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DESTINO NIEVE

Zermatt, la bella; Matterhorn,
la bestia

Existe un pueblo en los Alpes Suizos con casas de madera oscura que parecen chocolate. Zermatt se llama y cuenta con una de las estaciones de esquí más importantes y mejor valoradas del Viejo Continente. Kilómetros y kilómetros de plácidas pistas para recorrer bajo la mirada indolente del inmenso Cervino, el mítico Cervino.

Gontzal Largo

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Actualizado miércoles 10/12/2008 10:17 horas

Es una montaña pero, en realidad, parece una pirámide. Una que pudo ser construida, miles de años atrás, por una colonia de egipcios despistados. Los suizos se refieren a ella por su severo nombre alemán, Matterhorn, mientras que los italianos, más musicales en estas cuestiones, lo llaman Cervino. Ejerce de frontera natural entre uno y otro país y es una de esas cumbre icónicas, referenciales, míticas, tanto por su perfil desgarbado –pida a un niño que dibuje una montaña y retratará, sin saberlo, el Matterhorn- como por la épica que rodeó a las ascensiones del siglo XIX.

A los pies de este gigante nevado de 4.478 metros se postra una dama. Se llama Zermatt y es la cabeza visible de un valle tan hondo que, da la impresión, podría ser engullido por las cuatro decenas de picos que afloran a su alrededor. Sería absurdo negar el éxito turístico de Zermatt, convertida en base operaciones de la estación de esquí homónima, y una de las referencias clave del panorama nevado europeo. En otras palabras: hace tempo que Zermatt perdió la inocencia propia de un pueblito varado en el corazón de los Alpes Suizos: la oferta hotelera es avasalladora; la gastronómica, también; y las posibilidades de ocio -se deslice el viajero o no por las laderas nevadas- parecen infinitas.

Aún así, esta villita alpina sigue conservando un charme y un carisma que parecía fácil perder tras más de 150 años de turismo ligado al paraje montañoso. Los primeros en descubrir las bondades de la bella Zermatt y la bestia Matterhorn fueron aquellos adinerados alpinistas ingleses que, a mediados del siglo XIX, comenzaron a desembarcar aquí con la esperanza de acariciar el cielo desde la cumbre del Cerbino. No lo consiguieron hasta 1865, cuando Edward Whymper arribó a la cima gracias a una exitosa expedición que no estuvo exenta de bajas: cuatro de los integrantes perdieron la vida. Décadas después, aquellos que se pateaban las montañas hubieron de dejar paso a los fanáticos de un nuevo invento: el esquí.

Hoy en día, Zermatt es la suma de estos dos frenesís deportivos: en invierno, el pueblo se llena de esquiadores, snowboarders y demás tribus del deslizamiento. En verano, los hoteles siguen colgando el cartel de ‘completo’, gracias a alpinistas, caminantes... y esquiadores que siguen aprovechando las nieves perpetuas en las partes más altas.

'Collage' de casitas alpinas

¿Cómo le ha afectado este torrente de pasiones a Zermatt? Poco, muy poco. Peatonalizada y restrictiva con los vehículos a motor, la villa es un delicioso collage de casitas alpinas construidas íntegramente en madera -su parte antigua parece robada de un cuento del danés Andersen-, los depósitos de grano sobre pilares –similares a los hórreos asturianos- y construcciones de nuevo cuño alejadas de estridencias arquitectónicas.

Los únicos vehículos que pululan son eléctricos o están tirados por caballos, lo que da una idea de cuán en serio se toman los suizos aquello de velar por el bienestar propio y de sus huéspedes. El mar que forman los tejados a dos aguas sólo es quebrado por la torre de la iglesia anglicana, construida para aquellos súbditos ingleses que, cien años atrás, aterrizaban en estos lares para ascender al Cerbino y volver para contarlo.

Es tal la poética que existe en torno a los colosos de 4.000 metros que rodean Zermatt que no extraña la existencia del Museo Alpino, dedicado a glosar anécdotas, fotografías y reliquias –el antediluviano vestuario de los alpinistas pioneros no tiene desperdicio- en torno al fenómeno montañero. El otro Zermatt, el de la estación, se compone de más de 300 kilómetros de pistas esquiables, repartidos en tres sectores: desde Rothorn paradise (a 3.103 metros) y Gornergrat (a 3.089 metros) hasta Klein Matterhorn (a 3.883 metros, el teleférico más alto de Europa) y Schwarzsee (a 2.583 metros). Abundan los recorridos por descensos rojos -107 kilómetros-, con unas cuantas pistas amarillas -38 kilómetros-, azules -29 kilómetros- y una menor proporción de negras, con apenas 9 kilómetros.

Zermatt es una estación cómoda, moderna y diseñada con mimo, a pesar de las colas –inevitables, por otro lado, siempre que se pegan las sábanas a los esquiadores- que se forman en algunos teleféricos. La posibilidad de enlazar con las instalaciones de la cara italiana de los Alpes, en Cervinia y Valtournenche, el bautizado como Matterhorn Ski Paradise multiplica los recorridos y las panorámicas sobre esa pirámide nevada llamada Cervino.

 
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