Existe un pueblo en los Alpes Suizos con casas de madera oscura que parecen chocolate. Zermatt se llama y cuenta con una de las estaciones de esquí más importantes y mejor valoradas del Viejo Continente. Kilómetros y kilómetros de plácidas pistas para recorrer bajo la mirada indolente del inmenso Cervino, el mítico Cervino.
Es una montaña pero, en realidad, parece una pirámide. Una que pudo ser construida, miles de años atrás, por una colonia de egipcios despistados. Los suizos se refieren a ella por su severo nombre alemán, Matterhorn, mientras que los italianos, más musicales en estas cuestiones, lo llaman Cervino. Ejerce de frontera natural entre uno y otro país y es una de esas cumbre icónicas, referenciales, míticas, tanto por su perfil desgarbado –pida a un niño que dibuje una montaña y retratará, sin saberlo, el Matterhorn- como por la épica que rodeó a las ascensiones del siglo XIX.
A los pies de este gigante nevado de 4.478 metros se postra una dama. Se llama Zermatt y es la cabeza visible de un valle tan hondo que, da la impresión, podría ser engullido por las cuatro decenas de picos que afloran a su alrededor. Sería absurdo negar el éxito turístico de Zermatt, convertida en base operaciones de la estación de esquí homónima, y una de las referencias clave del panorama nevado europeo. En otras palabras: hace tempo que Zermatt perdió la inocencia propia de un pueblito varado en el corazón de los Alpes Suizos: la oferta hotelera es avasalladora; la gastronómica, también; y las posibilidades de ocio -se deslice el viajero o no por las laderas nevadas- parecen infinitas.
Aún así, esta villita alpina sigue conservando un charme y un carisma que parecía fácil perder tras más de 150 años de turismo ligado al paraje montañoso. Los primeros en descubrir las bondades de la bella Zermatt y la bestia Matterhorn fueron aquellos adinerados alpinistas ingleses que, a mediados del siglo XIX, comenzaron a desembarcar aquí con la esperanza de acariciar el cielo desde la cumbre del Cerbino. No lo consiguieron hasta 1865, cuando Edward Whymper arribó a la cima gracias a una exitosa expedición que no estuvo exenta de bajas: cuatro de los integrantes perdieron la vida. Décadas después, aquellos que se pateaban las montañas hubieron de dejar paso a los fanáticos de un nuevo invento: el esquí.
Hoy en día, Zermatt es la suma de estos dos frenesís deportivos: en invierno, el pueblo se llena de esquiadores, snowboarders y demás tribus del deslizamiento. En verano, los hoteles siguen colgando el cartel de ‘completo’, gracias a alpinistas, caminantes... y esquiadores que siguen aprovechando las nieves perpetuas en las partes más altas.
¿Cómo le ha afectado este torrente de pasiones a Zermatt? Poco, muy poco. Peatonalizada y restrictiva con los vehículos a motor, la villa es un delicioso collage de casitas alpinas construidas íntegramente en madera -su parte antigua parece robada de un cuento del danés Andersen-, los depósitos de grano sobre pilares –similares a los hórreos asturianos- y construcciones de nuevo cuño alejadas de estridencias arquitectónicas.
Los únicos vehículos que pululan son eléctricos o están tirados por caballos, lo que da una idea de cuán en serio se toman los suizos aquello de velar por el bienestar propio y de sus huéspedes. El mar que forman los tejados a dos aguas sólo es quebrado por la torre de la iglesia anglicana, construida para aquellos súbditos ingleses que, cien años atrás, aterrizaban en estos lares para ascender al Cerbino y volver para contarlo.
Es tal la poética que existe en torno a los colosos de 4.000 metros que rodean Zermatt que no extraña la existencia del Museo Alpino, dedicado a glosar anécdotas, fotografías y reliquias –el antediluviano vestuario de los alpinistas pioneros no tiene desperdicio- en torno al fenómeno montañero. El otro Zermatt, el de la estación, se compone de más de 300 kilómetros de pistas esquiables, repartidos en tres sectores: desde Rothorn paradise (a 3.103 metros) y Gornergrat (a 3.089 metros) hasta Klein Matterhorn (a 3.883 metros, el teleférico más alto de Europa) y Schwarzsee (a 2.583 metros). Abundan los recorridos por descensos rojos -107 kilómetros-, con unas cuantas pistas amarillas -38 kilómetros-, azules -29 kilómetros- y una menor proporción de negras, con apenas 9 kilómetros.
Zermatt es una estación cómoda, moderna y diseñada con mimo, a pesar de las colas –inevitables, por otro lado, siempre que se pegan las sábanas a los esquiadores- que se forman en algunos teleféricos. La posibilidad de enlazar con las instalaciones de la cara italiana de los Alpes, en Cervinia y Valtournenche, el bautizado como Matterhorn Ski Paradise multiplica los recorridos y las panorámicas sobre esa pirámide nevada llamada Cervino.
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