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Cazando con águilas

Marcando la frontera geográfica con Kazajstán, China y Rusia, las montañas del Altái, al oeste de Mongolia, conforman uno de los paisajes más dramáticos, bellos y sobrecogedores del continente asiático. A pesar de su belleza abrumadora, la vida aquí es tan dura que solo los bertkuchis han sido capaces de sobrevivir en estas tierras yermas azotadas por el viento, donde las temperaturas en invierno pueden alcanzar -40º C.

Texto y fotos: Gerardo Olivares

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Actualizado viernes 19/12/2008 17:55 horas

La primera vez que viajé al Altái lo hice por tierra, a bordo de un Land Rover, desde la lejana capital Ulan Bator. Tardé seis días en recorrer 1.700 kilómetros conduciendo por pistas que me permitieron descubrir un país fascinante y apenas poblado. Mi objetivo era rodar un documental sobre la tribu de los bertkuchis, un pueblo nómada que lleva practicando el noble arte de la cetrería desde que aparecieron como grupo étnico hace más de seiscientos años.

Cuando terminé de colocar la cámara y el trípode para rodar los primeros planos, Kumarkán me miró perplejo.

Mi destino era la pequeña población de Buyán donde me esperaba Kumarkán, uno de los mejores cetreros del Altái. Yo estaba deseando comenzar el rodaje, recorrer a caballo con Kumarkán y sus amigos las cumbres del Altái y poder filmar las águilas reales cazando liebres, zorros y con suerte también lobos. Pero lo que no sabía es que en esta época del año las rapaces no vuelan porque están cambiando el plumaje. Cuando terminé de colocar la cámara y el trípode para rodar los primeros planos, Kumarkán me miró perplejo y me dijo: «Mister Eraldo, no, no, no... Eagle flight, niet».

A finales de noviembre, el termómetro del aeropuerto de Ulan Bator marcaba -27ºC. El viejo Antonov de la MIAT (Líneas aéreas de Mongolia) despegaba rumbo a Bayan Olgiy en medio de una fuerte ventisca. De nuevo regresaba al Altái pero esta vez por vía aérea y en la época apropiada para rodar las águilas cazando.

Tierras altas

Kumarkán ha bajado de las tierras altas con el ganado para pasar el invierno en una pequeña casa de madera y barro en el valle de los Argalis. Él es de origen kazajo, al igual que el resto de los bertkuchis, que se vieron obligados a huir de sus tierras en el siglo XVII huyendo de unas guerras tribales. La mayor parte del año viven en los ger, una especie de tienda de campaña circular característica de los nómadas de Asia Central y que está considerada como la más perfecta construcción movible de los nómadas del mundo.

El cetrero me espera ataviado con su abrigo de pana llamado chapan y el característico kepesh, un gorro de seda y piel de zorro adornado con plumas de búho y cuyas finas rayas negras representan los versos del Corán, una especie de amuleto que les protege y les trae suerte durante las cacerías.

Sobre el brazo derecho de Kumarkán se posa su inseparable bertkut, un magnífico ejemplar de águila real que capturó hace cinco años. Comenzó a aprender el noble arte de la cetrería cuando tan solo tenía seis años y en su familia siempre ha habido una gran tradición. Altaikán, su padre, es uno de los cazadores más respetados de la región y para cualquier familia tener un miembro cetrero es un signo de prestigio y de bienestar. Sólo los que poseen mucho ganado se pueden permitir el lujo de criar y entrenar águilas, antaño un deporte practicado en Asia Central sólo por la elite.

Dentro del ger

Los bertkuchis capturan las águilas con redes o cuando acaban de comer mucho y no pueden volar. El primer mes permanecen dentro del ger para que se acostumbren a los sonidos y a los olores. Luego, durante las siguientes semanas, las entrenan para que mantengan el equilibrio en el brazo del jinete mientras cabalga. Por último, y lo más difícil, es enseñarlas a que una vez que son soltadas regresen a su dueño.

Las águilas poseen una extraordinaria visión, tal vez ocho veces más aguda que la humana.

Desde que son capturadas permanecen junto a él, incluso duermen a su lado. Siempre utilizan para cazar águilas reales hembras a las que consideran mucho más agresivas que los machos. Con una envergadura de dos metros y un peso de siete kilos, dos de sus grandes cualidades a la hora de cazar son la velocidad que pueden alcanzar cuando se lanzan en picado; 160 kilómetros por hora, y la extraordinaria visión que poseen, tal vez ocho veces más aguda que la humana.

Durante dos semanas recorrí con los bertkuchis una buena parte del Altái cazando con las águilas y durmiendo en las casas de los nómadas que encontrábamos por el camino. Este viaje me permitió descubrir un pueblo fascinante que se convirtieron, un año más tarde, en los protagonistas de mi primera película de ficción, La Gran Final.

 
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