicadas, para resaltar así un perfil que es ya de por sí hermoso. Y sí hay un engalamiento comercial que llame especialmente la atención, éste es el de los escaparates de NK, ese Corte Inglés a lo sueco que domina la Hamngatan: tras sus cristales, un hada que mueve las alas, una bota que canta, una tortuga que toca el tambor... toda una delicia para los niños.

Pero la Navidad en Estocolmo es también, como en el resto del planeta, la gran fiesta familiar del año. Por eso todos aguardan a que llegue la Nochebuena, y con ella, los obsequios del Gnomo, que es el repartidor de juguetes suecos y sigue el modelo de San Nicolás. Ese Gnomo al que cada año se le deja una fuente con gachas para que soporte mejor su trabajo...

Delicias para el fin de año

En Nochebuena, los aguinaldos se colocan bajo el árbol iluminado y los hogares se adornan con velas y jacintos. Mientras, en la mesa luce el bufé smörgasbord con todos los platos clásicos: jamón navideño, salchichas de cerdo cocidas, gubbröra (revuelto de anchoa, cebolla y huevo duro), paté de hígado casero, vörtbröd (pan de mosto de cerveza), lutfisk (bacalao seco macerado en agua y sosa) y el plato estrella sueco: los arenques marinados, preparados de mil y una manera. Todo listo para una velada que, como en Fanny y Alexander -la película de Ingmar Bergman galardonada con un Oscar-, depara abundancia, alegría y algún que otro secreto familiar...

Luego la Nochevieja será otra cosa. Más lujosa, frívola, internacional y moderna. Y, después de la cena, siempre con los amigos. Es la noche de la fiesta grande, en la que los suecos lucen sus mejores galas, a pesar del azote del frío gélido. Por la televisión, y como si del equivalente a nuestras uvas españolas se tratara, se recita siempre una poesía de Año Nuevo y se emiten las doce campanadas desde Skansen. Y entonces, uno por uno, todos cumplen con la costumbre sueca de enumerar las promesas para el año que entra. Dicen que la de dejar de fumar, en un país en que está estrictamente prohibido, no falta en ningún hogar...

 
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